LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Martes - Primero/1
Ifigenia Muraña Vasconcelos admiró sus uñas largas como tupis*  e inútiles casi
para cualquier labor práctica y dejó que la voz que le había costado una fortuna
en Houston destilara un hilo de miel para insultar a su visitante:
—        ¡Se necesita ser huevón!
La suya era un clon de la voz de la heroína de "Blancanieves y los Siete
Enanitos", que Ifigenia había visto a los cuatro años en el cine Monje Campero. Se
la habían implantado tras operar 26 veces sus cuerdas bucales para darles los
mismos tonos puros, cristalinos, cálidos y juveniles de la joven que nunca existió
pero era inspiración y modelo de Muraña, quien soñara desde siempre con
suplantarla.     
—        ¡Sólo tú puedes hacer una cosa así!
Más que una acusación, el hombre expresaba una admiración sin límites. Sentado
en un lujoso diván a tres pasos de Ifigenia, metía el testuz nervioso pero decidido
a salir de dudas.
—        ¡Se necesita ser imbécil^!
La incongruencia entre la voz y el vocabulario forzaba calidades de elogio al
insulto. Ifigenia lo notó de inmediato y decidió controlar mejor su lengua. No era
cosa de andar tirando el dinero por todas partes. A diferencia de su esposo,
Muraña amaba el dinero e ignoraba el poder que casi siempre le acompaña.
—        Sólo tú pudiste haber imaginado una cosa tan horrorosa… No sé si podré
perdonarte. ¿Es para eso que viniste?
—        Necesito salir de dudas. No estamos para cometer más errores, esto días.
Basta con un si o un no. Acaba con esto, Ifigenia, y me voy por donde vine.
—        Yo no lo hice. No sé nada sobre eso. No ando cortando dedos a nadie.
¿Con quién crees que hablas?
—        Son 32 años ya, Lady Láyqa.  
—        …y todavía no me conoces, Grover.
—        Nada en ti me sorprende, y nada me asusta… a menudo. Excepto que no
sé cuáles son tus límites.
—        Ni corto dedos a las gentes, ni como cadáveres de niños, Grover.
—        No, pero nadie sabe dónde está Grovercito.
Lady Láyqa, como su  esposo y el país todo la llamaban, sintió que una ira sorda
le trepaba por el sistema gastrointestinal hasta quemarle el paladar. Ella conocía
el paradero de Grovercito, y con eso bastaba.
—        Por el niño no te preocupes, que no puede estar mejor.  
—        No me preocupa el bastardo. Me preocupa lo que la gente dice sobre él.
—        Siempre tan amable, tú. Es tu nieto, así no lo quieras.
—        ¿Cómo lo sabes?
—        Tiene la misma mirada de imbécil que le diste a Grover Junior.
—        ¿Yo?
—        ¿Nunca te miras en un espejo? ¿Ni para afeitarte?
Su visitante se puso de pie. Lady Láyqa se maravilló de verlo tan bajo. Hacía
meses que no lo veía.
—        ¿Qué te pasa? ¿Te encoges ante tus problemas? Te veo más bajo que de
costumbre.  
El hombre sabía que el mundo jamás vio dinero suficiente para comprar la
felicidad. Ricos como somos, pensó, vamos a terminar esta conversación gritando
como khumuris  borrachos. Así es el amor. Peor es la indiferencia. Algo de
satisfacción halló en esos pensamientos.
—        Me encojo, pues. Ya nadie me mima.
—        Anda, come caca.
Tras el insulto cubano, una sonrisa casi pícara amenazó con asomar al rostro de
la bruja negra. Ifigenia se preguntó si alguna vez pudo amar a este hombre flaco y
menudo con cabeza y cara de calavera, y la respuesta se le apareció clara y
precisa: si, porque el tipo este tenía sangre de pez y había perdido la conciencia
antes que los dientes de leche. Nunca conoció ella una persona más a propósito  
para perseguir sus propias ambiciones. Jamás hubiera hallado otro ente que
hiciera posible la casi perfecta armonía entre las ondas cerebrales que
intercambiaban naturalmente, el buen gusto de sus insidiosas conspiraciones, los
destellos increíbles de genio inventivo y creativo que pespunteaban su trayectoria,
la habilidad casi diabólica con que cumplieran sus décadas de crímenes secretos,
asesinatos ejecutados como obras de arte y delitos públicos pero ya impunes,
dada la influencia de que gozaban desde fechas no muy recientes. No lo
recordaba pero decidió, contados sus años de intimidad, que uno que otro
orgasmo quedaba dentro de lo posible. No todo había sido ambición. Hubo amor
en mi vida, se convenció la Muraña.
—        Me marcho, Lady Láyqa.
Su visitante intentaba su sonrisa triste mirándola con los ojos descoloridos que
ocultaba casi bajo sus párpados caídos. Sólo ella pudo saber que esa mirada no
era triste porque hoy había podido verla.   
—        Adiós, Macbeth de pacotilla.
—        Adiós, princesa de mis sueños.
Ifigenia Muraña descendió con paso vivo por la increíble escalera negra que se
introducía en la tierra como un tirabuzón gigante creado como especial para las
botellas de vino francés y terminó el viaje en una cámara oscura e inmensa en la
que había ido depositando los frutos de su agotadora labor. No todo era oro, sin
embargo. Había piezas bellas de material deleznable y era posible encontrar
cosas sin más valor que el amor que en ellas pusieran sus artífices. Algo tenía de
oriental esta cueva sembrada de alfombras persas y auténticos gobelinos. Sus
luces, indirectas siempre cuando traicionaban su presencia, eludían el blanco y
perseguían el color. Los ambientes, que ella creara en labor de años, eran
completos e independientes, los 32 que hacían este escondite. En sí mismas
improvisadas, las celdas se distinguían porque mataban los sonidos entre muros
acolchados y parlantes ocultos para neutralizarlos. Las momias, en fin, yacían en
posiciones diversas y eran desnudos muy diferentes pero naturales hasta el
extremo de que cualquier visitante diría que sólo les faltaba hablar, defecto que
jamás le pareció tal a Ifigenia.
Tras penetrar en la más estrecha, Lady Láyqa se puso de rodillas, clavó un metal
largo como sus uñas en el piso de piedra y un resorte oculto abrió la entrada de
submarino que respiraba con asma y que se la tragó con el mismo sonido de
fuelle herido. Allí, en la panza de la tierra, en el fondo mismo de la Pachamama,
donde el calor y la humedad parecían hacer próximos los anillos dantescos, allí
ocultaba el fruto último de su ingenio.
Negro porque era su color preferido, el ataúd falso bostezó sin un pip y le
presentó generoso los paquetes bien envueltos y mejor forrados en verde oscuro.
Lady Láyqa sonrió al recordar su sorpresa cuando viera por primera vez esa
inmensa fortuna. Jamás había creído que ocupara tan poco espacio.
*Tupi = Aguja larga de
plata usada en el pecho
para sostener una manta.
^ Imbécil = Proviene del latín
imbecillis, palabra latina
formada con el prefijo
privativo in-,  más bacillum
-origen de la palabra bacilo-,
que es el diminutivo de
baculum (bastón), con lo
que  imbecillis viene a
significar literalmente
"sin-bastón". Baculum  
proviene del griego baktron
(báculo, bastón) que a su vez
se emparenta con la raíz
indoeuropea bak-.
En Psicología, imbecilidad
es un grado de debilidad
mental de menor gravedad
que la idiocia o idiotez y
mayor que la insuficiencia
mental leve.
Khumuri = Cargador,
vagabundo.
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