LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Martes - Segundo/2
Ritber Centellas no había tenido suerte en esta vida. Después de varios años de
inquietas mudanzas entre el Perú y su país, lo único que tenía para mostrar al
mundo era una casita de dos piezas, un patio y trece gallinas además de la
Candelaria, que era una chola más buena que un pan, más fea que el hambre y,
desde que ambos se juntaran, más callada que una piedra.
Capturado en su tina mientras tomaba su baño semanal, Ritber no había podido
ofrecer la menor resistencia. Tampoco lo hubiera intentado, acostumbrado como
estaba a pagar lo que se tuviera que pagar para pasar un par de semanas en
condiciones más aceptables de lo que las gentes creían antes de salir de la jaula
al mundo ancho y ajeno para intentar una nueva travesura.
Ritber era un pobre hombre pobre que dormía, como el Potosí, sobre una fortuna,
pero era una fortuna ajena. Había ido ocultando el diez por ciento de Mamón tras
cada operativo durante años y ahora disponía de fondos para sobrevivir largo
tiempo entre rejas. No que fuera barato: cada preso pagaba en dólares desde el
agua hasta el derecho de dormir solo en su colchón, y Ritber sabía cómo tratarse
bien. Pero confiaba en sus bolsas de lona enterradas por aquí y por allá y en la
fidelidad callada de la Candelaria.
Sentado en una silla de madera sucia pero robusta tras una reja de confesionario,
Centellas miraba sin mirarlo al comisario mientras Mamani se esmeraba en dar
mejor cara a su despacho, un cuarto de paredes de adobe y piso de cemento con
un teléfono, una máquina de escribir de 1928 y un cajón de madera con patas.
Sólo los magníficos desnudos de los almanaques hacían soportable una visita a la
comisaría. Mamani, prevenido sobre la llegada de los importantes personajes de
La Paz, barría con una escoba de chiste cada rincón, recogiendo el polvo y cosas
peores en una lata recortada.
—        A ver, vos: llama al comisario.
Mamani no pudo creer en sus oídos. Alguien lo confundía con su ayudante, el
Guapo Melgar. Sintiendo que el ají se le subía por el pecho, dejó la basura tras el
escritorio y se irguió en todo su metro y medio, al que retornó apenas puso la
vista en el que hablaba.
Hermoso en su uniforme de campaña y sólido como la bolsa de Wall Street, Mike
Tosferino, alias Johnny Tancara (tal vez era al revés) lo acosaba desde lo alto de
su burlona mirada. Exudaba salud y olía a Cerveza Centenario.
— Yo soy Mamani.
Mamani es cualquiera por esos pagos. Es un apellido tan común que muchos lo
identifican con la raza sometida. Ser un Mamani es, pues, ser un nadie.
—        Buenas tardes, Comisario Mamani.
Morgan, con su cálida voz y su mirada sin parpadeos, pareció más asequible al
comisario, que prefirió ignorar al ex piloto de guerra.
—        Buenas tardes. Para servirle.
—        Venimos a ver al detenido. ¿Es este el Mosca?
Ignorando aún al uniformado, Mamani miró directamente a Morgan al contestar a
Tosferino.
—         Este es.
Tosferino empujó la reja y se situó a un paso del preso. Centellas juntó las rodillas
sin poder contenerse. Miró al hombre que hablaba con acento gringo y se
encomendó a su patrón San Hildebrando.
—        ¿Te dicen Mosca a ti?  
Centellas vaciló un instante. Jamás había aceptado el mote y nadie se lo había
lanzado a la cara hasta este día.
—        Así dicen que me dicen.
—        ¿Sabes quién soy?
—        No. No tengo idea. Nunca lo vi antes, ¿verdad?
¿Estarían mandando gente desde Miami para comprar mercadería? Centellas lo
negó de inmediato. Soy un comerciante muy chico, yo, para llamar su atención,
pensaba.
—        Trabajo para el coronel Mostacedo Cuaquines en La Paz. Y vengo porque
necesito saber dos o tres cosas muy importantes.
—        Ah, pues, estoy a sus órdenes, señor. El Sr. coronel es amigo de mis
amigos, y será un placer servirlo.
—         Vamos por partes. ¿Te dicen Mosca?
—        Hay gente que así me menta, pero no son buena gente.
—        ¿Conoces a este caballero?
Centellas miró a Endara. Yo no trato con gente así, pensó. ¿Me conviene
conocerlo? No, pues que viene con este otro.
—        No Señor. No conozco a este señor.
—        ¿Has oído hablar de una señorita que se llama Isabel?
—        ¿Cuándo?
—        En estos días nomás. Será cosa de una semana.
—        No. No, señor. No lo creo. ¿Dónde podría ser?
—        En La Paz. En San Miguel.
—        Hace meses que no voy a La Paz.  Es mi corazón, que no está para esas
alturas.
—        Pues hay gente que te ha visto por allí.
—        ¡Imposible!
Tosferino avanzó un paso, cogió cada oreja de Centellas entre un pulgar y su
mano plana y dio dos golpes secos hasta tocar sus propias rodillas. Centellas
abrió mucho los ojos, sorprendido por la explosión. No alcanzó a entender lo que
había sucedido. Lo entendió al sentir un agua cálida corriéndole por el cogote y
ver las orejas en el piso. Chilló como loco. Tosferino aplicó un golpe leve con el
filo de la mano derecha en el cuello de su víctima y Centellas cortó sus gritos. Se
ahogaba.
—        Un poco de agua, comisario.
Mamani obedeció sin quitar los ojos del preso. Pasó el balde de los meados al
hombre de la sonrisa burlona. Nunca había visto una operación igual. Tosferino
vació el balde en la cara de Centellas. Tras varios segundos de suspenso, el
hombre volvió a respirar. No hablaba ya, sino que lloraba sin poder creer lo que le
había sucedido.
—        Margarita te manda sus saludos.
Centellas miró a Tosferino entre sus lágrimas. Al ver que el coronel movía las
manos lanzó un chillido de roedor. Tosferino se aquietó. Se forzó a esperar. Miró
a Morgan y Endara. Morgan lo miraba impasible y Endara, pálido, parecía
dispuesto a vomitar el almuerzo.
—        Este tipo es un mentiroso.
Nadie abrió la boca. Tosferino volvió a ocuparse del interrogatorio. Sonreía.
—        ¿Conoces a Margarita?
—        Si.
La voz era de un niño, pero clara y segura. Centellas tragó los mocos y decidió
salvar lo que pudiera. Decidió que el dolor vendría luego.
—        ¿Le diste una caja con un dedo humano?    
—        Si. Era para un hombre apellidado Tancara.
—        ¿Conoces a Tancara?
—        No. No lo conozco.
Tosferino hizo un gesto con la mano derecha y Centellas lanzó un grito.
—        Es verdad, pues. No lo conoces. Es verdad. Piensa bien ahora, y te dejo
tranquilo hasta la próxima. ¿Quién te dio ese dedo?
—        Paez.
—        Ah, diablos. Pero esto no acaba nunca. ¿Cuál Paez?
—        Paez, el del Ministerio. Dijo que había que entregar la caja a Tancara.
—        ¿Por qué te la dio?
—         Porque se lo ordenó su jefe.
—        ¿Su jefe?
—        Si, un hombre llamado Tosferino.
Tosferino abrió la boca por un instante, como para tragarse la sorpresa. Luego
cerró los puños pero antes de que pudiera usarlos escuchó la voz cortante de
Morgan.
—        ¿Qué? ¿Va a asesinarlo también?
—        Este puerco miente. Me miente, me miente, me miente. ¡Me miente!
—        Salga al patio, Mike. Y espéreme allí.
Sin decir palabra, Tosferino salió al patiecillo de la comisaría. Se mordía los
nudillos, furioso.
—        Mosca.
—        Diga, señor.
—        ¿Es verdad lo que nos has dicho?
—        Lo juro, señor.
—        Comisario, traiga algunas vendas, unos trapos, lo que tenga. Voy a llevar a
este hombre al hospital.
—        A su orden.
Endara salió al patio y buscó un rincón  para vomitar. No lo encontró y vació el
estómago a un paso de las botas del hombre que se golpeaba la cabeza contra la
pared.
SIGUE
INDICE