LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Martes - Segundo/3
Con las orejas de Ritber Centellas Ticona en un tazón de hojalata y como si fuera
un barbero corriendo para trabajar en un funeral, el conductor nuevo-mejicano
trotó mudo tras Morgan y Endara. Ambos conducían al desorejado cogiéndolo de
los brazos por un laberinto de callecitas empedradas y casi verticales hasta dar
con el Hospital Santa Madre de Dios bajo la aguda mirada de los buitres
aposentados en los techos de calamina.
Víctima ya del impacto físico y psicológico de la tortura que sufriera, el Mosca
babeaba liberalmente y se dejaba conducir moviéndose como un títere que ha
perdido algunas cuerdas, pero mirando bien despierto puertas y ventanas a lo
largo de su accidentada ruta. Una toalla que ya no merecía tal nombre le envolvía
la cabeza como si fuera una dama en el Flandes de hace tres siglos.
Al entrar al nosocomio se dieron con la sorpresa de la vida del Mosca al toparse
con un equipo médico listo y dispuesto para servir no sólo a un desorejado fuera
de la ley sino a un regimiento de caballería después de una carga ligera. Al menos
tres  médicos y seis enfermeras lo miraban desde detrás de sus máscaras azules
en el salón de entrada del edificio nuevo.
—        ¿Qué pasa aquí?
Endara, luchando por llenar de aire sus pulmones, se detuvo ante una monja
vascongada cuyos bigotes parecían precisar de los servicios del barbero nuevo-
mejicano. Una sonrisa dulce que no alcanzó a ocultar la mirada helada tras los
lentes gruesos y un gesto de oferta generosa con las manos subrayaron la
explicación.
—        Hemos sido notificados sobre la manifestación de esta tarde, y estamos
listos para cualquier emergencia, como es nuestro deber, señor…. ¿Señor?  
—         Endara. Huascar Endara.
—        Endara.
—        ¿Pueden ayudar a este hombre?
—        Aquí están las orejas.
El español del mejicano era gringo, sin duda, pero al provenir de ese rostro
inescrutable huido de una película mexicana de los 40 sorprendió un tanto a la
bigotuda.
—        ¿Orejas?  
—        Estas.
La monja miró dentro del tazón de hojalata y, cogiéndolo como si estuviera
caliente,  se lo pasó a un enmascarado del sexo opuesto.
—        Dr. Fajardo, le ruego hacer lo que pueda por este pobre hombre.
—        Si, Madrecita.
Fajardo hizo un gesto al Mosca, que le siguió con paso inseguro y se perdió tras
una puerta de madera, "Urgencias Médicas".
—        Yo pago los gastos, Madre.
Morgan se acercó a la mujer. Sin contestarle, la Madrecita de los bigotes le pasó
un formulario aparecido como por milagro entre sus manos y quedó inmóvil
mientras le ofrecía un lapicero. Morgan lo completó en un minuto. Miró a Endara,
sentado en una banqueta a tres metros de la entrada.
— ¿Qué le parece si tomamos un café?
Endara se puso de pie y se acercó al militar, pero no tuvo tiempo para contestar la
invitación. Una bala hizo trizas un vidrio de la puerta con gran estruendo y se
estrelló contra la pared como si fuera una mosca.
—        Ya comienza la cosa.
Una enfermera diminuta de grandes ojos de almendra los miró desde detrás de su
máscara.
—        Gracias a Madre Concepción, estamos listos.
—        ¿Listos para qué?
—        Para la marcha de los cocaleros.
Morgan y Endara cruzaron la callejuela a toda prisa y se metieron al negocio que
medraba frente al hospital. Les sirvieron dos tazones de un café negro que a
Endara la pareció delicioso. Mientras se lo bebían observaron la llegada de las
bajas del día.
La situación era sencilla: si el herido llevaba uniforme verde o azul y la cabeza
sangrante, era parte de la ley y el orden y alguien le había arruinado el día de un
garrotazo. Si la herida era de bala y la víctima era hombre, mujer o niño, había
luchado en defensa de su derecho de sembrar, cosechar y vender sus hojas de
coca y un francotirador o un policía le había encajado el plomo. De cuando en
cuando llegaba una víctima pálida como un muerto en brazos de sus compadres y
las enfermeras, tras un instante de vacilación, le tiraban un trapo azul encima.
Para cuando decidieron volver en busca del desorejado, Morgan y Endara dieron
la razón a Madre Concepción. Su previsión había salvado varias vidas, había
permitido un eficiente cosido y vendaje de variadas cabezas y un cura muy joven
se paseaba ese mismo momento de bulto en bulto moviendo un brazo como si
espantara moscas.
Con el Mosca portando sus orejas en una caja de plástico y caminando entre ellos
a paso vivo, Morgan y Endara se dirigieron a la plaza central de Coroico para
cruzarla y alcanzar su hotel. El aire húmedo y caliente olía a pólvora y sangre
nueva y las pancartas y carteles de trapo de los manifestantes yacían tirados
entre plantas, árboles y postes de alumbrado.
Agachados y mudos, los humildes y débiles miraban desde una esquina a los
uniformados, que ofrecían un sólido frente en otra esquina, protegidos por sus
escudos de plástico, cascos del mismo material y diferentes armas de fuego,
mudos y agachados.
Sentado entre ambos grupos en una banca de madera y apacible como si
observara una puesta de sol, Tosferino dejaba descansar su enorme .45 sobre su
pierna derecha. Un hilillo de humo que escapaba del cañón decía de la esforzada
labor ejecutada minutos antes. La paz de quien cumpliera con su deber dominaba
al coronel de aviación cuyo uniforme no parecía tan limpio ahora.
Sin mirarlo, Morgan continuó la marcha hasta el Hotel Carrasco. En la entrada se
volvió y ordenó al mejicano silencioso que se preparara para salir de inmediato.
—        Right.
Siete minutos más tarde, el hombre tenía el vehículo listo y preparado para iniciar
el retorno. Morgan hizo sentar atrás al Mosca, callado y pálido ahora, y todos se
ubicaron sin decir palabra. Salieron de Coroico veloces como si llevaran culpa,
pero Tosferino sonreía.
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