LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Martes - Cuarto/3
Una de las calles más interesantes de La Paz es la Goitia, porque en ese callejón
oscuro existe una antigua mansión cuyo antiguo cuarto de herramientas para el
jardín es hoy refugio de los intelectuales y artistas de mayor prestigio local que se
reúnen allí cada jueves para no helarse de frío y para recitar sus poemas, cantar
sus canciones o leer su abundante prosa, según sea el caso.
Este refugio, que ha tomado el nombre de Avesol, se compone de dos dedales
por piezas en las que se han sembrado varias sillas diminutas y algunas mesas
para muñecas, se ha colocado un bar que sólo permite apoyar un codo y se ha
dispuesto todo de manera tal que fuerza a una camaradería que mata los riñones.
Sentados sobre una sola nalga y asomando la cabeza entre las rodillas, muchos
poetas han conquistado la gloria allí entre agudos calambres y patadas
automáticas disparadas por humanidades comprimidas más de lo prudente. Esta
es, después de todo, una experiencia singular que debe ser vivida para entender
su popularidad, razón por la que es parte de varios paquetes turísticos.
Una costumbre que nadie entiende pero que se ha implantado sin provocar
rebeldías es la de comenzar fiestas, saraos, sesiones culturales, misas negras y
recitales no antes de la medianoche, con lo que se hace obligatoria otra, que
consiste en no retornar a casa sino después del amanecer, usos ambos de cuya
invención acusan algunos despistados a los fabricantes de api morado hecho de
maíz, un líquido que se bebe hirviendo, y a los panaderos que hacen llauchas,
que no son ratas sino empanadas de queso caliente, cuyo consumo debe
cumplirse en una plaza pública al salir el sol y nunca antes porque así lo manda la
tradición.
Esta información es generalmente gratuita y es más útil para quienes nunca han
pensando en visitar el Avesol ni ningún otro rincón del país porque al leerla aquí
pueden mentir luego y decir que estuvieron alguna vez en el Avesol. Esta es la
causa profunda de los paquetes de turismo que asfixian el planeta: todo el mundo
hace lo mismo y dice que "estuvo allí" de París cuando no hizo otra cosa que
cruzar la ciudad a toda prisa en un ómnibus de doble cubierta; no todos los dones
de la democracia son bendiciones.
Se han dedicado estos segundos a perder el tiempo del distinguido público
porque, pasadas ya las doce de la noche y con un frío hórrido capaz de matar a
cualquier bípedo parlante, los propietarios del Avesol no han llegado todavía para
abrir las ínfimas puertas del local. Hay ya una veintena de parroquianos que
rechinan los dientes y se golpean las rodillas para alentar la circulación mientras
ruegan que las tales puertas se les abran antes que las del cielo. Oportuno como
siempre, Huascar Endara Watson invitó a sus amigos a ver a sus antiguos amigos
del Avesol esta noche misma, y he aquí que todos los presentes se congelan
democráticamente mientras mencionan a la inocente madre del propietario del
local que nos ocupa.
—        Ya tengo varios amigos trabajando de día y de noche para ayudarme, y me
duele no poder darles más detalles, pero en boca cerrada no entran moscas.
—        Ni frío. Tienes toda la razón del mundo. ¿Cómo piensas usarnos a
nosotros?
—        Bueno, lo pones de una manera que me avergüenza.
—        No es para menos, y la necesidad tiene cara de hereje. Cuanto más pronto
pongas las cartas sobre la mesa será mejor para todos, especialmente para ti.
—        Claro, con ayuda de nuestro Señor.
—        Claro.
—        Claro.
—        Claro.
—        Bueno, ustedes podrían ayudarme ahora en ese mundillo que me es
negado, el del Atlas y sus colegas, Chonchocoro. Sobre todo tú, Jorge.
—        Por supuesto, Huascar. Pero debes entender que los reos son hoy
hermanos nuestros en Jesús el Cristo. Yo sé que tú los viste antes, cuando
torturaban ancianos, presos políticos y criaturas, pero ahora es diferente: se han
convertido y se esfuerzan por salvarse y salvar el alma de sus hermanos de
prisión.
—        ¿No son doce, por casualidad?  
—        Eran 23, pero mataron a algunos desde los tiempos de García Massa.
Quiero decir, se mataron entre ellos.
—        ¿Antes o después de su conversión?
—        Antes, pues. A veces parece que te burlas.
—        La cuestión es: ¿Cuánto se puede creer en conversos así?
—        Ya veo como van las cosas. Yo me voy. Buenas noches, y Dios los
bendiga.
—        No, no, Jorge. ¡No te ofendas, hombre! Ponte en lugar de Huascar… ¿Qué
harías tú en su lugar?
—        No puedo estar en su lugar. Soy célibe, yo.
—        No, quiero decir…
—        Ya sé lo que quieres decir, pero Huascar es… difícil.
Una mujer fatal de maravillosas dimensiones cruzó en medio de los amigos y dejó
deslizar una mirada violeta sobre sus rostros envueltos en oscuras chalinas antes
de dejar escapar un suspiro que pareció un clavel hirviente tras el cual todos
desearon lanzarse antes de que se hiciera aire gélido.
—        ¿Huascar?  
—        ¿Justina?
La sola presencia de esta tentación en dos piernas perfectas demostró las
ventajas del periodismo como oficio frente a las demás ocupaciones allí presentes,
y los amigos de Huascar lo miraron por un instante con infinita envidia.
—        ¡Huascar!
—        ¡Justina!
Las puertas del Avesol se abrieron en ese instante y Huascar empujó al ángel
tentador delante suyo con la egoísta ambición de conquistar una buena mesa
antes que los demás intelectuales que invadían los dedales como fanáticos del
Bolívar en el Estadio Siles.
—          Esa  mujer es Justina del Solar. Era esposa de Rodrigo Villamor. ¿La
recuerdan ustedes?   
—         ¿Ja?
Bignardi, sin duda el hombre de más mundo entre los presentes, apelaba una vez
más a su privilegiada memoria y a su eterna necesidad de enterarse de cualquier
chisme que aflorara entre la sociedad local. Recordaba a Justina del Solar como
lo que era, una asesina.
—        Mató a su marido.
—        ¿Y qué hace aquí?
—        Vino a escuchar a Azul Azul y Fabio Zambrana, como todos.
—        No, vino a ver a Huascar. Esto es una trampa.
—        Dichoso tú, que tienes la imaginación caliente…
—        Lo engañaba, y cuando fue a sorprenderla, ella lo mató de tres tiros a
través de la puerta. Lo recuerdo como si fuera ayer.
—        ¿No te equivocas?
—        No puede ser… Todos los que la conocen saben esa historia.
—        ¿Quieres decir que es cosa pública?
—        Si… Ella lo cuenta cada vez que le viene en gana.
Los amigos de Huascar cayeron en un pesado silencio. De algún modo perverso,
la terrible información hacía aún más seductora a la hembra magnifica. Miraron,
pues, y vivieron de mirar mientras Huascar y la mujer de ojos violeta hablaban
oreja contra oreja con un vaso de vino barato de por medio. Lamentablemente,
esa también fue una conversación reservada.
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