LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Miércoles Tercero/1
La diluida burla en la mirada burlona y la ausencia de la goma de mascar delataba
el cambio de coyunturas que signaba esta hora negra de Mike Tosferino, sentado
en el coqueto comedor inferior del antiguo y anticuado Hotel Sucre, en el centro
del paseo de El Prado y en el centro de La Paz, a 3.650 metros de altura sobre el
mar de Iquique que los chilenos le robaran siglo y medio antes. Consumía con
apetito militar, esto es, canino, la segunda de las tres salteñas de pollo cuyas
ambiciones de masa fina las hacía menos apetitosas por elitistas, y miraba con
apenas disimulado instinto asesino a su colega del jardín alemán de infantes,
Huascar Endara Watson.
Endara, ignorante aún de que su padecer era ahora similar al del aviador
sabueso dedicado a cazar y acabar con el último extremista local, miraba a Johnny
Tancara sin captar una variación espiritual que no comprendía ni un síntoma de la
angustia que se comía vivo al militar que era pero ya no era el mismo. Huascar
intuía un temor nuevo en el hombre y disimulaba su propia angustia porque
confundía la del otro con una amenaza silente. Eligió un mutismo discreto hasta
dar fin a las dos salteñas de carne convertidas en hiel por la mera presencia
tensa de Tancara, dejó el platillo vacío y, ya sin disimulos, simplemente esperó.
Como una olla de presión, Mike dejó ir el aire de los pulmones, juntó las manos
sobre la mesa como quien se dispone a orar, esperó otro segundo y  comenzó
impetuoso la operación de rescate de su hija.
—        Seguramente me vas a decir que no sabes dónde está Fresia.
—         En Roma. ¿A qué le viene eso?
—        Bueno, por lo menos no niegas que la conoces. Tampoco negarás que
viene para ayudarte.  
—        No sabía que venía. Sé que me está ayudando. No sé exactamente cómo
me ayuda, pero sé que me ayuda y no te lo voy a negar.
—        Pero no sabes si está aquí.
—        No lo sé. Tal vez no te lo diría si lo supiera.
—        ¿Qué sabes sobre tu hija?
—        Nada nuevo. Sé que hay gente buscándola y que lo sabré apenas la
encuentren si la encuentran, pero sólo puedo esperar.
—        ¿Crees tú que conviene que ambos pongamos las cartas sobre la mesa?  
—        Yo nada tengo que ocultar.
—         Tú sabes quien te está enviando los dedos de tu hija.
—        No lo sé. Creo que conozco al que los manda, pero creo también que lo
hace obedeciendo órdenes. El mismo no se atrevería a algo así.
—        ¿Quién es ese?
—        Apellida Paez. Fue mi torturador cuando Loayza me capturó. Aprendí que
no sabía escribir durante las catorce horas en que me tuvo tendido y desnudo en
un catre de campaña. Lo conozco. Sé que alguien lo maneja porque no le creo
capaz de manejarse solo.
—        Hace dos años que no veo a Paez. Por ese entonces trabajaba para el
Tinino.
—        Es decir, para ti.
—        No necesariamente. Tinino y yo trabajamos juntos a veces, pero
Mostacedo no me sirve. Me detesta. Tiene sus patrones locales.
—        Bueno, pues. ¿Crees que Tinino pudo haber secuestrado a mi hija?
—        La verdad es que no lo creo, Huascar.
—        ¿Quién, entonces?
—        ¿Crees que fui yo?
—        Hasta este momento, eres mi mejor sospechoso. Tienes los sesos del caso
y manejas la gente que necesitas para cometer un crimen así.
—        ¿Por qué lo cometería?
—        Tú mismo lo dijiste: no sabes donde está ese tesoro y crees que yo te
puedo dar la pista que necesitas… Pero no puedo ayudarte. Lo he pensado
mucho y sé que no tengo idea de lo que hablas ni cómo diablos podría yo
encontrar lo que buscas.
—        Pues alguien está convencido de que tú eres la clave que buscamos
todos. Alguien repitió la hazaña y ha capturado a mi hija.
—        ¡Imposible!
—          No. Es verdad. Lo comprobé hoy mismo. Ha desaparecido, me lo dice
gente de mi confianza. Se la han llevado.
—        ¿Y tú crees que lo hicieron para obligarte a devolverme a mi hija?
—        Sería una  buena razón. La otra es que creen que entre tú y yo ya no hay
secretos. Que yo sé lo que creen que tú sabes, y que ahora puedo apoderarme
del tesoro. Estoy esperando que me propongan el canje de los dólares por mi
hija.    
—        ¿Por qué no hicieron lo mismo conmigo?
—         Tal vez porque creen, o ven, que no sabes que sabes lo que sabes.
—        ¿Pero creen que tú lo descubriste?
—        ¿Qué otra razón podría haber?
—        Pues, obligarte a devolverme sana y salva a Isabela.
—        ¿Es eso lo que demandas?
—        No lo demando. Te lo ruego. Acepta el canje.  
—        Nadie me lo ha propuesto aún.
—        No esperarás mucho más. ¿Para qué, sino, habrían de secuestrar a tu
hija? A menos que…
—        ¿Qué?
—        Que comiences a recibir sus dedos.
—        Por eso estamos aquí.
—        ¿Por qué?
—        Pues porque si yo supiera donde está el tesoro, estaría ahora mismo con
el tesoro y no aquí. Quiero que todos vean que sigo contigo y todavía espero que
digas lo que dices que no sabes ni puedes decir.
—        Pero, entonces…  ¡Estamos perdidos!
—        Nosotros, no. No nosotros. ¿No puedes recordar nada ni siquiera ahora?
—        ¡No sé nada, hombre! ¡No sé nada!
Tras dar un feroz puñetazo de impotencia a la mesa que parecía de Alacitas ,
Tosferino salió en dos trancos del  anticuado Hotel Sucre seguido por Endara,
quien había cambiado su inane angustia perenne y muda por un ansia inútil de
luchar.
En El Prado, dos hombres se acercaron a un Huascar furioso y le aplicaron con
facilidad notable un golpe de cachiporra en la sien derecha. Se lo llevaron en un
jeep color verde bosta de vaca sin que Mike hiciera un gesto para impedirlo.
Alacitas = Fiesta del dios
Ekeko, patrón de la
abundancia, durante la que
es obligación comprar
miniaturas de las cosas
"de verdad" que deseamos
porque ese es el modo de
conseguirlas.
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