LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Martes - Primero/4
Con seis balazos mataron a un contador para robarle
Escuchó un ruido, salió para ver qué era lo que ocurría y fue baleado.
La violencia delincuencial cobró ayer en la madrugada una nueva vida. Se trata del contador
Arsenio Melendres Mosquera, de 40 años, quien al escuchar extraños ruidos en el garaje de
su casa, ubicada en el barrio Los Chacos, salió a ver de qué se trataba y se topó con tres
delincuentes.
Uno de ellos extrajo una pistola y sin darle tiempo le disparó seis veces causándole la muerte
en forma instantánea.
Después del crimen los auteros se dieron a la fuga llevándose la camioneta Toyota, tipo Hi
Lux, placa 398-PMG. “Los delincuentes le dispararon a quemarropa y no nos dieron tiempo a
nada”, dijo uno de los vecinos de la víctima que todavía no podía salir de su estupor por el
hecho ocurrido a las cuatro de la mañana.
En base a un trabajo sacrificado Melendres había logrado una relativa estabilidad económica
que le permitía a él y su esposa vivir cómodamente.
Efectivos de la brigada de homicidios de la Policía Técnica Judicial y de la Dirección de
Prevención del Robo de Vehículos se hicieron presentes en la casa con la finalidad de
constatar el hecho, pero vanos fueron los esfuerzos por salvar la vida del contador, cuyo
cadáver fue trasladado a la morgue del hospital San Juan de Dios.
El forense Oscar Ciro Ortiz estableció que la causa de la muerte fue por “shock hipovolémico”
que se produce por una hemorragia aguda interna y externa, según explicó.



El Coronel. Tosferino dejó caer el periódico oriental sobre la mesa de modo tal
que expresara su aprobación por la noticia. Había ordenado que el cadáver
apareciera quemado, pero pensaba ahora que la variación no hacía diferencia.
Nadie conectaría al honesto contador asesinado con seis… ¿seis? balazos y el
desvergonzado aficionado a traficante que se había alzado con doscientos mil
verdes que no pasaron del fondo de su ropero. Preguntaría por qué fueron
necesarios seis plomos, pero sólo por guardar las formas. Tampoco le molestaba
el hecho de que se hubieran llevado al muerto al otro extremo del país, ¿Por qué
en Santa Cruz?, preguntaría también, sólo por preguntar.   
Otro crimen molestaba más su conciencia, principalmente porque no lo había visto
venir ni se vio capaz de impedirlo.
— ¿Anda Morgan por allí?
Morgan entró en su despacho para responder la pregunta. Tosferino le indicó la
silla que tenía al frente y Jim se acomodó buscando su comodidad con esmero.
Luego miró con ojos de robot al hombre de uniforme.
—        ¿Qué tienes para contarme?
—        Desde ayer, nada. Pasé una noche infame con Endara. Fuimos a ver a
Margaret. Ella insistió también en que el Mosca envió el paquete.
—        ¿Ha resucitado el Mosca?
—        Hasta ahora no, pero ya andan buscándolo.
—        Avísame si resucita.
—        Por supuesto.
—        Lo que te diré ahora no debe salir de aquí.
—        Nunca sale.
—        Pero esto es más serio. Han matado a Loayza.
Morgan levantó las cejas para expresar su sorpresa. Loayza era un bulto negro y
sin cara en su memoria.
— ¿Cuándo?
—        Ayer, pienso yo. Ayer por la tarde. O por la noche.
—        Mientras yo visitaba al Manopla.
—        ¿Para qué lo visitabas?
—        Para dar una oportunidad a Endara de que me soltara un cabo suelto.
—         ¿Lo soltó?
—        No, pero algo hay en todo eso… No sé nada todavía. Quiero decir, nada
que no sea una intuición.
—        ¿Cuál?
—        No vale la pena mencionarla. Nos complicaría las cosas. Dejaré que
duerma hasta que me moleste.
—        A Dios gracias, en mis tiempos éramos menos complicados.
—        Pero más violentos.
—        Bueno, la verdad…  Y tenemos, además, otro dedo. Un meñique, diría yo.
Blanco y fino como el anterior.
—        ¿Lo sabe Endara?
—        Aún no. ¿Qué tú dices?  ¿Se lo digo?
Tosferino adoptaba el español de Puerto Rico. Morgan supo que no podría
tomarlo en serio. También la mirada mortal y burlona había emergido sobre la
sonrisa sencilla y cálida. Supo que Mike gozaría al dar la noticia a Huascar.  
—        ¿Por qué no? Lo acercará al colapso.
—        ¿Cómo lo ves tú?
—        Se controla, pero este es apenas su segundo día. Es muy pronto para
perder las esperanzas. ¿Trae una nota ese dedo?
—        No, pero trae un dibujo. Este dibujo.
Tosferino lo trazó con mano segura sobre el secante y Morgan vio al revés una
cabeza de rata. Tres trazos capturaban al repulsivo roedor con gran justicia.
—        No lo entiendo, Mike.
—        Tampoco yo. Pero allí está, para hablarnos de lo que nos interesa.
Tosferino dudó un instante. Luego, mirando fijamente a Morgan, preguntó:
—        Tengo autoridad para torturar a Margaret?
—        No.
—        ¿Para interrogar a Endara? Digo, a  mi modo.   
—        Todavía no.
—         El tiempo pasa y no progresamos.  
—        Progresamos, pero no se nota.
Morgan salió del despacho sin mirar a Tosferino. Una hora después, ambos
estarían cruzando la Cordillera Real para almorzar en Los Yungas. El Mosca había
aparecido y era necesario alcanzarlo antes de su segundo asesinato.
SIGUE
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