LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Martes - Tercero/3
Decidido a dejar el Gran Hotel París después de haber pasado dos noches en
blanco o tecleando como endemoniado, Huascar Endara Watson notificó a su
amigo James Morgan que pensaba visitar algunas viejas amistades y que tal vez
no convendría verlo parado en una esquina y bajo la pálida luz de un farol con su
impecable uniforme de unas gloriosas fuerzas armadas consideradas enemigas
por las masas de la gran ciudad.
—        No es que sean ustedes antipáticos, Jim. Es que son simplemente odiosos.
Y no faltaría alguien decidido a subrayar esa opinión con una navaja.
Morgan recibió la explicación de Endara con una de sus más cálidas sonrisas. Era
tan simpática que Endara la creyó turbadora. Tras  pensarlo por un momento,
Morgan se perdió durante media hora y retornó vestido casi como un jesuita.
—        Espero que no me obligue a pasar la noche entera bajo un farol.
Lo dijo sonriendo, de modo que Endara le tuvo lástima. Hasta un cura gringo
podía perder el cuello durante una mala noche.
—        Si me da una media hora en privado con mi amigo, puedo presentarlo
como un colega.
—        ¿Un colega jesuita?
—        ¿Por qué no? En estas cosas trabajan hasta budistas.
—         Trato hecho.
Huascar no veía razón para ocultar a Morgan ninguna de sus opiniones sobre su
tragedia. Tampoco veía riesgo alguno en establecer una conexión entre Morgan y
su amigo Tano Bignardi, nacido de nuevo como Jimmy Carter y dedicado a salvar
almas para Jesús el Cristo con tanto o mayor empeño.
—        Hace varios años pasé por una crisis feroz en mi vida. Vine a tomarme un
respiro y  mi amigo Bignardi intentó rescatarme para Cristo.
—        No lo logró, por cierto.
—        No, pero hizo todo lo que pudo y se merece mi gratitud eterna.
Endara explicaba la experiencia a Morgan mientras ambos trepaban la calle
Landaeta, dos o tres de cuyas cuadras son casi tan difíciles como los últimos
tramos del Everest, aún en compañía de Tenzing Norgay.
—        Oraron por mí todos, Tano y su familia, que es ejemplar y maravillosa. Ya
los verá usted, implorando un milagro que me abriera los ojos del alma, pero yo
estaba más interesado en estudiar su técnica que en salvarme…
—        ¿Cómo es eso?
—        Bueno, ellos también aprenden a salvar a los afortunados que saben
escucharlos. No es cosa de improvisar nada. Cuando Tano habla con Dios,
parece que Dios estuviera tras la cortina de la sala de estar, pero cuando moví la
cortina no había nadie. Quiero decir que… Que en realidad no me interesa
salvarme. Lo que me interesa es saber  por qué es como es este mundo.
—        Yo pienso que es una pérdida de tiempo.  
—        ¿Qué es una pérdida de tiempo?
—         Todo ese asunto. Creo que nada queda cuando morimos. Ni siquiera la
memoria de que alguna vez fuimos materia.
—        Pues yo no. Hubo un día, cuando era muy joven, en que pude haberme
hecho sacerdote católico. Pero mis futuros colegas me arruinaron el plan con su
fanatismo.  Ahora sé que, más que creer, quiero saber…  Soy un intelectual de fin
de semana a ultranza.
—        Si me diera por intentar creer, lo primero que haría sería averiguar si existe
en mí la voluntad de creer. Si existiera, las cosas serían harto fáciles.
—        Bueno, yo no creo que Dios existe, Jim. Yo sé que existe.
—        Lo cual hace más difícil el asunto, ¿verdad?
—        ¡Hola, Tano! Este es mi amigo y colega Jim Morgan. Ambos estamos en el
negocio este de las computadoras.
—        Pasen, pasen. ¡Qué gusto me da verte otra vez, Huascar! Creí que nunca
volvería a verte.
Volviéndose por un momento antes de entrar, Huascar miró la calle Landaeta
desde esas alturas y la pareció increíble el haberla vencido casi sin darse cuenta
de su hazaña.
—        Estoy aquí porque me han robado a mi hija Isabela.
Lo había dicho sin pensarlo y porque el esfuerzo de controlar sus terrores se
debilitaba en presencia de su amigo. Dio un mal paso y hubiera caído entre las
sombras de la escalera si ambos hombres no lo cogían por los brazos. Morgan
sonreía su irresistible sonrisa y Tano miraba alarmado a Huascar, sin entender lo
que acababa de escuchar. Avanzaron en silencio durante doce escalones en dos
tramos y pararon ante la puerta abierta del departamento. Tano observó que
Huascar lloraba. Morgan, molesto tal vez con la escena, esquivaba la mirada.
—        ¡Luisa, ya estamos aquí!  
—        ¡Bienvenido, Huascar!
Una madre rubia y muy delgada de grandes lentes transparentes lo abrazó
mientras dos ángeles rubensianos de dorada cabellera se le colgaban de los
pantalones. La combinación de una triste sonrisa de conejo con sus grandes
lágrimas sobre cada mejilla era, en cierto modo, absurda, pero todos parecieron
ignorarla. Avanzaron a tropezones hasta el sofá y Huascar se dejó caer sobre él.
Lo miraron por un instante como si hubiera sufrido un ataque cardíaco. Luego,
Luisa rescató el momento.
—        No deberías caminar tanto apenas llegas a esta ciudad.
—        No, dijo que le han robado a Isabela.
Huascar miró a sus amigos, se encontró con la mirada clara y cálida de los dos
niños que le miraban con grande cariño y se dejó abrazar por su amigo Tano
Bignardi para llorar por fin con libertad la pérdida de su única hija.
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