LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Martes - Cuarto/2
Una de las calles más interesantes de La Paz es la Honda, que tiene un nombre
oficial pero todos la llaman la Honda porque en verdad es honda y cuando llueve
mucha gente gusta de visitarla para jugar allí a los buzos: con agua de lluvia, es
una poza de unos seis metros de profundidad. Cuando no llueve es una callejuela
sin sol en la que laboran unas dos docenas de comerciantes dedicados a mercar
diversos artículos, entre los cuales las alfombras persas hechas en Chile y las
Smith Wesson hechas en USA ocupan un lugar de honor.
De noche, la Honda es ideal para meterse en honduras porque tiene dos o tres
locales oscuros donde hay varias mujeres guapas que hacen el strip tease por
perder el tiempo porque, como nadie las ve, nadie las quiere. Para hacerse
querer deben hacer otras cosas y es entonces cuando comienzan las honduras.
Honduras que son, claro, del gusto de hombres hechos y torcidos como el
Coronel Faustino Mostacedo Cuaquines, a quien es posible encontrar en el
Moulin Noir, el más peligroso de esos locales, a partir de casi cada medianoche.
Esa medianoche, el hombre de un ojo azul y el otro azulado (y no como otros, que
los tienen uno azul y el otro a su lado, como dice Tinino) esperaba con la
paciencia y la inmovilidad de un cacique centenario la llegada de información
sobre el tesoro que había puesto en emergencia a todos los sectores en que
Mostacedo medraba y que nadie podía encontrar.
En la esperanza de conseguir una cena decente, Luzmila Boato se paseaba con
sus aires de trasatlántico por la oscuridad casi total del salón provocando
encuentros blandos con aquellos caballeros a los que no había llegado a conocer
aún cuando reconoció un pellizco ambicioso allí donde la espalda pierde su buen
nombre.
—          Paez.
—        ¿Cómo te va, monada?
—        No me va ni me viene. ¿Ya cenaste?
—        Pues… Si.
—        Hoy no es mi noche. ¿O será que me estoy poniendo vieja?
—         No me metas en honduras, Luzmila.
En ese momento se dio un accidente de los tan comunes en esta urbe y una cruel
luz blanca estalló en varios bombillos, convirtiéndolo todo en un escenario
eléctrico y sobrenatural. Un mar de gemidos y suspiros de temor dominó la
atmósfera mientras los presentes trataban de cubrirse el rostro con sus servilletas
oscuras. Un instante después retornaron las tiniebla, pero ya el daño estaba
hecho. Varios parlantes comunicaron al distinguido público el pesar del
administrador por el inesperado evento, pero la voz se perdió bajo el rumor de
varias trifulcas a arma blanca que costaron dos mesas y siete sillas.
Paez, fumando por el costado de la boca, miraba casi sin ver la trifulca más
cercana.
—        Lo que son las cosas. Siete años que lo buscaba, y viene a encontrarlo en
la mesa vecina.
—        No te metas en lo que no te importa, digo yo.
—        ¿Jefe?
—        ¿Me traes lo que quiero?
—        Sé todo, menos lo que usted necesita.
—        ¿Me fallaste otra vez?  
—        Sólo una bruja pudo haberlo hecho.
—        Dime.
—        Mi coronel Tosferino cortó el primer dedo y me lo trajo para que se lo
enviara por una ruta caprichosa a un hombre llamado Tancara.
—         Que es él mismo, tontín.
—        Ahora lo sé, pero antes no lo sabía. El dedo es de la hija de un hombre
que vive en Washington llamado Endara. La idea, digo yo, era la de obligarlo a
venirse para estas tierras.
—        ¿Por qué? ¿Para qué?
—        Algo sabe sobre el tesoro.
—        ¿Cómo lo sabes?
—        No lo sé. Lo adivino.
—         Me basta. ¿Qué más?
—        Endara no es necesario para todos. Don Grover envió al Kiko y al Koko a
liquidarlo sin piedad, pero mi coronel Tosferino mató al Kiko y a un secuaz y dejó
cojo al Koko.
—        Yo pensé que la idea era matar a Mike.
—        Pues ahí tiene usted. Para lo que le vale confiarse. Tuve que dejar tullido
al Koko para enterarme.
—        No todo ha de ser un lecho de rosas, ¿eh?
—        Jefe… ¿Es verdad que Loayza…? ¿Mi coronel Loayza…?
—        Es verdad. Lo encontró Mike. Hubieras visto la que se armó.
—        ¿… y quién, si se puede saber…?
—        Tú no deberías saberlo, pero como nadie lo sabe, voy a decirte lo que sé.
No se sabe quien.
—        Ah, que raro, ¿no?
—        ¿Raro? ¿Por qué… raro?
—         En este país, cuando matamos a alguien, siempre sabemos quien lo mata.
A veces cuesta saber quien era el muerto porque lo dejan hecho una miseria…
¿Pero, el que mata? Siempre hemos sabido quien mata... Primera vez en treinta y
dos años de servicio que escucho algo así…
—        ¿Cómo… Algo así?
—        Un asesinato en que no se sabe quien es el asesino. La cosa más rara del
mundo.
—        Pues las novelas de misterio del mundo entero se han construido sobre
ese principio. Yo lo sé. He leído tres.
—        Será como usted dice, pero entre nosotros no son así las cosas.
—        Es porque somos un país atrasado. ¿Por qué dices tantas tonterías?
—        No me haga caso, jefe. ¿Qué le parece un chuflay  para comenzar bien la
noche?
—        ¿Quién paga?
—        Yo, pues jefe. ¿Quién ha de ser, sino?  
—        Bueno… Si es tu voluntad.
—        …..
—        Dime… ¿Cómo fue que dijiste lo que dijiste?
—        ¿Dije cuando, jefe?
—        Ahora mismo.
—        Pues... Le estaba invitando un chuflay…
—        No, hombre. Antes de eso.
—        ¿Sobre mi coronel Loayza?
Hecho de susurros, este diálogo de alto nivel técnico se esfumó entre otros
susurros sobre asaltos, golpes de mano, incendios, robos nocturnos y, en fin,
varios aspectos de la misma industria, con lo que se perdió para todos, menos
para los interesados.    


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Chuflay - Pisco con Seven
Up. Respetado mientras
duró la calidad del pisco.
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