LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Martes - Segundo/4
Celedonio Martínez Carranza miró al cielo a través del parabrisas midiendo el
calibre del clima para apostar que podría llegar a La Paz antes de la medianoche.
Supo que perdería la apuesta porque no vio la luna, pero aceleró con renovado
ímpetu antes de meterse en el camino del millón de barrancos. La verdad era que
amaba este su oficio de conductor y que nadie había construido el camino que le
venciera.
—        Right.
Murmuró para sí mismo, empeñoso, pero el corazón se le hizo hielo media hora
después cuando un mariposón del tamaño de una golondrina salió del bosque y
pasó con un aleteo de vampiro ante sus mismas narices. "Taparaco", murmuró, y
se hizo la señal de la cruz sobre el pecho de tonel para defenderse de ese
maleficio. Si esta fuera su última noche, decidió, lo cogería haciendo lo posible por
cumplir con su deber.
El doble tracción devoró terreno durante horas y cuando la Cumbre apareció
lejana aún entre las nubes enormes que trepaban para saltar sobre ella como
inhaladas por una aspiradora titánica, una bala trazó un rayo perfecto en el
parabrisas al atravesarlo antes de hacer cisco el espejo retrovisor con un
chasquido leve.
—        Jefe, nos va lloviendo plomo.
—        Métete donde puedas, joder, y danos una chance de devolver las
atenciones.
Johnny Tancara parecía acoger la amenaza con un temperamento festivo. Endara
despertaba veloz de una modorra que le había facilitado el viaje y el Mosca apoyó
la mano en su rodilla sin saberlo. Tosferino estaba listo con su Colt M1911 .45 y
ofrecía su sonrisa burlona ante este desafío. Morgan suspiró fuerte y esperó
callado el final del incidente.
Celedonio vio una sombra en la selva que pudo haber sido una roca pero tuvo
suerte y resultó una ampliación caprichosa de la vía. Otra bala pegó en el costado
del coche como una pedrada y aún otra les desinfló una llanta con un gemir
asmático.
De rodillas tras una hoja gigante y negra, Tosferino buscaba a los perpetradores
de este cobarde ataque sin dejar de sonreír. También él amaba su oficio. Le
gustaba jugar sus naipes de modo tal que saliera ganando siempre. Inmóvil,
esperó.
Morgan saltó del coche y rebotó sobre su propio cuerpo haciendo un giro y
medio.  Quedó tendido y mojado entre las sombras. Endara decidió permanecer
donde estaba. El Mosca se encogió en sí mismo y pareció desaparecer bajo su
asiento. El mejicano mudo hizo aparecer un pistolón madre y lanzó una andanada
de susto contra la noche entera. Dos ojos de fuego pestañearon a cien pies de
distancia. Tosferino estiró el brazo, apuntó con cuidado y dejó ir una de sus .45.
Una subametralladora Beretta 9mm Modelo 12 hecha en el Brasil en 1984 y capaz
de poner el miedo de Dios en cualquier alma sensible le hizo un breve coro y el
doble tracción se estremeció bajo la lluvia de plomo. Tosferino envió dos píldoras
contra el sembrador de metralla. Tuvo la impresión de haberlo tocado porque el
tartamudeo se cortó a medio coro. Sin vacilar, Mike le envió otros cuatro plomos y
esperó un instante antes de recargar su arma. El silencio de la noche tropical
bendijo su buena suerte. Esperó otro poco antes de avanzar sin meterse en el
camino hasta donde viera los ojos de fuego. La selva olía a hediondez y
chamusquina, pero no sintió ninguna presencia extraña. Extrajo un cuchillo de
comando inglés de su bota izquierda y avanzó como gato escaldado sin notar que
aún sonreía. Resbaló en un agua helada, apoyó la mano a un costado para no
perder el equilibrio y puso esa mano sobre la boca abierta de un muerto reciente
que sintió tibio todavía. Tosferino quedó inmóvil. Apoyado en una mano y un pie,
se dejó caer silencioso sobre el barro hasta quedar tendido cuando largo era
junto al muerto. Gritó.
—        ¡Vámonos, que la jodimos!
Un animal asustado salió disparado un poco hacia la izquierda. Tosferino se puso
de pie de un salto y se fue tras él. Las ramas le cortaban la cara, pero corrió como
pantera. Eludió por un milímetro un tronco capaz de reventarle el cráneo y vio al
animal a un paso de distancia. Saltó como pantera y como pantera atrapó al
conejo humano con una mano en el pescuezo y la otra en la espalda. Rodaron
barranca abajo sin que soltara su presa pero la suerte se le acabó y sintió limpio
el chasquido del pescuezo que se quebraba. Tosferino quedó sentado en el agua
con otro muerto bajo el brazo. Escuchó el soplido esforzado con que su presa
entregaba el alma y quedó inmóvil,  mojado y sintiendo el agua que penetraba su
ropa interior. Lejos ya, escuchó otras ramas que alguien quebraba. Escupió.
Esperó otro poco y se puso de pie. Salió al camino arrastrando a su segundo
muerto por una pierna. Soltó el pie del difunto y caminó sin mucha prisa hasta el
coche ametrallado. Abrió la puerta izquierda y el hombre de Nueva Méjico se vino
abajo sin un ay*.
—        ¡Cómo hacerme esto, Celedonio!
No fue más que un murmullo. Tosferino cerraba así ocho años de amistad muda y
fiel servicio de uno de sus hombres que más apreciaba. Después de ponerle la
mano al pecho y enterarse de que esa sería la última aventura del mejicano
silencioso, Tosferino cargó con el hombre y no paró hasta tenerlo sentado al lado
derecho del coche. Sudaba cuando habló más para sí mismo que para Morgan,
que exprimía en silencio su camiseta.
—        Tengo dos. Uno está en el camino y el otro a diez metros de aquel naranjo.
—        Voy a traerlos.
Morgan se perdió en las sombras y Tosferino miró dentro del coche. Endara lo
miraba sin ocultar la impresión que ganaba al ver al guerrero tras un combate.
—        ¿Estás bien, huasquiri?
—        Bien, Mike, pero te agradecería un arma desde ahora.
—        ¿Sabrás manejarla?
—        Si voy contigo, creo que sólo será para impresionar a las gentes.
Tosferino escupió a un costado. Todo hubiera ido bien sino hubieran matado a mi
cuate, pensaba. Somos ya muy pocos. Esto me está resultando demasiado caro.
La noche le había puesto un gusto amargo en los labios.   
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