LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Miércoles Segundo/4
Humberto Suárez Suárez guardaba muchos secretos en su amplia humanidad
pero ocultaba uno solo con gran celo y disimulo: El Gordo Suárez era un hombre
feliz.
A medio camino en una vida que intentaba hacer lo menos conspicua posible,
había interpretado bien una tragedia temprana como signo de los dioses que supo
aceptar oportunamente no sin grandes batallas del alma. Usó luego la soledad a
la que le condenara la pérdida de la única mujer que pudo haber amado y del
nonato que se la robara para edificar una fortaleza interna mediante un código
sencillo pero rígido destilado de sus primeros veinte y tantos años.
Fiel desde entonces sólo a sí mismo y esclavo de su palabra, Suárez Suárez era
amable y decidor, un caballero en guayabera sin pasado ni mucho futuro que
descendía de entre las nubes, cumplía sus compromisos o dejaba como obsequio
medicinas, alimentos y las mercaderías que se le antojara para desaparecer bien
pronto y a veces sin despedirse en ese cielo celeste cuyos límites nadie conoce.
Así, nadie relató nunca las aventuras que Suárez Suárez viviera desde su destete
hasta su orfandad  primera ni nadie habló del loco amor que le ataba a esas
máquinas magníficas que le daban la vida de una golondrina. Dueño del cielo y de
más de mil pistas legales o clandestinas además de los campos incontables que le
invitaban irresistibles a posarse en ellos, era dueño también de uno de los países
más bellos del universo, bello hasta el extremo en que decirle mágico era
quedarse estrecho: todo es posible en él, y no hay sueño que no halle cabida allí.
Es este un lar hecho de todos los climas del globo, todas las plantas conocidas y
muchas desconocidas, de enormes, crueles y magníficas montañas, de selvas
impenetrables y caídas de agua espectaculares y secretas, de valles inmensos y
desiertos y lagunas de colores inconcebibles, de sabanas y llanos vírgenes y de
huellas inmensas también pero horribles de la única plaga invencible que destruye
inexorable ese paraíso.
Con menos de seis humanos por kilómetro cuadrado y la voluntad de volar hasta
mirar detrás de cada horizonte, Suárez era en verdad feliz a bordo de su Cessna,
el cuarto desde que estrenara uno antes de su mayoría de edad. Decidido a no
participar como parte muy interesada en los negocios de los hombres, concertaba
un monto para jugarse el pellejo y alargar su libertad, cumplía estricto su palabra y
esperaba un cumplimiento igual de sus accidentales clientes, los que le fueron
enseñando las rutas prohibidas hacia distantes desiertos y miasmas en los que
dejaba caer, protegido por la noche o por los rayos de un sol cruento, paquetes
que apenas miraba.
La costumbre de sellar sus contratos con un apretón de manos y de olvidar caras,
nombres y lugares con rapidez pasmosa le hicieron pronto valioso para el puñado
de empresarios grandes que dominan ese tráfico prohibido y para quienes
dominan a esos dominadores, de modo que se contó tras unos años de infalible
servicio entre quienes gozaban de una libertad casi absoluta. Útil para todos,
había enseñado a todos que sólo trabajaba para sí mismo y no era riesgo para
nadie.
Este es el hombre que sorprendemos hoy, solo como siempre y feliz como un crío
en una bañadera, navegando entre nubes de algodón y descubriendo, una vez
más, horizontes poco vistos por bípedos parlantes. Desinteresado hasta el
absurdo por registrar sus descubrimientos, Suárez tiende a ejecutar danzas
armónicas y gráciles en un ballet caprichoso que le va develando los secretos y
las dimensiones de cada paraje y es así como vuela hoy, con habilidades de
danzarina y audacias de acróbata, con descensos aterradores y trepadas
verticales que espantan criaturas aladas en un océano de gritos angustiados y
despabilan fieras que rugen sin haberse enterado de que son las últimas de su
familia, con silentes y amplias curvas que van mostrándole cada ojo de agua,
cada valle escondido y cada planicie apropiada para posarse en ella, con
volteretas alegres e impecables que adornan su vuelo sólo para anotar su
entusiasmo.
Mirando así, con ojos de niño alado, el lugar nuevo que le ha deparado el azar,
Suárez Suárez gira alrededor de una roca circular y monstruosa caída del espacio
eones antes de su nacimiento y observa con curiosidad veloz las paredes
verticales de este monte azulado cuya coronilla no ha querido mirar todavía. Sube
en un tirabuzón bien medido para recuperar la horizontal al vencer esta nueva
cumbre y lo hace con la perfección que lo caracteriza decidido, si su suerte le
acompaña, a posarse allí arriba para mirar luego de pie el mundo como era antes
de conocer la voz humana.
Es en el instante en que vence esa cumbre que penetra en un universo del que
poco o nada supo y se encuentra mirando el castillo hermoso de siete torres de
un Rey Arturo o el templo vertical de otro Shangri La o una fortaleza irreducible
del Cid que, hecha sinfonía en piedra, le fuerza a abrir la boca a todo lo que le da
y exige hasta el último esfuerzo de su pericia para no perder el control de su
pájaro de aluminio y  acabar allí mismo con su más mágica aventura.
Con los cabellos en punta y transpirando porque sabe que lo que ve jamás antes
ha sido visto, nuestro piloto feliz se fuerza a calmarse hasta que recupera casi el
ritmo de su respiración. Dejándose llevar por la habilidad y el instinto, hace con su
máquina lo que una abeja alrededor de su colmena: vuela y mira y mira y vuela
sin pensar en nada.
Así volando vence los limites de su incredulidad hasta dejar espacio en su
imaginación para lo que mira. Pasmado y conciliado un tanto con su fortuna,
busca un modo de acercarse para tocar esa maravilla de piedra que refulge bajo
un sol ya moribundo como joya que le lastima la vista. Su mirada encuentra la
horizontal que necesita junto al muro titánico que daría hacia Aldebarán en el
mundo que acaba de abandonar. Sin vacilaciones ni dudas hace un aterrizaje
perfecto en un mínimo de la superficie dura pero nada accidentada que eligiera
con tan buen ojo. Va, pues, su nave, y vuelve, zumbando como abejorro, y
finalmente se detiene y lo deja todo en un manto de silencio cargado de
premoniciones.
Tras una oración breve e improvisada, el hombre desciende y pisa por vez
primera el suelo azul del meteorito milenario anclado en su llanura natal que ha
venido a descubrir hoy. Mira las murallas bellas del palacio encantado que le
reduce a pigmeo y busca con lentitud y empeño algún indicio que le indique una
entrada. Inmenso, el muro se lo niega. Vertical y silente, azul como el trozo de
planeta que lo trajera, el castillo perfecto no delata apertura ni falla que el intruso
pudiera hurgar.
Entregado a su destino, el explorador camina con la seguridad de los
predestinados y no para hasta cansarse. La muralla rodea un patio enorme y
cerrado, adivina Suárez, pero nadie se ha acordado de darle una entrada.
Convencido de que no comparte con criatura alguna el campo no muy amplio que
va desde el muro hasta el borde del precipicio, elige postergar sus esfuerzos
hasta que el sol próximo le ayude y retorna con lentitud hasta hallar la sombra ya
diluida en sombras del ala derecha de su nave.
Sentado y dando fin a un emparedado de jamón y queso, decidido a dejar solas
por un momento a las ideas que le asaltan, Suárez Suárez se apoya en la llanta
de su avión y considera la necesidad de traer su bolsa de dormir y su vieja
lámpara a kerosén cuando escucha, a seis pasos de distancia, una voz cristalina.
— Buenas tardes. Mi nombre es Isabela. ¿Y cómo se llama usted?
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