LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Martes - Tercero/2
Johnny Tancara, alias Mike Tosferino, tomó del brazo a su antiguo compañero de
estudios, Huascar Endara Watson, y lo metió sin muchos tapujos en un hermano
gemelo del doble tracción que habían perdido en la noche yungueña asesinado
por una ametralladora brasileña, como luego vinieron a saber.
Tosferino vestía su disfraz de gringo militar disfrazado de gringo militar de
vacaciones y Huascar continuaba usando su terno azul casi sin estrenar. El día se
le hizo horrible cuando vio que Tosferino le ofrecía como si no lo deseara otra caja
negra.
—        ¿Otro dedo?
—        Así es. Llegó hace varias horas. Pero, a juzgar por la calma con que tomas
las cosas, diría que tienes más cojones que cualquier burócrata rutinario.
—         ¿Para qué me serviría dejarles ver que me estoy muriendo de angustia?
Tosferino clavó la mirada en los ojos del hombre y creyó ver la verdad de sus
palabras. El hombre se moría por dentro. Tal vez no necesitaría mucho más
tiempo para decir lo que debía decir.
—        ¿Crees que soy yo mismo, que me estoy enviando paquetes día por
medio?
—        No se qué creer, Mike. ¿De qué te puede servir esta broma obscena?
—        No soy yo, huasquiri. No soy yo. Alguien nos está apretando las cachinas y
no puedo avanzar un paso.
Endara abrió la caja y vio un dedo diminuto y blanco con la uña pintada de un rojo
muy vivo. Demasiado vivo, pensó, para Isabela. Ella jamás elegiría este tono. Ella
jamás… Un intenso deseo de llorar a gritos pareció dominarle por un momento.
Cerró los ojos y los puños y se empeñó en no pensar en nada. Un barquinazo del
vehículo le ayudó a tragar la saliva.
—        ¿No sabes nada ni nada recuerdas que pueda ayudarnos?
Tosferino lo miraba con la curiosidad fría del sabueso profesional. Todo consistía
en no perder la pista. Pero antes había que hallarla. Tosferino no tenía ninguna,
por lo visto. Huascar metió la caja en un bolsillo del saco.
— ¿Qué puedo saber yo de este juego infernal?
—        Vamos a sacarle las verdades al Mosca ese, huasquiri, antes de que
alguien nos haga el señalado servicio de devolverlo a su Creador.
Huascar extrajo la computadora de su estuche de cuero y se puso a escribir de
prisa casi sin mirar el teclado.
— ¿Qué haces con eso?
—        Me gano la vida. Si no fuera por esta máquina no hubiera podido venir. Y
además, me volvería loco. Lo que hago ahora permitirá elegir zanahorias del
mismo tamaño en una planta envasadora de la Florida. Son doce mil dólares que
me gano en seis días.
—        Aj, huasquiri. ¿Así combates tus miedos?
—        ¿Conoces otro modo mejor?
Callados, miraron pasar la ciudad ante las ventanillas. La Paz zumbaba de
actividad bajo un sol dorado y frío. Un camión enorme se metió a buena velocidad
en la vitrina de una tienda de televisores. El doble tracción logró esquivar al gentío
que se agitaba ya alrededor del accidente y siguió su ruta. Tras dar dos o tres
vueltas que Endara no entendió, el coche apareció en la Plaza de San Pedro.
—        ¿Lo trajiste acá?
—        ¿Yo? No. Fue Morgan, que lo envió antes de que yo pudiera decir nada.
Apenas tocó el chofer la bocina por segunda vez, la puerta de metal se abrió para
dejarles paso hasta un patio sucio y feo que identificaba el penal con sus iguales
del mundo todo. Como buen panóptico, permitía una visión general de todo su
contenido desde una torre que parecía robada de un juego de ajedrez.
Construida para alojar presos cuando el mundo era inocente, San Pedro es la
cárcel preferida de todo reo porque comparada con Chonchocoro o Palmasola
parece una colonia de vacaciones. Sucio hasta lo increíble, húmedo y helado, el
edificio tiene mucho de cueva y de prisión medieval, pero sus habitantes son, con
excepciones, todavía miembros de la especie. Además, San Pedro está en el
centro mismo de la ciudad. Pocos son los asesinos que la habitan. Más son los
estafadores, los políticos sin suerte, los delincuentes con menos suerte y aquellos
a los que la taba les dio el culo.
—        Sapo, ¿cómo van las cosas?
—        Así nomás, mi jefe.
A no ser por las dimensiones, el alias le caía perfecto. El hombre, bajo y redondo,
sostenía entre sus hombros redondos la cara redonda de un sapo verde en el
acto de cantar su serenata y miraba a Tosferino y su acompañante como si fueran
moscas sobre una fruta.
—        Este tipo se comió a su mujer con un ají de papas. Es batracófago*,
además.
Tosferino parecía sentir una sincera simpatía por el caníbal. Endara no pudo
ocultar una mirada de  aprehensión.
—        Me engañaba, jefe. Me engañaba.
—        ¿No pudiste pensar en un divorcio?
—        Esas cosas no son para gente humilde como nosotros, pues.
—        Anda, Sapo pendejo. Di la verdad: a ti te gusta comer gente, ¿no?
—        No me diga esas cosas pues, mi jefe.
Endara creyó ver una sombra de extraño pudor que turbaba la mirada del sapo
comedor de gente. También el verde de su piel se había alterado.
—        Anda con Dios, Sapo.
—        Gracias, jefe. Tenga un buen día, señor.
El Sapo se dirigía a Endara. Huascar encontró los ojos del hombre y creyó leer en
ellos un apetito extraño. Bajó la vista y metió la computadora en su estuche con
gran cuidado.
Tosferino sonreía. Dio la vuelta en redondo y se metió en  un callejón.
—        ¿Vienes, Huascar?
—         Adiós, Sapo. Suerte.
Endara caminó tras el militar metiéndose en un túnel helado. Cada dos pasos
encontraban una reja que les llegaba a la rodilla. A no ser por la humedad y las
sombras, parecían estar en una perrera.
—        Los españoles inventaron este lugar hace cuatrocientos años, huasquiri.
Hay un huésped tras cada reja.
—        No veo razón alguna para meter al Mosca aquí.  
—        Tampoco yo, pero así están las cosas. Hace muchos días ya que me
levanto por el lado equivocado de la cama.
—        Buenas, Don.
—        ¿Cómo te va, Sarna?
—        Me va muy mal, Don.
—        No me digas que…
—        No sé cómo, pero así es. Nunca antes vi cosa igual, Don.
—        Sarna, voy a perder el poco buen humor que me queda… Todo me va
saliendo mal desde hace días.  
—        Imagínese como estaré yo, Don. Con esto, no paro hasta Chonchocoro.
—        ¿Quién lo mató?
—        No es para tanto, Don. No lo tome usté así.
—        ¿Pero, entonces?
—        Se ha ido.
—        ¿Cómo… se ha ido?
—        No está. Puf. Pau. Ido. Ido para siempre. Ido.
—        ¿Estás borracho, Sarna?
—        Ya quisiera yo, Don. Pero no. Mire usté.
Mike metió la cabeza por la reja de una perrera y la sacó al instante. Huascar miró
dentro y descubrió que en verdad tenía las dimensiones de una perrera. Le fue
fácil porque la vio vacía.
—        ¿Qué pasa?
—        El Mosca se fue volando. Nada más natural.
Mike escupió con furia.
—        Vas a tener que acordarte de algo, Sarna.
El Sarna agachó la cabeza y palideció. Sabía el precio de su descuido.
* batracófago = comesapos
SIGUE
INDICE