LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Martes - Primero/2
Margaret Kemp Bowen dormía su sueño nervioso y entrecortado por sus aullidos
de lobo y alaridos de loca en la vereda derecha de la amplia avenida del
Libertador que sirve como límite norte al risueño barrio de San Miguel.
Esos cien bloques no se han decidido del todo a abandonar a la clase media que
les diera existencia por la clase apenas más alta que intenta invadirlos para
convertir esta vía en una Veneto de chiste con maricones, putas, distribuidores y
adictos, bares y asaltantes que dieran un poco de movimiento al lugar. El conflicto
se libra, pues, entre casas suburbanas mínimas de un solo piso construidas del
modo más barato posible y unos abortos arquitectónicos de hasta cinco pisos
arrejuntados encima del casco de una casa suburbana igual para convertirla en
un "mini-mall". Es como si un bungaló sufriera ambiciones de emporio comercial.
El rápido crecimiento de esta parte privilegiada de la urbe ha impedido un
desarrollo equilibrado de la avenida, que comienza con una plaza muy mona y una
iglesia moderna que luce una imagen gigante del ángel que dio su nombre a la
zona. La plaza es el extremo occidental de unas diez cuadras en las que puede
verse a diestra y siniestra un centenar de esos negocios improvisados dentro y
encima de otras tantas casas idénticas que representan al comercio internacional
de chucherías con legítimo orgullo.
Dedicado a servir a los endeudados padres de familia que gustan de disfrazarse
de deportistas los domingos por la mañana y no a los millonarios locales, este
comercio legal no pudo resistir la invasión de los comerciantes libres llegados
desde toda la República para abrir sin más ni más su puestos en las diez cuadras
siguientes de esas veredas destinadas a usos más bucólicos. Tales empresarios
demuestran que son en verdad libres porque jamás se registran en municipalidad
alguna, nunca pagan un centavo de impuestos y dejan esas actividades en menos
de quince minutos si les da la gana.
Así, las elegancias artificiales que tanto cuestan a los comerciantes que se dicen
honrados porque llenan formularios de impuestos para evadirlos va declinando a
lo largo de diez cortas cuadras hasta transformarse en un campo de gitanos. Esas
cuadras adicionales son más recientes, menos cuidadas, y alojan un mercado
campesino, unas cien carpas usadas como tiendas, una mini-corte de los
milagros, varias carnicerías bien provistas y una serie de camionetas cuya puerta
posterior se abre  para ofrecer lo que menos uno se imagina y se cierra de un
golpe seco cada seis meses, cuando aparece un policía municipal. La avenida del
Libertador resulta así una galería completa del muy variado contrabando que da
empleo a la mayoría de la población nacional y una exposición no deseada de los
tipos humanos bonitos y feos que han venido a poblarla por azar.
De noche, por supuesto, los bonitos y los feos andan con armas cortas y largas,
abrigos hasta las cejas porque todo hiela a cierta hora, mercaderías y sustancias
prohibidas por la ley y el hogar, botellas de pisco y unas ganas de joder que los
ha hecho famosos. Se mueven sobre las veredas cubiertas de bultos enormes
envueltos en lonas negras o grises, entre perros salvajes que deambulan de
veinte en veinte meando y olisqueando a diestra y siniestra, borrachos perdidos y
bandas de niños sin calzón abandonados apenas los destetan que se dedican a
sorber por las narices llenas de mocos unos vapores que les apagan la mirada, la
clefa . Siempre aparece a la hora nona, incongruente, algún policía de vocación
ineludible y mirada tierna que mira todo con santa paciencia mientras intenta
entender al Creador.
Este es el lugar donde van a parar también los hippies legítimos llegados desde el
Norte en busca de la droga maldita y recibidos por los locales con una democracia
pura que los hippies jamás antes conocieron; es aquí, cuando dos billones de
estrellas parpadean como láseres en el cielo negro, donde dormitan santos y
pecadores apostando a que verán el nuevo sol  y perdiendo uno que otro
hermano de la noche, generalmente congelado entre pesadillas y muerto con una
sonrisa idiota.
Dos o tres noches de curioso vagabundeo por esta avenida permiten un
conocimiento apropiado de las leyes sociales que rigen a sus habitantes
nocturnos con rigidez militar. Son normas  inviolables que cuestan el pellejo si son
ignoradas. Son fáciles de entender y casi ninguna se expresa en alguno de los
idiomas que se susurran por allí. Se las aprende mirando y si no se las aprende
se deja pronto de mirar. Una vez aprendidas hacen de pasaporte y extienden su
protección a cualquier bípedo aunque el tal sufra de la debilidad de lavarse el
cuello.
Huascar Endara Watson, disfrazado dentro de un capote militar y debajo de una
gorra de los Redskins de Washington DC, intentaba provocar un instante de
lucidez en la mujer que acababa de despertar mediante un pellizco largo y
honesto aplicado en las narices. Se había provisto para ello de una torta de
manzana Max Bieber de dimensiones respetables que sostenía dándole vaivenes
tentadores a dos pulgadas de esas narices.
Jim Morgan, callado y paciente como un guru, observaba la escena sentado en la
vereda y apoyado contra un muro de un metro de altura sobre el que se
levantaba un enrejado que tocaba el cielo. Su costumbre de mirar sin parpadear
le daba aires de robot, pero su sonrisa tan bien aprendida compensaba las cosas.
Ambos habían venido a visitar a la Loca de la Libertador en esta madrugada
porque Endara sufrió de una sospecha absurda y quiso convencerse de que
jamás había visto antes a esta desafortunada joven. Intentando descubrir sus
facciones debajo de la capa de mugre y barro que le daba aires de incubo,
permitió que devorara la torta de marras mientras intentaba poner algo de orden
en su cabello, oscuro ahora pero rubio si se lo lavara. Desnutrida, hedionda, mal
cubierta por los trapos que iba perdiendo con los días, la loca parecía una
anciana de cuento pero liquidó las dudas de Huascar en un dos por tres.
—        Margarita, hemos venido a verte porque somos tus amigos. Queremos
llevarte de vuelta a América.
—          Ifigenia tiene a mi hijo. ¿Cómo puedo dejarlo? Morir antes que esclavos
vivir.
Como tantos gringos desprevenidos, Margaret había aprendido el español
altiplánico, idioma hecho de erres cerrada y nunca hablado sino apenas
susurrado entre dientes, defectos ambos que a menudo demandan un traductor.
Huascar reconoció ese español de Achacachi y se puso literalmente a tono.
—        Hay otros modos de recuperar a tu hijo. Traeremos abogados famosos de
Nueva York para luchar por su suerte. Nada ganas con arriesgar tu vida en este
lugar. Si te mueres, pierdes esta partida para siempre.
—        ¿Quién eres tú, que me vienes con esas ideas tan brutas?
—        Yo también he perdido a mi hija, Margarita, y venía a pedirte tu ayuda.
—        ¿Se la llevó Ifigenia?
—        No lo sé. Tú, ¿qué piensas?  
—        Ella nunca corta dedos.
Así pues, sólo los locos dicen verdades, lo confirmó Huascar allí mismo.
—        ¿Cómo sabes lo del dedo?
—        El Mosca me lo dijo.
—        ¿El Mosca?
—        El Mosca.
—        No puede ser. El Mosca murió hace años. Lo mataron en Santa Cruz.
—        Prefiero ser loca a ser idiota. Yo lo vi. ¿No te estoy diciendo que lo vi?
—        No puede ser, Margarita…
—        Estaba con el Manopla y le dio el dedo. Se lo dio allá mismo, frente al
quiosco de las galletas Patria. Yo lo vi. ¿Es de Grovercito?, le pregunté. No,
gringa burra, me dijo. Es de una mujer. Hay que dárselo a Tancara.
—        ¿Estás segura, Margarita?
—        Estoy loca, pero no soy tonta. Si te digo algo es porque así fue.
Maravillado ante la exactitud y la cordura de esta madre niña, Huascar anotaba de
prisa y sin pausa cada sílaba. Sus dedos volaban por el teclado. Miraba de
cuando en cuando alrededor del grupo reclinado en la vereda como si esperara a
alguien.
—        Jim, ¿qué opina usted?
—        Es muy pronto para opinar.
—        ¿Cómo sabes que era el Mosca, Margarita?
—        Todos lo conocen aquí. El nos trae… lo que necesitamos.
—        ¿Estuviste con él muchas veces?
En un instante, el sol asomó como el dedo de Dios sobre la montaña de maravilla
y vino a bañar de dorados el rostro desencajado de la mujer tirada sobre la
vereda. El cambio que provocó el astro rey en la niña extraviada provocó un
miedo nuevo en Huascar que, después de todo, jamás antes había conversado
con un orate.
Convertida en las Furias legendarias, Margaret lanzaba horrorosos epítetos en
dos idiomas y entre rotundos salivazos contra el enrejado imponente en que se
apoyaban sus visitantes.
— ¿Pero, por qué haces esto?
Huascar no alcanzaba a entender ese odio desenfrenado contra una reja
despintada y clavada delante de una pared hecha de pinos que se estiraba por
ambos extremos hasta donde daba la vista.
—        Aquí vive Lady Láyqa.
Con la sangre de horchata que Huascar iba conociéndole, Morgan le dio la
explicación mientras se ponía de pie como si la hallara innecesaria.  Imitándolo,
Endara miraba a la gringa que se debatía entre espasmos horribles que
convertían su cuerpo reducido en un resorte diabólico.
—        ¿Es que no podemos hacer nada?
Morgan se ahorró la respuesta y salió de allí a grandes trancos sin preocuparse
por saber si Endara lo seguía. La indignación había pintado su rostro de gris.
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