LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Martes - Primero/3
Ramiro Ordoñez del Pozo debía su destino a su aspecto físico. Era feo. Su piel era
oscura y sus ojos saltones jugaban mal con el lunar enorme que llevaba  junto a la
boca. Era delgado. Usaba sus brazos como si fueran lazos sin huesos para abrir
los dedos de un modo caprichoso que otros hallaban repulsivo. Cuando caminaba
imitaba a Dippy, el perro compañero del Ratón Miguelito en los cortos de su
infancia, y tenía la mala costumbre de tratar a todos como si fueran su camarero
personal. De niño había sido rico.
—        ¿Por qué lloras?
—        ¡Me han robado a mi hija!
Entre sus cualidades más atractivas destacaban su inteligencia, traicionada a grito
pelado por esos ojos feos, y su habilidad prodigiosa para dibujar lo que le viniera
en gana, un arte que le dio su primera fama, la más amable; también, una
generosidad adquirida en su primera infancia en las selvas de Pando (escena del
novelesco episodio nacional del caucho) y asesinada a golpes de voluntad férrea
durante su adolescencia, cuando Ramiro perdiera su fe en la humanidad. El último
bípedo parlante en que depositara una confianza vacilante era Huascar Endara
Watson porque ambos vivieron dos puertas de por medio y admiraron a Julio
Verne.
—        ¿Ramiro?
—        Has correr la voz: pago diez mil dólares por la hija de Huascar Endara. Si
me la traen viva, pago veinte mil.  
—        No sabemos quien es ese Endara.
— ¡Pues averígualo, idiota!
Ramiro Ordoñez se sintió para siempre endeudado con Huascar porque Endara le
empujó en un momento crítico a tomar unas vacaciones históricas en Arica, puerto
que los altiplánicos ven como el Mar del Plata de los Andes. Durante esas
semanas báquicas vividas hasta la última gota en un lenocinio de merecida fama
internacional, Ordoñez perdió una pequeña fortuna, su virginidad y la granizada
de manchas de acné que le hicieran aún más feo por ese entonces. Cantando a
viva voz los boleros de su preferencia y sintiéndose dueño de una salud de que
jamás antes había gozado, conectó a su retorno ese nuevo bienestar con su
amigo Huascar y le deparó un eterno lugar privilegiado en su estima.  
—         ¿Huascar?
—        ¿Si?
—        Tengo a mi gente tras su pista. No te preocupes. Todo saldrá bien.
—        ¡Dios te bendiga, hermano!
—        ¡Cállate, idiota! ¡Van a creer que eres maricón!
Los caprichosos vientos de la vida soplaron luego para separarlos apenas
dejaron las aulas. Vagabundo por definición y alienado desde la cuna, Endara
recorrió el mundo viajando muchas veces contra su voluntad. Ordoñez,
condenado a los rincones oscuros de los edificios fríos por las miradas que sentía
perforarle las esperanzas, halló pronto su cueva en un ministerio que disponía del
poder de liberar de cargas e impuestos a toda importación que cruzara las
fronteras.
—        Ramiro…. Hay un tipo Suárez que anda tras esa chica también.
—        Humberto Suárez Suárez, ¿el de los Cessna?
—        Ese. El Gordo Suárez, le dicen.
—        Ayúdenlo, pero que no lo sepa.
—         Muy bien, Ramiro.
Usando apenas la inteligencia que Dios le diera, se hizo dueño de la situación y
del ministerio en un año y dedicó los demás a administrar sabiamente ese poder y
la fortuna que cultivó desde entonces. El caso fue que en plena madurez y
cuando se dio un encuentro tras un inesperado retorno de Endara, Ordoñez pudo
lucir sin gran bochorno los resultados de sus habilidades. Eran un mini-imperio
invisible.
—        ¿Ramiro?
—        Nada todavía.
Viendo que desarrollaría su carrera durante las dictaduras militares, había
adquirido en el Barrio Militar una mansión de dos patios, el segundo secreto y
dedicado a almacenar sus libros y revistas, que coleccionaba con apetito
desenfrenado desde que aprendiera a leer. Esta biblioteca, de haber pertenecido
al estado, hubiera sido una verdadera bendición para los estudiosos. Por ser
suya, Ordoñez se vio obligado a ocultarla celosamente.
— No llames más. Pronto sabremos algo.  
—        Ya van dos días…
—        Algo voy a saber. No me llames.
Una segunda colección figuraba más cerca del corazón de ambos amigos, y no
sólo porque era objeto de un amor desenfrenado por el papel y la tinta, sino
porque se componía de verdaderas obras de arte en miniatura. Un estante de
honor conservaba en un ambiente controlado las ediciones de El Acre, un
semanario de 14 páginas que Ordoñez dibujara e ilustrara a mano de cabo a rabo
desde la Secundaria hasta que perdiera la fe. Era esta una breve montaña de
papel cuya lectura proporcionaba un placer sencillo pero nunca igual aunque
fuera muy repetida. Combinación de libro e historieta, cada ejemplar único de El
Acre lo era en ambos sentidos y merecía el respeto y el cuidado con que lo
trataba el puñado de privilegiados con acceso a ese recinto. Allí, en compañía de
un whisky de lo más fino, ambos amigos retornaban a los días primeros en que
habían sido felices sin saberlo.
—        ¿Ramiro?
— ...
—        ¡Ramiro!
Las visitas de Endara se fueron distanciando mientras la amistad de Ordoñez con
la botella se hacía álgida, en parte debido a las demás amistades que se veía
obligado a cultivar. Hombre de estatura en ese mundo que había venido a
conocer bien, tuvo pronto dos guardaespaldas y dos doble tracción verdes a su
servicio, todos financiados por sus actividades.  Propietario de haciendas y varias
avionetas en la selva oriental del país, se dedicaba tal vez al negocio que daba de
vivir a todos, tal vez no. Tenía techos y lechos en todas partes y veía a su esposa,
una sufrida maestra que jamás perdió la esperanza de reformarlo, de mes en mes.
—        Don Huascar… Todos estamos trabajando en ese asunto. Por favor, no se
preocupe. Pronto sabrá de nosotros.
—        ¿Quién habla?
—          (Clic.)
No recibía a nadie ya en su mansión del Barrio Militar y juzgaba necesario hacer
un misterio de su paradero. Así, dos mensajeros amables pero patibularios hacían
saber a Huascar que Don Ramiro sabía de su llegada y ponía a su servicio los
poderes inescrutables de que gozaba, pero el placer de volver a verlo le era
denegado. Huascar atribuía esa negación a ese poder negro, pero la verdad era
más feroz: Ramiro ahogaba su mente en alcohol y la vergüenza que conservaba
de sus días mejores le empujaba a ocultarse de su amigo. No les quedaba más
que los breves contactos telefónicos que Don Ramiro permitía cuando un
sonriente matador pasaba a Huascar el aparatico mágico para quitárselo al
segundo y medio.
— ¿Ramiro?
— ...
Pero durante esta visita sería necesario romper esas murallas toscas para hablar,
por lo menos una vez, con su amigo Ramiro Ordoñez del Pozo. Huascar decidió
que lo mejor sería llorar cuando usara ese teléfono.
SIGUE
INDICE