LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Miércoles Tercero/4
Huascar Endara Watson desapareció en pleno paseo central de El Prado a media
mañana,  ante la indiferencia de su colega y enemigo de la escuela alemana de
párvulos Juan Tancara y el horror de medio centenar de paceños que circulaban
por allí pero no quisieron mover un dedo para ayudarlo, espantados por el color
verde bosta de vaca del jeep del Ministerio del Interior en el que fuera
secuestrado ya inconsciente por tres mañazos  del matadero de la ciudad para
llevarlo de paseo fatal por los alrededores.
Tales excursiones concluyen generalmente con un lastimado cadáver descubierto
por algún niño chachón  en alguno de los trece basurales municipales después de
que la prensa local anuncia que el interesado "se encuentra desaparecido" por un
par de días y la familia, si es que se da alguna, recibe varios telefonazos
anónimos en que se detalla el tratamiento aplicado al interesado. Porque nadie
conocía a la familia de Endara Watson, a nadie se le ocurrió mirar en la Guía de
Teléfonos Automáticos para descubrir uno a nombre del desaparecido en
Obrajes, una descuidada pero bonita villa situada entre La Paz y Calacoto, su
satélite más caro y elegante.
Si algún funcionario ambicioso se hubiera ocupado de ese detalle, se hubiera
visto forzado a esperar un par de minutos para escuchar una voz destruida por los
cigarrillos negros Astoria que le informaría entre toses de caverna de que hablaba
con la Tía Nilda antes de dejarlo como un tonto con un palmo de narices y con el
receptor zumbando en la mano izquierda.
Si, molesto ante este trato repetido, se hubiera dado el trabajo de bajar por la
Avenida Hernando Siles hasta la Calle 13 de Obrajes para dar con el número 415,
nuestro despierto funcionario hubiera hallado un portón de madera hecho en
1804 del mejor roble en plaza ante un jardín convertido en pantano tras el que
asoma una vivienda de clase media de los años treinta entre enormes eucaliptos,
varios ejemplares de kantutas, la planta cuya flor ha elegido los colores
nacionales para alegrar la vida de propios y extraños, y uno que otro cacto
porque allí vivió algún aficionado a la tuna, esa fruta que se cobra en espinas el
placer de comérsela.
Si hubiera roto el candado antidiluviano dedicado con una cadena pesada como
un pecado a impedir el ingreso de propios y extraños a esa vivienda olvidada por
la piedad de Dios para violar con una violenta patada la entrada misma de la casa
que lucía abandonada y sucia con el fin de cambiar un par de palabras con la Tía
Nilda esa cuya voz de corsario beodo habría sido causa directa de todo este lío, lo
más probable es que nunca lo hubiera conseguido porque la tía Nilda era una
experta en el manejo de escopetas, rifles, pistolas y ametralladoras como toda
anciana que se respeta en esas latitudes y había visto variadas revoluciones,
algunos motines y uno o dos linchamientos durante sus días mejores.  
Pero si su suerte le hubiera alcanzado para sobrevivir a esa andanada, se
hubiera topado con el familiar de Endara menos interesado en recorrer mundo y
hacer vida social, una mujer cuya edad era un misterio impenetrable porque
andaba como un fantasma murmurador por el patio interior de la residencia
abandonada luciendo un par de lentes oscuros debajo de una peluca gris y
enorme de negro de la Louisiana aficionado al jazz sobre un cuerpo cultivado por
la lucha libre con senos que alcanzaban casi el calificativo de ubres, brazos
hechos de alambres y manos peludas que encajaban mejor en el volante de un
camión Mack. Este monumento de mujer iría y vendría murmurando sus dudas en
quechua y cubriría sus delgadas piernas con gruesas medias multicolores de lana
de oveja y sus pies de danzarina con zapatillas negras de torero viejas como la
injusticia.
Salvo una que otra exageración y si se agrega una manta de vivos colores y el
vestido azul adornado de flores amarillas, esta era la Tía Nilda que había quedado
a cargo de la casa que Huascar heredara porque se había quedado sin parientes.
Mirada sin la escopeta,  no parecía tan amenazadora. Un segundo vistazo haría
ver que usaba mitones, tan fáciles de confundir con las manos de los camioneros,
sobre todo si los conductores son mestizos o negros. La peluca y los lentes
oscuros se quedarían sin explicar, pues ni la misma Tía Nilda sabía ya por qué los
usaba. El vestido y la manta no precisan explicación. La Tía Nilda tampoco; era
como el sol, que está allí porque allí está.
Lo que en verdad hubiera llamado la atención de nuestro imposible funcionario es
el hecho de que hoy, a pocas horas de la desaparición de Huascar Endara
Watson, la Tía Nilda se dispone a abandonar este refugio perfecto que ha llegado
a apreciar como su propio hogar y sale con los últimos rayos del sol y con el
aspecto común y anónimo de las abundantes viudas que se pasan las tardes en
las novenas de la iglesia de San Miguel porque no tienen televisor, camina unas
tres cuadras sobre sus zapatones planos y trepa a uno de los buses (por mal
nombre, colectivos) pintados como la yema de un huevo para recorrer un ascenso
lento pero constante por el lado de Miraflores hasta el Puente de los Suicidas, o
de las Américas por mal nombre, y por la Avenida Arce hasta el Ministerio del
Interior, esquina en la que desciende del colectivo amarillo, se dirige hacia la
entrada de servicio del feo edificio, introduce una llave enorme en su cerradura
correspondiente y se mete como Pedro por su casa en la escalera de Todich de
triste fama para descender a paso vivo hasta los sótanos de ese antro de tortura.
Mañazo = Empleado
musculoso de los
mataderos municipales.  


Chachón = desertor
escolar.
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