LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Miércoles Segundo/2
Mallasa y Mallasilla son dos valles estrechos al sur de la ciudad en los que alguien
se ha gastado una pequeña fortuna para convertirlos en canchas de golf. El golf
debe su escasa popularidad entre los paceños, siempre lo afirmaba así Tosferino,
a que la adquisición del equipo básico de todo buen deportista dedicado al golf
cuesta otra pequeña fortuna. Tal factor hace que sólo quienes pueden permitirse
el lujo de comprarse todos los palos, bolas y añadidos que conquisten el respeto
de los conocedores pueden permitirse el gusto de jugar sobre los muy bien
cuidados campos verdes que hacen de Mallasa y Mallasilla un lugar apreciado a
nivel continental. Esto es, sólo los diplomáticos, los políticos y los comerciantes de
fabulosa fortuna cruzan allí sus sendas. Es pues, un templo del deporte sostenido
por una banda de delincuentes conocidos y por conocer.
Grover Wergeld Calaumana, impecable y luciendo su obligado atuendo hasta
parecer una réplica de Goldfinger que hubiera sobrevivido a la dieta más dura y
exigente del Dr. Atkins, asomó su aquilina nariz a eso de las once de la mañana
para tentar su suerte y alcanzar, con la ayuda de Leviathan y de su driver Great
Big Bertha Callaway, el hoyo Ocho si el viento lo permitía.
La rigidez de su pierna derecha, obra del proyectil que algún enemigo había
enviado a destruir su despacho, conspiraba con su ineptitud natural contra el
buen éxito de su empeño. Le seguía un muchacho cuya nariz, amplia, nativa y en
constante y húmeda actividad, conspiraría también contra el triunfo de su patrón.
Cargaba este indio, o la arrastraba, según le viniera en gana, la bolsa de palos de
su patrón.  La actitud general del mocoso, como la de quien preferiría estar en
Philadelphia esa mañana, tampoco era un buen augurio.
Michael Tosferino, alias Juan Tancara, apareció por cualquier otro recodo vestido
también como se debe pero sin parecer un golfista disfrazado sino el artículo
legítimo. Hábil como siempre, traía consigo un carro motorizado muy mono que
reemplazaría al caddy con gran ventaja pues no tenía orejas. El buen efecto que
provocaba su atlética estampa se derritió como hielo al sol apenas traicionó su
costumbre de masticar goma de mascar, traición que cometió ese mismo
momento. Sonriendo con una mirada atrevida, se aproximó a su oponente
dispuesto a gozar de la mañana.
—        Buenos días nos dé Dios, Grover.
—        Si vas a comenzar así, no sé a dónde vamos a ir a parar…
—        Es sólo un decir, Grover.
—        ¿Comenzamos?
—        Comencemos.
La paz del lugar se vio interrumpida por los golpes secos de cada palo contra
cada bola, los que provocaban un agitado despegar de palomas, torcazas y otros
bichos alados aficionados a ese campo. Ignorándolos, nuestros personajes se
dedicaron a lo suyo.
—        ¿No vas a mandar al niño a comerse un helado de frutas?
—        No es necesario. No es amable pero es sordomudo.
—        Piensas en todo, Grover.
—         A ver si me vendes ese carro cuando acabemos de jugar.
—        Lo siento, ya lo tengo prometido.
El accidentado avance de ambos hombres nada tenía que ver con sus
ambiciones, de modo que poco se pierde con ignorarlo tomando ejemplo del
ayudante de Wergeld, cuyo desprecio por ambos jugadores no podía delatarse
mejor.
—        ¿Quién me envió ese juguete esta mañana temprano?
—        Que me caiga muerto si lo sé. Lo sabré sin embargo antes de la puesta del
sol.
—        Para entonces hasta la prensa lo sabrá.
—         Nunca imaginé que eras aficionado al humor.
—        ¿Por qué lo dices?
—        Olvídalo. ¿Eres tú quien me envía dedos a diestra y siniestra?
—        Todos me dicen que tú mismo los cortas y te los envías por las rutas más
ingeniosas, tortuosas y peligrosas que puedes imaginar.
—        No es cierto.
—        Júralo.
—        Lo dicho, Grover.  Hoy estás de humor envidiable.
—        Lo digo en serio: Júralo.
—        Lo juro.
—        Bueno, entonces, ¿Quién?
—        No tengo la más peregrina idea. ¿Tú?
—        Yo tampoco, pues. Yo tampoco, Juancito. Pasemos, entonces, a otra cosa.
¿Quién trajo a Endara?
—        Uno de esos dedos. Yo se lo envié porque vino con una nota dirigida a
Huascar. Lo conozco desde que íbamos al jardín de infantes. Pensé que algo
sabría sobre el tema que nos ocupa y envié a Tinino para que analizara su
reacción. Como lo pensé, se vino volando, y  en la línea de bandera.
—        Esto es más difícil: ¿has logrado algo con traerlo de esa manera?  
—        Hasta ahora nada. ¿Creíste que iba a darte una respuesta diferente?
—        No. Tú nunca quisiste ayudarme. ¿Por qué ibas a cambiar hoy?
—         Bueno, porque podríamos hacer un toma y daca…
—        ¿Un qué?
—        Olvídalo. Digo que podríamos cambiar un par de datos. Tú sabes, una
mano lava a la otra y las dos lavan la cara… Etc. etc.
—         ¿Tienes algo que ofrecer?
—        Tal vez. ¿Tú?
—        Claro.
—        ¿Quieres pensarlo un poco?
—        No. ¿Qué ofreces?
—        Una pregunta y una sospecha.
—        ¿Cómo es eso?
—        La sospecha es del Tinino y la pregunta es mía.
—         Bueno, a ver… Dilo ya.
—        La sospecha: Tinino sospecha que la muerte del Coronel Rafael Loayza
sería el primer asesinato de este siglo y en este lugar en el que desconocemos la
identidad del asesino. Es la cosa más rara en este ambiente. Tenemos una
víctima y ningún sospechoso, como si esto fuera Chinatown LAX o Londres.
—        ¿La pregunta?
—        Bueno, en realidad son dos: ¿Lo mataste tú? Y la otra: Si no eres tú… ¿No
significa esto que hay otro jugador, un jugador nuevo, en este campo de
Agramante?
—        ¿Este campo de qué?
—        Olvídalo. Quiero decir que la muerte de Loayza nos hace pensar que
tenemos un nuevo competidor tú, yo, Ordoñez del Pozo, tu señora esposa y los
demás jugadores locales… Alguien nos invade y se anuncia con el asesinato de
Loayza, pienso yo, a menos que lo hayas asesinado tú. ¿Asesinaste tú a Loayza?
—        No. ¿Creíste que te iba a dar una respuesta diferente?
—        No. Tú nunca puedes ver las cosas desde mi propio ángulo. Te falta
imaginación.
—        Si vas a comenzar con los insultos…
—        Olvídalo. ¿Por qué no juegas un par de hoyos pensando en lo que acabo
de decirte?
Hasta podría ser que no hayamos perdido todo nuestro tiempo hoy.
—        Muy bien. Voy a pensar en lo que me dices. ¿No te vayas, eh?
—         En el bar te espero.
—        Yo sólo tomo limonada.
—        Ya lo sé. Ya lo sé. Allá te espero.
Dos cuartos de hora y  tres chuflays más tarde, Mike Tosferino veía entrar al bar a
un Grover Wergeld de mejor humor pero menos elegancia. Los esfuerzos por
cumplir con el deporte de su preferencia habían desordenado seriamente su
atuendo. Mike hizo una nota mental: "Grover ya está un poco sordo. Podría ser
una ventaja para sus enemigos".  Sin entrar al local, el muchacho nativo lanzó al
sol un escupitajo que sonó como un balazo. Tancara se molestó, y hubiera puesto
las cosas en su lugar si no hubiera escuchado a Grover, que murmuraba al
aproximarse a su mesa.
—        De acuerdo, Mike. Yo sólo tengo un dato para ti. Anoche secuestraron a tu
hija en Suiza.  
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