LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Miércoles Segundo/3
El hombre sentado en una cómoda butaca de madera ante una sólida mesa del
mismo material había hecho una carrera increíble en base a la sólida y elemental
bruteza con que naciera. Esa carrera había consistido en romper todas las marcas
de brutalidad militar o civil que se hubieran marcado durante el siglo que concluía.
Era la suya una brutalidad que lo había distinguido durante su niñez, le había
hecho notable durante su vida de cadete dedicado a lastimar caballos y le había
dado renombre especial durante su difícil pero empeñoso ascenso por el
escalafón. Su mala fama de bruto alucinado le fue muy útil al llegar a la cabeza del
instituto armado y preparar un asalto de fiera viciosa contra su prima, la Señora
Presidente de la Nación, a la que derrocó mediante un feroz golpe esperado por
todos, compinches y víctimas, y distinto de operaciones similares de que se
guarda triste memoria justamente por la brutalidad con que se ejecutara.
Asesorado por militares argentinos, aprendió la novedad de usar ambulancias
para transportar torturadores y esbirros tras los sospechosos marcados por su
capricho. Usó con generosidad el plomo obsequiado con largueza igual por el
Imperio: su tropa ametralló a cientos de civiles a quemarropa en pleno Prado y a
mediodía y pateó esos cadáveres hasta obstruir con ellos los desagües; repitió
con singular dedicación operaciones parecidas en toda la ciudad y a toda hora.
El año que dedicó luego a jugar al Calígula paseándose por todo el país de juerga
en farra y  de crimen en crimen fue aprovechado por sus esbirros para imitar sus
brutalidades contra hombres, mujeres y niños. Sus estúpidas declaraciones y sus
fanfarronadas sobraron para conquistarle fama universal como cabeza hueca del
primer gobierno del mundo controlado por el narcotráfico. A pesar de todo ello, el
país algo le debía: su "revolución inédita" y sus canalladas sin precedente
pusieron a la satrapía que su régimen desangraba en el mapa del mundo y
millones de ignorantes descubrieron por fin lo que era ese país y donde está.
La brutalidad que signara sus actos era, pues, doble y evidente minuto a minuto:
no sólo delataba la debilidad congénita de su materia gris en su incapacidad casi
total de expresar un par de ideas siguiendo un orden apenas elemental, lo que le
hacía apenas inteligible, sino que esa misma impotencia estallaba de modo
inesperado y abrupto en actos de violencia inusitada, órdenes monstruosas que
sólo subordinados del mismo calibre podrían obedecer y maldades infantiles que
habían marcado sus días con anécdotas muy divertidas para sus colegas. Era un
tipo bruto y, como consecuencia, un hombre brutal.
El coraje del pueblo, más que la repugnancia universal, lo sacó del Palacio
Quemado unos meses después, pero varios años y muchos episodios odiosos
habrían de sucederse antes de que terminara quejándose de un corazón
debilitado en estas celdas que se disponía a abandonar más temprano que tarde
gracias a los amigos que hiciera entre viejos nazis, narcotraficantes y  políticos
que le debían variados favores.
Masticando con lentitud distraída y mirando fijo un bonito mapamundi que algún
tonto le regalara, dejaba correr ahora los minutos como lo único en que aún era
rico y esperaba el final de otro día sin novedad alguna. Sus visitantes, que habían  
caído en un silencio similar vencidos por la obstinación del preso que se negaba a
cambiar sílaba con ellos, escucharon las teclas del ordenador de Huascar hasta
que éstas dominaron la atmósfera. Fingiendo interés en la prisa con que tecleaba,
centraron su atención en sus dedos y se perdieron así el primer instante en que
su anfitrión iniciara una combustión espontánea lenta pero insistente.
La temperatura alrededor de su pesada humanidad subió hasta provocar las
primeras volutas de humo azul que emergieron con diminutas lenguas rojas de
fuego de las perforaciones naturales de la cabeza, orejas, narices, boca y ojos
dilatados como el grito de terror que lanzaba el cuerpo paralizado del reo. El
cabello se hizo ceniza en una llamarada azul y roja propia de un circo
internacional. Su humanidad toda tronaba y estallaba en luces y humos de colores
que nada envidiaban a ningún 16 de Julio, fiesta de la libertad política de la ínclita
La Paz.
El calor que irradiaba el militar en oleadas formidables forzó a los cuatro
caballeros horrorizados a salir huyendo de la celda como mejor pudieron sólo
para meterse en ella otra vez, empujados por los demás reos y por una curiosidad
invencible, y espiar al militar ardiente desde cualquier rincón. Buscaron refugio
tras algunos muebles y simplemente miraron las llamas apoyados contra las
paredes de piedra mientras varias cabezas aparecían en el marco de la puerta,
distintas todas por sus bocas abiertas y desdentadas.
El General sufrió aterrado y ya mudo la transformación de buena parte de su
humanidad en grasa fluida ante sus propios ojos espantados y convirtió su aullido
inhumano en un gorgoteo asqueroso que se unió al zumbido leve del terno negro
de derivados de plástico y del resto de su vestuario que se hacían ceniza ardiente
primero y luego negra.
El rostro, violeta y oscuro ya, iba desfigurándose segundo a segundo hasta que,
con dos estallidos breves como distantes champañazos, los ojos saltaron hasta la
mesa, sobre la que se diluyeron sin prisa en dos motas húmedas y humeantes. La
nariz se hizo de cera y, como tal, goteó hasta evaporarse. Los dientes, una de sus
razones de orgullo en su edad madura, aparecieron ahora completos y amarillos
en una calavera que iba diluyéndose en polvo negro. Cuando la osamenta se
debilitó hasta el punto de desmoronarse, esa dentadura envidiable resbaló por
una pierna, ya desnuda y bañada en lenguas de fuego rojo, hasta ocultarse tras
una pata de la mesa. Los dedos regordetes se diluyeron en grasa y las uñas
cuadradas se fueron en humo una a una, convertidas en lenguas ardientes y
azules. Las manos, de huesos que iban haciéndose oscuros, se agitaron en una
silenciosa desesperación asfixiada por ese mar de llamas diminutas. El olor de su
carne quemada había alejado a todos, menos a los cuatro testigos que no se
arriesgaban a separarse de las paredes por temor a ese infierno.
Descabezado, el tronco ardió con silente entusiasmo y fue desgastándose hasta
desmoronarse en ceniza. El chisporroteo fue disminuyendo a medida que el fuego
consumía a su víctima, de modo que cuando sólo quedaron dos tobillos óseos,
pelados y cubiertos de calcetines blancos sobre un par de zapatos Manaco, se
animaron los testigos a moverse. Salieron a escape para toparse con un grupo de
reos que llegaba con baldes de agua helada en un intento de ayudar a su
General.
Pálidos y descompuestos, sufriendo las arcadas de un asco atrasado que por fin
les atacaba, Huascar y sus amigos llegaron haciendo zetas hasta la piedra
enorme donde comenzaran su visita.
Allí los encontró el Coronel Héctor Macahua, Director de Seguridad Penitenciaria,
quien sufría casi mudo, bravo él, el peor día de su vida. Macahua esperó paciente
que se recobraran para darles la nueva de que El Pecas ya no figuraba entre sus
responsabilidades. Endara metió su amada máquina en el estuche de cuero que
le colgaba del cuello y se dirigió sin decir palabra a la salida del penal.


García Massa se da la buena vida en Chonchocoro
A tiempo de recordar los luctuosos sucesos que ocurrieron durante el golpe de Estado de
1980, el dirigente de la Centra Obrera Regional de El Alto, Roberto de la Cruz, dijo el jueves
que quien encabezó el sangriento hecho se encuentra cómodamente viviendo en un
departamento en el penal de Chonchocoro.
La COR de El Alto pidió al pueblo boliviano no olvidarse del 17 de julio de 1980, porque es un
día sangriento donde murieron muchos dirigentes sindicales y que fue ordenado por Luis
García Massa, que vive ahora cómodamente en el penal de máxima seguridad de la sede de
gobierno.
"La justicia burguesa ha premiado con solo el encarcelamiento en Chonchocoro del ex
dictador Luis García Massa, permitiendo incluso que le sea construido un departamento en el
penal", aseguró el dirigente alteño.
Detalló que el mencionado departamento no tiene ningún contacto con la población del recinto
penitenciario, goza de todos los privilegios e incluso tiene seguridad propia que procede a
saludarle como si fuera un militar en funciones.
García Massa tendría todas las comodidades, incluso se le permite cualquier tipo de
comunicación y puede desplazarse sin problemas hasta la puerta principal. "Sale y entra
cuando quiere, no está encerrado como hace creer el gobierno al pueblo boliviano", sostuvo
Roberto de la Cruz.
Contó que García Massa tiene servicio de desayuno, almuerzo y cena, que comparte con los
jefes y oficiales del recinto penitenciario, incluido el propio Gobernador.
El dirigente alteño relató que García Massa comparte los sábados parrilladas con carne traída
por personas que llegan del oriente de manera permanente, a cuyos eventos son convocados
las autoridades policiales.
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