LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Miércoles Segundo/1
En medio de la inmensidad helada del paraje lunar del Altiplano, detrás de tres
portones, cuatro rejas y varios muros de adobe, Huascar vino finalmente e
conocer cara a cara y a estrechar la asesina mano de los monstruos que habían
tenido en vilo al país todo desde los tiempos del General.
Estos eran los que hicieron verdad le amenaza aquella del Ministro y coronel Luis
Arce Gómez, "todos los ciudadanos deben andar con el testamento bajo el brazo",
los que participaron en la masacre de los mártires cuyo jefe habría de traicionarlos
de la manera más vil al aliarse con el General, los que habían torturado durante
nueve horas a Luis Espinal, jesuita, cineasta, periodista y crítico del General, para
abandonar luego su despedazado cadáver en el Matadero de La Paz.
Estos eran, en fin, los nuevos cristianos que el pastor Jorge Zalles tenía el
repetido gusto de presentar a la curiosidad de la prensa, la televisión y los
superiores de su iglesia para pedirles que los aceptaran como era deber suyo
aceptarlos, como hermanos e iguales en el camino de la salvación. Ante esta
prueba de fuego, la gran mayoría de los cristianos que llegaban a Chonchocoro
optaban por tragar saliva, rozar la palma de la derecha contra la húmeda y
resbalosa derecha de cada converso y quedarse mirándolos con la boca abierta
como si fueran, que tal vez lo eran, cavernarios.
Bajo el sol dorado que quema a veces y a veces hiela, Huascar halló que le era
fácil deducir los tipos básicos entre estos criminales recién salvados: Benavidez
era el asesino inclinado a la tortura porque así creaba el terror que confundía con
el respeto personal que jamás lograría; Sandagorda era el gusano que creyó
cambiar de piel al tratar a los humanos como si fueran los conejos que atrapara
durante una infancia que no lo abandonaba aún del todo; El Atlas descubrió
niveles de vida inesperados cuando adoptó las costumbres de torturar a sus
prisioneros para gozar de tres comidas diarias; el  Pecas Jaldín halló en su
sangriento oficio una fraternidad que nunca antes había conocido; el Fantasma
Danilo halló por accidente que sólo el primero es difícil y que ese era un buen
modo de vengarse del mundo; Joel Calcina precisaba de mucho alcohol para
matar; el Mudo Cahuaya olía sangre y se enloquecía. Ronald Orna nunca
entendería muy bien las razones que le habían traído hasta aquí porque no
conocía un mundo diferente.
Tras mirarse en los ojos del Atlas, Huascar dejó sus adivinanzas para otro
momento. Tal vez ni los mismos criminales podían dar en palabras la clave de su
conducta. Tal vez era más civilizada la actitud de Zalles, que postergaba el juicio
de estos hombres hasta detrás de la última frontera. Tal vez… La imagen de
Isabela, prisionera en una cueva hedionda sin luz ni esperanza, le golpeó la boca
del estómago. Tal vez hoy debería arder el mundo por sus cuatro costados
porque hoy era el primer día sin justicia que le tocara vivir. Escuchó:
"La venganza
es mía. Yo pagaré".
Apelando a su disciplina mental, Huascar abrió el ordenador y se sentó de
cuclillas sobre una piedra enorme que nadie se había atrevido a mover.
—        Ayúdame ahora, Jorge.
Zalles le sonrió con un gesto generoso y explicó la presencia de Endara y sus
amigos en ese patio de sol y hielo. Los señores venían a pedir ayuda a los reos.
Les pedían que intentaran recordar, mirando atrás hasta cubrir los últimos treinta
años, alguna imagen, palabra o acto que conectara a este hombre aquí,
convendría que te miraran bien, Huascar, ponte de pie, y a su hija, que se llama
Isabela, con un pecado despreciable y escandaloso que gracias al Señor es muy
raro entre nosotros, el secuestro. Durante los Carnavales de Oruro y entre treinta
y cinco mil danzantes, una mano misteriosa atrapó a la muchacha de 19 años y
este es el día en que nada sabemos de ella. Es para encontrarla, amigos míos, y
para ayudar a este hombre, cuya desesperación no es tan difícil de imaginar, que
él mismo y sus amigos nos visitan en este día.
Un corto silencio siguió a la invitación y, satisfecha su curiosidad, dos o tres de los
presentes dieron simplemente una vuelta en redondo y se apartaron del grupo sin
mirar atrás. Algunos descubrieron que la punta de sus zapatos era el eje de sus
recuerdos de tres décadas. Otros se pasaron la lengua por los labios, mirando
una nube diminuta que les nublaba un ojo. Al tiempo que se decidían, fueron
tomando de uno en uno o de dos en dos la ruta más próxima hasta su rincón
preferido en la prisión. Quedaba sólo El Pecas que, tras cuidar de sus espaldas a
diestra y siniestra, murmuró:
—        Alguna recompensa debe haber para los que tengan buena memoria, ¿No
es cierto, Hermano Jorge?
—        Por supuesto, por supuesto.
Huascar aprobaba con la cabeza mientras miraba con ansiedad al hombre breve
que les dedicaba una tímida sonrisa.
—        Bueno, entonces, Almorzaremos y después charlamos. ¿Bueno? Digo, el
Hermano Jorge, usted y yo. ¿Para qué más?
Sin otra palabra, también El Pecas se apartó del grupo caminando tranquilo como
quien cumple con una rutina diaria para conservar la salud. Huascar miró a Jorge,
Zalles se encogió de hombros con una media sonrisa y metió las manos en los
bolsillos. Sólo quedaba esperar.
—        ¿Valdría la pena ver a García Massa?
El hombre al que sirvieran estos conversos cuando ocupara la Silla Presidencial y
mucho antes era el huésped más famoso de esta prisión construida con dineros
yanquis para alojar en medio del vacío altiplánico a los principales exportadores
del polvo al que son tan aficionados los yanquis. Huascar recordaba que fue bajo
las órdenes del General García Massa que habían asesinado a Espinal. Recordó
también que una de sus bombas anónimas había estallado a diez pasos de Julia
cuando su esposa participaba en una manifestación popular en contra del
régimen narco-militar cuya brutalidad fuera excepcional.
—        … aunque más no fuera para decir que una vez lo vimos.
—        Vamos, entonces.
Caminando con lentitud, Huascar siguió a Zalles hasta las cómodas celdas de Su
Excelencia.




El "Fantasma" asesinó a otro interno en Chonchocoro
Danilo Aranda Portugal, alias el "Fantasma", junto con el narcotraficante Ronald Orna Vargas,
asesinó ayer a puñaladas a José Jaldín Fernández, alias "El Pecas", con armas
cortopunzantes en el penal de Chonchocoro.
El Director de Seguridad Penitenciaria, Coronel Héctor Macahua, explicó que Jaldín, quien
cumplía una pena en el penal de máxima seguridad por delitos de narcotráfico, fue atacado por
los internos mencionados en momentos en que ingresaba al comedor a las 12:30 horas.
"Lo victimaron con lo que llaman puntas, que supuestamente fabricaron en los mismos
talleres, provocando una hemorragia interna y externa que ocasionó un paro cardiaco",
manifestó la autoridad.
Pese a que el herido de 53 años fue auxiliado y trasladado de inmediato a la Clínica Corea de
El Alto, no se pudo salvar la vida del recluso, según Macahua.
El cadáver de Jaldín fue trasladado a la Morgue del Hospital de Clínicas, mientras que los dos
asesinos peligrosos fueron llevados al sector de aislamiento de Chonchocoro para evitar que
otros internos corran peligro compartiendo con los antisociales mencionados.
"El Fantasma" fue condenado a 30 años por haber matado con alevosía y premeditación a un
joven en la zona de Pampahasi. Del hecho nunca se arrepintió el delincuente que vivió entre
pandillas en los Estados Unidos.
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