Su Opinión
Manfredo ha Muerto
Arturo
Sus Libros
Así como Goni murió para la política boliviana después de los crímenes por los que la
justicia boliviana jamas podrá juzgarlo, así ha muerto Manfredo para Cochabamba y el
país todo.
La violencia y los muertos de hace unos días llevan su firma, y en ello concuerdan
hasta sus mejores amigos. Quiso gobernar como gobernara Urriolagoitia pero el país
ya no acepta tiranos ni tiranuelos.
Cochabamba lo desterró y Manfredo no tiene pantalones para causar mas violencia,
no los tiene para aceptar con hidalguía su crimen (pues no fue un error) ni menos para
pensar en los amigos que abandonó tras su fuga.
Pasará el resto de sus días en Santa Cruz hasta que los cívicos se aburran con él y
optará entonces por el exilio dorado, siguiendo a tantas figuras malignas de nuestro
pasado.
Para Cochabamba, Manfredo ha muerto. Su retorno al Valle es garantía de violencia.
Feroz favor hizo a sus gobernados con dos bombas de gas y un ejército de
mercenarios pagados con dineros del estado. Otro servicio hizo al país sin desearlo,
sin embargo, y desenmascaró al principal enemigo de Bolivia, un racismo feroz y
salvaje que fue la explicación verdadera de la lucha entre cochabambinos con
invitados llegados desde SRZ.
Sin Manfredo y su trasnochada politiquería devuelta al país tras muchas décadas, los
bolivianos no verían hoy en los sucesos de Cochabamba el rostro desnudo del vicio
que todos llevamos encima, un racismo que nada tiene que envidiar a la Alemania nazi,
a la Sudáfrica del apartheid ni al actual Irak.
Circulan por allí mensajes firmados por abogados, doctores, politiqueros y señoritas de
sociedad que condenan a los cocaleros por haber “destruido” los jardines de la ciudad
y por haber “manchado” la ciudad misma al “invadirla”. Tales mensajes son
monumentos a nuestra educación, tan superficial y escasa siempre, a nuestros
prejuicios, tan abundantes y variados, tan estúpidos y bárbaros, tan dueños del alma y
la voluntad de gentes acostumbradas a dirimir sus discusiones con sangre y crueldad.
Manfredo hizo otro servicio al país, aunque ni se lo soñó. Le ha hecho ver que la
verdadera barbarie vive en nuestras ciudades, se lava el cuello y se perfuma los
sobacos. No viene de un pasado de miseria y hambre en las minas, no nace de la
pobreza y las enfermedades del “campo”, sino de la desesperación por conservar los
privilegios ínfimos que dan una cara blanca y un auto de segunda mano. Nace de la
pobreza disfrazada en la urbe y de la ignorancia ocultada bajo los trapos de la moda.
Un pueblo por siempre pobre está dispuesto a matar antes que a poner en riesgo sus
diminutas y absurdas ventajas de “clase media”.
No recuerda ahora que come porque su pan viene del campo, que baila porque la
música le viene del campo, que habla y dice tantos disparates porque piensa en un
idioma y maldice en otro, se olvida de que durante demasiados siglos la ciudad vive y
ha vivido del campo y de que el campo puede asfixiar a la ciudad.
Pero, allí están las cifras, recogidas antes de que fueran manipuladas: setenta
cocaleros heridos contra cinco jóvenes “demócratas” heridos también. Y allí están las
heridas. De bala los cocaleros, de palo sus “enemigos”. Pero claro, ese fue solo un
primer encuentro. Ahora ya se sabe como serán los siguientes.
Manfredo hizo otro favor más, y sin desearlo, cuando provocó la idea de Evo de acudir
a referendos en busca de soluciones que reduzcan la sangre por verterse. Sus
enemigos y los que ven en Evo a un Fidel andino y un revolucionario sanguinario
encuentran en el primer Presidente indio del país a un reformador dispuesto a casi
todo para conservar una paz nada estable.
Con los referendos, Evo nos dice que está dispuesto a continuar los inanes juegos
políticos a los que nos condena una Constitución escrita por los enemigos eternos del
pueblo, esa Constitución que Evo quiere pero no puede cambiar.
Con esa mala idea sobre referendos, Evo trata de ignorar un hecho que Cochabamba
demostró y que todos conocíamos pero también queremos negar. La continuación de
un año perdido en indignos juegos politiqueros, en insulsas discusiones sobre tercios,
mandatos, “ismos” y otros absurdos se librará desde ahora no ya en un Congreso que
malvive y apenas funciona mal o en una Constituyente que ha fracasado ya, sino en
las calles, las plazas, el campo y la ciudad.
Evo el reformista será empujado ahora a zonas que nunca quiso considerar, esas
zonas de que hablan los indios extremistas por radio y por el Internet, esos tiempos en
que las calles se convierten en callejones sin ley y la violencia se hace silente pero
constante.
Parece también que en Cochabamba se ha dado un fenómeno nuevo que
desenmascara la enemistad entre la prensa y el pueblo. Por razones opuestas y
diferentes, los periodistas aparecen hoy como enemigos del pueblo. No los ejecutivos
de los “grandes” medios de prensa, claro, para los que se han hecho los clubes
sociales. De ellos no conocemos ni la cara ni el sueldo. Los que pagan con sus heridas
y sus costillas un periodismo dedicado a producir mentiras cada día y ofrecer volantes
de propaganda en lugar de noticias objetivas son los asalariados, los que arriesgan el
cuero por llevar un pan a sus hijos, tal y como sucede con tantos otros oficios. A esos
los conoce el pueblo pero no les perdona el pecado de trabajar para semejantes
patrones. ¿Es que el pueblo se equivoca?
Pero que Manfredo ha muerto es un hecho. ¿Dónde estará Pepelucho?
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Ene 07