Su Opinión
El mal moral de Vargas Llosa
Arturo
Sus Libros

El primer indicio de esta mal apareció cuando Marito decidiera escribir retratos brillantes de
seres humanos reales y añadirles o quitarles varias características, debilidades o fortalezas,
logrando variaciones que de algún modo lastimaran profunda e íntimamente a los modelos
de tales retratos.
Son efectos que dejan extrañados también a algunos lectores capaces de identificar a los
retratos con sus originales y de entender que este es un modo nada noble de usar un
talento que diera Dios a Marito para agredir, castigar, premiar o lacerar a quienes alguna
vez amaran a Marito, le despreciaran, lo pegaran, besaran o, simplemente, tuvieran la mala
fortuna de conocerlo en persona sin lograr su perenne simpatía.
Lo que debe ser terrible para esa galería de originales de tales retratos es que, cuando
propios o extraños descubren la relación entre retrato y retratado para después lanzar dos
o tres preguntas sobre alguna verdad íntima que el retratado guarda sobre Marito, tal
retratado se encuentra con que no puede defenderse contra la prosa privilegiada pero
mentirosa del famoso novelista. Es una situación similar a un libelo que no puede
desmentirse. Es como ser acusado de un crimen sin aparente crimen ni acusador.
Ese insulto vestido de arte que Marito aplica a personas reales al convertirlos en
personajes es un golpe bajo que aplica este talento enfermo, una agresión moral contra la
que su víctima mal puede defenderse ante millones, un traicionero ataque que deja un pozo
de amargura y queda como un sucio secreto entre ese escritor y cada víctima.
La impunidad con que Marito cometió estos crímenes blancos hasta convertirse en Mario le
ha permitido inventar un pequeño universo poblado de personajes no muy respetables
basados e n personas honorables y dignas cuya dignidad y honorabilidad han sido
machucadas por Marito entre líneas y también en muchas líneas sin que nadie pudiera
ponerlo en su lugar, digamos, mediante un par de bofetadas. Cerca estuvo, sin embargo,
de tal instante cuando lanzó sus dislates en Colombia no ha mucho.
Impune como ha vivido gran parte de su vida tras elegir el sendero de los "ganadores", este
escritor ya viejo ha logrado en más de un sentido un milagro al revés: irrigando su audacia
con el forzado silencio de sus víctimas y el tonto prejuicio de que la palabra impresa es casi
la de Dios para las gentes buenas, seguro de que nadie podría a subir a sus "alturas"
literarias para señalarle sus bajezas, decidió no sólo difamar o disminuir "novelísticamente"
y con gran arte a quienes le cayeran mal, sino aplicar el mismo tratamiento a pueblos
enteros, enormes trozos de geografía, poblados y naciones que, ya lo decimos, no vienen a
resultar lo que su paladar político le exige.
De ese modo, las falsificaciones que hace con finalidades políticas en su ficción han
engañado a millones de personas que aún hoy creen, por ejemplo, que el Perú "de verdad"
es el Perú de Vargas Llosa, la guerra contra Sendero Luminoso fue lo que Vargas Llosa
escribe, La trayectoria de los pueblos americanos (y no sólo ellos) en lucha por su vida y
libertad es el absurdo que Vargas Llosa pinta cada vez que hace de periodista. Esto es, se
tragan como realidades sus ficciones en homenaje ciego al artista y a la estupidez humana.
Los lectores del mundo ancho y ajeno olvidan, cegados por una fama de anotador de
ficciones bien merecida, que el Perú "de verdad " dio un puntapié político de proporciones
históricas a ese su mal hijo, al que conoció y reconoció bien antes de rechazarlo, y que
todo lector de cierta educación y sin conciencia estragada que conoce América Latina ve
en Vargas Llosa un peligroso enfermo moral cuyas cumbres literarias hacen olvidar a
millones que no escribe más que ficción, es decir, mentiras.
Una variación del mal moral que aqueja a Marito se llama en Bolivia, lugar que le
amamantara con la misma generosidad con que acoge a Nazis y curas pederastas,
olañetismo. Viene ese nombre de un letrado mestizo de Chuquisaca que odiaba su propio
mestizaje, odiaba al pueblo de cobre de sus abuelos, odiaba la sangre que corría por sus
venas (sangre de herejes y bárbaros para él) y la cara morena que el buen Dios le diera.
No es difícil explicarse el triste papel que Olañeta quiso jugar durante los primeros días de
la nación boliviana. Hoy renace en cada politiquero capaz de hacer negro lo blanco y
enredarlo todo entre polisílabos, creador de pleitos y odios, inventor de crueles ficciones y
mentiroso a carta cabal.
Este odiarse a si mismo es fácil de notar en el escritor de fama mundial que conduce su
campaña electoral en francés y no puede ocultar sus sentimientos por un país (y un
continente) que prefiriera un nisei desconocido antes que Marito, el triunfador de las
Uropas, sólo porque el Perú oliera ya en ese sofisticado dandy al fantasma de su particular
sueño imposible, Margaret Tatcher.
No es necesario hacerse especialista sobre Vargas Llosa para descubrir esta debilidad
absolutista en su pensamiento y en sus actitudes y esa ambición, no de aprender y seguir
las maldades de la Tatcher, sino de ser la Tatcher misma, ser esa misma persona, y no
poder, castigo de Dios, serlo nunca.
Ser Tatcher es para Marito heredar una nación civilizada y no una tribu grande de
chunchos y, lo que es mejor, es gobernar esa nación civilizada para clavar con la mayor
profundidad posible los injustos privilegios que dan un nacimiento afortunado, el dinero
heredado, la raza pura y bien cuidada de una familia de centenarias tradiciones, la
separación y las diferencias que el buen Dios ha querido plantar entre las chusmas y sus
nobles y benditos conductores (son benditos porque Dios lo dice, pregunten ustedes a
Ratzinger y su amigo San Juan Pablo II).
Para Vargas Llosa, ser Tatcher es ser justamente lo contrario de lo que Vargas Llosa es,
un cholo peruano nacido en una nación de chunchos y salvajes, muchos de los cuales ni
siquiera saben leer, pobres muertos de hambre, y no hay talento que le salve de esa
tragedia. El Perú heroico que lucha por su libertad política y económica no existe para
Marito porque para él sólo los "ganadores" como sus amigos Reagan y Bush merecen
existir.
Tiene esta enfermedad moral, además, un rasgo de mal olor que tal vez una anécdota falsa
o cierta sobre el olvidado Presidente Prado del Perú señorial y corrompido puede ilustrar:
se dice de Prado que armaba orgías y que vestía de damisela libertina aunque abundante
durante esas fiestas. Para entender el mal olor de ese cuento habría que entender la
actitud local hacia los homosexuales desde que Adán era cadete y el temor constante de
toda dama peruana de alcurnia falsa o verdadera de haberse casado con un? con un?
bueno, con un maricón.
Hoy el mundo ha progresado mucho y no todos los homosexuales son maricones sino que
merecen nuestro respeto, como sabe el mundo. Pero esta anécdota sobre un maricón
antes que un homosexual, y un maricón de poder absoluto capaz de hacer lo que le viniera
en gana con los demás, hasta cambiarle el sexo a cualquiera, incluso a sí mismo, ilustra
bastante bien la impunidad que Marito cree gozar cuando difama a sus víctimas
convirtiéndolas en sus personajes. Por lo menos, tiene ese mismo mal olor.
Prado era el "Rey" del Perú cuando Lima era la horrible Ciudad de los Virreyes, y esa
realidad horrenda era lo que el Tatcher andino buscaba rescatar una vez engañado el
elector peruano por el brillo de "La Guerra del Fin del Mundo" (la mejor del siglo XX) y los
ojos claros de su creador, para no mencionar su elástica elegancia. Era un mundillo de
"nobles criollos" (donde todas las putas eran duquesas y las duquesas, claro, putas) y una
"chusma" indigna de levantar cabeza jamás. Era algo así como el ambiente en que hoy se
mueve Marito, ese fascismo español derrocado por las bombas de la estación de Madrid y
hecho de sotanas peligrosas, ricos corruptos con escudos de armas, "caballeros" que odian
el trabajo manual, detestan a los obreros y se creen menos degenerados porque cometen
sus degeneraciones entre lujos y en sillones perfumados.
¿Es posible que este pequeño burgués mestizo carente de escudos de armas y de títulos
nobiliarios, este hombrecillo al que la lotería de la vida obsequió una habilidad prodigiosa,
sea incapaz de ver y comprender la lucha de los pueblos latinoamericanos, aún si viene,
como en verdad viene, de dos de esos pueblos que en esencia son uno y libran el mismo
combate? ¿Puede Vargas Llosa convertirse en una Tatcher de la pluma sin insultar su
conciencia y la sangre que corre por sus venas?
Verdad es que las guerras de la independencia política vieron en criollos odiadores a los
realistas más sanguinarios y feroces, pero esos jamás disfrazaron ni disimularon su
bastardía ni su preferencia envidiosa por una metrópolis que jamás los aceptaría. ¿Es esa
la fuente del mal moral de Marito?
Convencido de que las glorias que le diera su mágica pluma pueden trastornar al mundo
con sus artísticas mentiras, el viejo autor lanza sus maldades desde su cómodo estudio sin
medir bien que sus granadas han perdido ya su pólvora apestosa y que los bulos que lanza
huelen a desván abandonado.
Pero, ¡en guardia todos! porque hace rato ya que apareció su segunda edición, y este
joven sofista es casi más hábil que su papá para manipular las ideas, hacer cuadrado al
mundo y enterrarnos en la noche de una erudición falsa que derrama oscurantismo.
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