LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Miércoles Tercero/3
Jorge Luis Miranda Castro nació condenado a depender durante su vida toda del
rostro singular que el azar travieso le diera: su fisonomía de achachila  sabio y
prudente, mago, tecnócrata y matemático, reflejo de un alto cociente de
inteligencia y una paciencia limitada a tres segundos, era excepcional e
impresionante, sobre todo porque  sobrellevó esa cara desde la tierna edad de
seis años.
Ese semblante solemne que parecía consumido por la totalidad de la experiencia
humana le había conquistado el apodo de Tata  Miranda y ese Tata devoraba con
prisa el resto de su personalidad: era por siempre y sería para el mundo la
máscara de un Matusalén quechua clavada sobre un cuerpo infantil y enclenque.
Derrotado por las declinaciones del idioma alemán, el Tata Miranda se vio
obligado un mal día a abandonar sus estudios alemanes a una edad en que otros
iban al Colegio Militar. Obsesionado como sus padres por la obligación moral que
tienen los niños bendecidos por sus estudios alemanes de continuarlos en un
lugar que llaman Die Heimat, el Tata usó los dineros de su familia de hacendados
para introducirse en la Universidad Libre de Berlín. Se inscribió cuando los
comunistas fusilaban de modo improvisado pero público a dos fugitivos por día
ante el Muro mismo y el universo gozaba de la mejor serie de novelas de
espionaje de la historia. Paladeó apenas inscrito una experiencia que alteró para
siempre sus días: fue libre y feliz por primera vez en su vida porque no volvió a
poner los pies en un aula.
Que el fracasado alumno de una escuela fascista enclavada en el Altiplano andino
eligiera un centro universitario como el mencionado dice bastante de los conflictos
no sólo internos que produce ese tipo de educación en el alma indígena de sus
educandos. Más importa acá, empero, el  fatal evento que tal decisión provocara
unos diez meses después y que resulta fácil deducir como post facto, un segundo
fracaso de proporciones catastróficas en la vida del Tata Miranda, un chico de
unos veinte años por ese entonces: fue expulsado por no saber una sola palabra
de alemán culto (el de Goethe), no tener una mínima idea de la disciplina
requerida para ser un estudiante alemán en Alemania, y por haber derrotado al
campeón berlinés en el deporte de vaciar toneles de cerveza.
En esa hora negra vino a descubrir Miranda que era ya europeo, le gustara o no,
y que el retorno al nido de cóndores helado e inhospital donde naciera (por error
divino, sin duda alguna) le lucía imposible. Por lo demás, seguro como estaba de
que la noticia de esa hecatombe mataría de un disgusto madre a su pobre padre
anciano, Miranda decidió no permitir jamás que los Miranda ni sus vecinos se
enteraran de su vergüenza. Comenzó una serie interminable de informes
semanales dedicados a su familia en los que mentía a rajatabla para inventarse
una carrera universitaria y profesional perfecta hasta el grado de provocar la
envidia maravillada de todo su vecindario paceño. Que tales informes fueran
transformándose en relatos religiosamente apegados a la verdad es otro de esos
milagros que hace la vida real de cuando en cuando.
Las declinaciones del idioma alemán y una educación fascista clásica pueden
destruir una vida que pudo haber sido normal y feliz así transcurriera sumergida
en una sana ignorancia, y ello es tan evidente que no merece discusión. Es
también cierto que ese tupido bagaje conspira luego con crueldad contra las
posibilidades de ganarse la vida. Que el Tata no era tan bruto como los
catedráticos berlineses creían se demostró cuando, a pesar de ese bagaje,
empezó a ganar dólares en cantidades impresionantes o, como dijera él mismo,
hiciera "camionadas de divisas".
Si bien no alcanzó a crear una versión contemporánea de una oportuna industria
como lo afirman sus admiradores, transformó esa actividad de modo tal que hizo
de ella un factor clave en el derrumbe de un Sistema y  del mismo Tata una
eminencia gris pero invisible en el Viejo Continente: Miranda halló su vocación
cumplida en el comercio clandestino de seres humanos, contrabando con el que
construiría durante los años venideros un imperio dedicado al comercio humano
en general con la colaboración de su colega, amigo de infancia y compinche de
farra, el Rata Amusquívar, cuyo apodo no necesita explicación.
Una generación más tarde hallamos a ambos compinches ancianos, calvos,
todavía delgados pero muy satisfechos cerca de Ginebra y junto al Lac Léman,
que parece ser el lago preferido de los grandes sinvergüenzas de prestigio
universal. El Tata y el Rata viven, como es lógico, en una villa que dispone de su
propia estación de ferrocarriles, su propio helipuerto y su pista de aterrizaje que
acoge a menudo el 747 que usan para viajar cuando no quieren ver más hoteles.
Ambos atribuyen su éxito singular a la escuela primaria alemana de su primera
edad porque allí aprendieron a ser emprendedores y no cejar jamás, así fuera
contra el Imperio mismo.
Cantan esta noche "Deutschland, Deustchland über alles, über alles in der Welt",
beben cerveza Eichhof Klosterbräu agitando el jarro entre Oriente y Occidente y
celebran a coro su última hazaña: le han robado a Mike Tosferino su primera hija
en las narices de un convento de monjas alemanas con la fineza de relojeros
suizos. Empacada con el cuidado amoroso que ponen estos profesionales en sus
cosas, la niña debe llegar a la ilustre ciudad de Oruro, de donde desapareciera
otra chica en su lugar, en no más de doce horas.
En ese mismo instante y en medio de su soledad romana, Fresia Ramallo paladea
un Dom Perignon Magnum de 1993 a la salud de ambos socios y  se prepara para
retornar a las nieves del Ande al ignorar un escalofrío inesperado: sabe que tal
vez le resulte necesaria otra intervención del Tata Miranda y su organización
internacional para poner fin al desagradable negocio que la reclama.
Achachila = Espíritu de la
tierra.
Tata = Padre del Mundo,
Jefe Sabio, Anciano
Experto, Guru de la Tribu,
Viejo e'Porra, etc. etc.
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