LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Miércoles Tercero/2
Ifigenia Muraña Vasconcelos había decidido dedicar la tarde al potaje que
prometiera hacía mucho al bueno de Grover porque en verdad no veía nube
alguna en su horizonte: Grovercito estaba seguro y más lejos que nunca de su
madre Margarita, la Loca de la Libertador, y Grover ni se sospechaba siquiera la
existencia del Laberinto de las Momias ni de su tesoro particular. Nadie tenía ni la
más pájara idea del secreto que dejara el General a la vista de todos para que
nadie pudiera verlo ni entenderlo ni nadie sabía que los más poderosos entre los
personajes que regían este su mundo particular estaban trabajando ahora mismo
para ella, así fuera contra su propia voluntad. Lady Láyqa se felicitó por milésima
vez por haberse dedicado a sus malas artes desde tan joven. Ahora veía los
resultados, y algunos eran espectaculares. Se sintió verdaderamente afortunada
cuando recordó que tampoco Boltar ni Kriska podrían oponerse ya a sus
designios.
—        Si Satán conmigo, ¿quién contra mí?
Cantó más que recitó la anti-oración parafraseada y recordó que tendría a su
cargo el contra-sermón de la próxima misa negra a celebrarse en la Muela del
Diablo  (¡hasta el nombre ese resultaba oportuno y perfecto!) para los doce
cofrades que componían su club en extremo exclusivo. Una mirada de reojo al
espejo de plata labrada más próximo le obsequió la sonrisa irresistible de una
Ifigenia joven y fresca, orgullosa del tratamiento que inventara seis días antes
para reducir en nueve años su rostro y su silueta.
Dispuesta a perderse entre los vericuetos de la receta gastronómica que casi
había olvidado entre el polvo de los siglos, Lady Láyqa giró sobre sí misma
improvisando una danza húngara sólo para darse de cara contra el pecho
uniformado del coronel John Tancara, Agregado Militar de la Embajada del
Imperio.
—        Lo lamento, Lady Láyqa, pero nadie escuchó mis llamados, de modo que
tuve que invitarme yo mismo a pasar…
—        No importa, Juanito… ¿Pero cómo hiciste para adormecer mi alarma?
La voz de Blanca Nieves tenía algo de hipnótico.
—        Usted olvida que yo las importo. Mi tarjeta: Tancara Inc., Import-Export.
Usted ya conoce esta empresa, Lady Láyqa.
—        ¿Cómo pude haberlo olvidado? Debe ser el paso de los siglos.
—         Olvida también que ya develamos ese viejo cuento de la tía.
—        Lo dicho: me estoy olvidando de todo. ¿Quieres decir que conoces mi
edad?
—        La he olvidado.
—        ¡Qué caballeroso!
—        Jamás invadiría su residencia de esta desvergonzada manera si no fuera
porque necesito de su sabiduría, Lady Láyqa.
—        No olvides que siempre hablas así cuando eres consciente de tus
hipocresías. Ambos conocemos los puntos que calzas. Mejor sería que retornaras
a tu lenguaje cotidiano.
—        ¡El caso es, Ifigenia, que me han robado la hija!
—        ¡Ah, no! ¡Pero esto es una epidemia! ¡Ojalá no se haga endémico!
—        ¿Eh?
—        Di, ¿ves la uña de mi mano derecha? ¿El anular?
—        Pues claro. ¿Qué truco guarda allí?
—        Ninguno. Basta con que lo mueva así para que veas a tu abuela acá
mismo. ¿Se llamaba Matilde?
—         Usted lo sabía, Tía Ifigenia. Pero no la veo.
—        ¡Ya traicionaste un secreto de familia!
—        ¡Es que estoy desesperado! ¡Tiene usted que ayudarme, Lady Láyqa!
—        Por supuesto, m'hijo. ¿Para qué estamos las madrinas, si no? ¿De quién
hablamos? ¿Silvia Susana?
—        La misma. Se la llevaron de su dormitorio en Suiza. Y de un modo que no
alcanzo a  vislumbrar, Grover ya lo sabía. ¡Tengo graves sospechas, Lady Láyqa!
¡Graves sospechas!
—        No, Juanito. Grover no la tiene. Escucha a tu madrina. ¿Te mentiría yo?
—        Por supuesto, y no sería la primera vez.
—        Está bien, pero hoy te digo la verdad, y es mejor que me creas.
—        Las cosas están tan álgidas, tía, que he decidido no marcharme sin la
verdad.
—        ¡Ándale! ¡Pues si que vas errado, chico! ¿No sería mejor que apelaras a tu
cortesía?
—        No hay tiempo, tía mía. No hay tiempo. ¡Ven para acá!
—        ¿Qué desvergüenza vas a hacer con esta pobre anciana?
—        Sólo pienso usar tus aparatos por un par de minutos. ¡No te resistas! ¡Será
peor!
—        Mira lo que consigues: ¡Un buen arañazo, ahijado malo!
—        ¡No te resistas! ¡No me….! ¿Qué me sucede?
—        No te moverás durante los próximos doce minutos, Juanito. Para que veas
lo que vale una sola uña de tu tía que más te quiere. ¡Tu tía y madrina, para
decirlo claro!  
—        ¡Ayúdame, Lady Láyqa! ¿No ves que estoy desesperado?
—        Razón de más para ser amable y respetar a los viejos, ¿no te parece? ¿No
tienes idea sobre quien pudo habérsela llevado?
—        ¡Ninguna, Lady Láyqa! ¡Ninguna!
—        Bueno, no insistas. No podrás moverte. Te lo garantizo. Ponte cómodo y
empieza por el principio. Para qué trajiste a ese hombre, Endara?
—        ¿Es que no vas a ayudarme, vieja del demonio?
No, hasta que salgas de esa parálisis. Y no saldrás de ella hasta que lo decida yo.
Eres apenas una mosca en mi telaraña. Tienes suerte de que no tengo apetito.
Digo, más suerte que otros muchos. Empieza a cantar como un tenor si no quieres
que también te paralice la lengua, ahijado de mi alma. ¿Qué sabes del tesoro de
mi General?
La voz de Blanca Nieves tenía algo de hipnótico.
—        Dímelo todo, borreguito mío….  O serás la percha de mis mandiles de
cocina hasta que truene el fin del mundo.
Muela del Diablo = Cerro con
la forma de una muela
situado al sur de La Paz,
ofrecido como un paseo de
medio día a los turistas que
visitan la ciudad.
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