LA MADRE

Dice:
Así dije hace cuatro décadas:
Nació la decimocuarta y con ello atrajo su sino. Sus días fueron dos sueños, uno grato y corto, el otro una
pesadilla muy larga de la que no despertó ni siquiera al morir; murió olvidada de sí misma,
confundiéndose con otra, con aquella que hizo su vida al hacerle su Ley.
Buena, sana, cortés, fue a su modo generosa. Se intuyó víctima antes de haber aprendido a aprender y
jamás pudo olvidarlo. Sufrió la voluntad débil del hombre que amó y, antes, un engaño atroz que nunca
develaría: la entrenaron para adornar salones como los pianos y los floreros y le negaron toda
oportunidad de educarse aunque nació rica; era inteligente pero le impusieron una vocación de adorno
inerte.
Creyendo suyo el destino de toda niña bonita sin mayor demanda que una dispersión cotidiana de
sonrisas y amabilidades que en ella fueron naturales y de bendiciones honestas que le alcanzaron
también para sus enemigos, no pudo creer en sí misma al empezar a vivir su propia vida; afirmó desde
siempre las mentiras vestidas de cariños con que la envolvieron los suyos, se ocultó en un eco de esas
tradiciones canallas y aceptó sin remilgos la vida de canario que le asignaran padres y hermanos, un
sueño de pocos años.
Vivió honesta como un ángel, decente como un santo, ignara como mariposa y dolida como una llaga
ardiente. Lo peor de su sufrimiento de ocho décadas fue que jamás pudo entenderlo. Después del sueño
breve y ante las marejadas de la vida y la Revolución, impuso la Ley absoluta que le reservara una
furiosa soledad tras enterrarlos a todos, "primero, mis hermanos", y adoptó como escudo las tres sílabas
con las que creyó justificar todos sus días, "yo no sé"; nada supo en verdad, a no ser que la vida todo lo
mata. Poco aprendió, apenas que todos somos universos paralelos.
Nunca entendió por qué, tan indefensa, pudieron todos herirla tanto, ni por qué compensaría sus
décadas de paciencia inhumana con tres o cuatro episodios increíbles de crueldad apenas consciente.  
Ofreció con ternura sus sencillas lecciones, "sean los hermanos siempre unidos", hasta que lamentaron
muy tarde el haberlas desoído. "Como te ven te tratan", decía ella, y sólo lo recordé cuando fui tratado
como sucio vagabundo y no hallé palabra de defensa porque vi un vagabundo sucio en cada espejo.
"Ten paciencia", repitió hasta agotar la mía, brevísima, pero lo recordé cuando la vida y los años me
impusieron esa cruz como condena que acato pero desdeño.
Sola, servía con una sonrisa triste la fatalidad que le deparara su Ley ancestral y preservaba con una
mala excusa, "para cuando la necesiten", su mansión vieja y lo poco que le había quedado veinte años
después de la Revolución.
Las costumbres nos afiliaban a esa minoría ínfima que respeta los libros y descuida necesidades más
perentorias y por ello, como la patria, soportaba ella su pobreza con coraje silencioso y con esa
resignación que tanto le critiqué.
Sin permitirse vacilaciones ni dudas, había decidido vencer al tiempo perdiéndose en sus recuerdos y
espiando cada día la inmensa Montaña de tres crestas blancas que domina la ventana de su niñez.
Se impuso la convicción de que sería eterna, de que tendría que serlo porque lo era esa su casa, según
le susurraba la sangre de sus venas. Ya perenne, se hizo casi silente e inalterable. Nunca confió su edad
a nadie ni permitió que le sorprendieran las canas que disfrazaba de azabache porque las quería bellas.
Se rascaba el revés de la mano, me escuchaba sin entenderme, jamás abandonó su ternura ni nunca
alteró sus días: disponía de una sordera muy cómoda para evitar las sugerencias. Comprendí entonces
que lo preservaba todo para sus fantasmas y volvió a dolerme esa fidelidad inhumana hacia sus padres
que le permitía postergar a sus hijos con simple naturalidad porque cumplía un encargo que jamás
confesaría porque nunca pudo expresarlo.
El país que ella vivió ha muerto, las angustias que poblaron sus días se han disuelto entre las agonías de
un pueblo sin memoria, los muertos que hilvanaron sus anécdotas, expulsados de sus tumbas hace
lustros, son literalmente polvo de los senderos, y los vivos que alcanzarían a mirar atrás y tan lejos
preferirán no volver a mirar. Y sin embargo...
+
Dice:
La brutalidad de un despojo cruel y cotidiano, el de arrebatarme de sus cuidados para dedicarme los
suyos, hizo de su suegra, ahijada del Diablo, la figura casi tan importante de mi niñez como lo fuera mi
padre. Sin haber podido ocupar nunca su propio lugar en la familia, mi madre aceptó su papel de mujer
niña y nos acostumbramos todos a verla así, doblegada, como todos fuimos sometidos por la autoridad
violenta de esa abuela feroz. Miró desde entonces al mundo exigiéndole que le tuviera lástima y esa
actitud fue, con nuestra pobreza, la marca que dejó en nuestro carácter. De allí viene, pienso, la idea
malsana del tercero con relación a sus víctimas: todas fueron débiles, indefensas, incapaces de devolver
sus golpes. De allí la mirada urgente del que nació tras ese y murió convencido de que la vida le debió
algo que nunca pudo cobrar. De allí los silencios dolidos del último hasta  que aprendió a odiar
disfrazando de civilidad su odio, sólo sembrando cizaña y envidia. Nunca fuimos tímidos; ella nos enseñó
sin darse cuenta a humillarnos ante el poder y el dinero, pero en nosotros fue una máscara.
+
Dice:
Fue, pues, mansa, amable, gentil y sencilla ante el mundo. Excepto en cuanto a la piedra perenne de la
discordia, su casa, heredada como mansión y destinada a ir sufriendo la angurria de sus herederos hasta
convertirse en casa de citas y antro de borrachos.
Tratándose de su casa, sólo la ley que le dieran con su sangre, ‘primero, los hermanos’, fue más fuerte.
Les cedió primero una parte, el piso bajo. Después otra, la posterior, y así me empujó a buscarme otro
domicilio. En la cuarta parte de lo que cuidó toda su vida hizo su vida solitaria de soledades y miseria.
Defendió esas piezas luchando entre sonrisas tímidas pero con decisión ciega. ‘Para cuando la
necesiten’, decía, sin notar que sus cesiones hicieron que no la necesitáramos ya. ‘Qué linda es nuestra
casita’, le comentó un pequeñín, asilado durante unos días bajo ese techo, para que se apresurara ella a
corregir al infante: ‘No es nuestra, nietito. Es mi casa’, sin notar siquiera ese egoísmo.  
Vivió allí desde la niñez y allí hubiera muerto si no alargaba su agonía hasta forzarnos a hallarle un
hospital, convencidos de que sería como su propia madre, una anciana dada a irse encogiendo hasta
caber otra vez en su cuna.
+
Dice:     
¿Por qué no retorna ahora a esas piezas, fantasma dedicado a cuidar de sus heladas paredes de adobe?
Todo lo que temió en sus pesadillas ha sucedido con esos cuatro muros. Muerta ella, armé mis maquinas
en mi viejo dormitorio para ganarme el pan. Poco duró mi intento: de allí fugué cuando por fin lanzaron
sus zarpas mis enemigos y tuve que abandonar maquinas, libros, secretos y varias armas entre sus
recovecos.
Tras de mí, el diluvio: la alquilaron y permitieron que la convirtieran en antro de farrosos y mujeres de
alquiler; a veces apestaba a cocaína, otras a orines. Las escaleras de madera con ambiciones señoriales
en tiempos del Rey Perico se desgastaron con los tumbos de  beodos y dopados… durante treinta años.
No que necesitaran esos dólares: los gastaron en darse gustos.   
Ella no retorna porque nadie retorna desde ese Valle; nadie. Lo sé bien: cuando murió mi padre lo
retuvimos durante tres días en su ataúd pestífero porque su madre y su hijo el mimado pensamos que
nadie sería mejor capacitado para retornar que ese hombre. Cuando entendió nuestra equivocación, la
abuela furiosa no duró seis meses más. La enterré con un sombrero a la pedrada que siempre le gustó,
pero esa es otra historia.      
Tuve suerte: ocho meses después de la muerte de mi madre me vi forzado a migrar y dejé la suerte de la
casa y lo que ella cuidara para cuando lo necesitáramos en poder de los tres y sus esposas: no participé
en ninguna venta, buena o mala, de cada mueble y cada silleta. No fui cómplice ni beneficiario de la
desaparición de sus bienes.
No estuve presente. Mi esposa salió de la repartija sin recibir una explicación ni un centavo porque no
estuve presente. Cuarenta años de buenos ejemplos y sabias palabra pesaron menos que un viejo piano.
+
Dice:
Por supuesto, es necesario destruir aquí la idea de que fui inocente durante su vida.
Acepto mis culpas pero ello no entraña una disculpa automática. Hay culpas de las que uno no se
arrepiente nunca. La peor, adoptada cuando no era consciente, fue copiar la actitud de mi madre putativa
contra mi madre natural: poco respeto y continua indiferencia. El ejemplo de quien me crió pesó más que
el de quien me trajo al mundo. Una fue fiera; la otra, inerme. Una murió luchando e insultando al universo,
la otra sin entender mucho lo que le sucedía. Una dominó todas las horas de su vida, la otra halló que
poco o nada podía hacer contra la fatalidad, a no ser quejarse. Y porque vi variaciones del mismo tema
entre los de su sangre, extendí mi actitud contra ellos con un par de excepciones; los rehuí, los evité, los
desprecié, justo o injusto pero sin deseos de contrición. Como la abuela alguna vez dijera, soy otro
ahijado del Diablo gracias a ella. Así, los días que vivimos juntos los vivimos de lejos, mi madre y yo. Tan
de lejos que perdimos un idioma común: cuando retorné de entre los perseguidos y me vanaglorié,
“Mamá, Banzer no pudo conmigo”, su respuesta me quitó el habla por un minuto o dos: “¿Banzer? Ah,
Banzer. ¡Qué bien se lo ve en misa por la televisión!”…          
+
Dice:
Sus pecados: Amó a su madre más que a su Dios. Su Ley: ante todo, sus hermanos. Postergó a sus hijos
siempre. Murió en ese error.
+
Dice:
Sus pecados: Era falsa su virtud, la paciencia; amó su virtud y así sembró el hambre de sus hijos.
+
Dice:
Sus pecados: Cuando descubrió la crueldad del mundo nunca pudo sobreponerse: atravesó ocho
décadas sin cesar de quejarse, presentándose vulnerable ante la humanidad toda.
Peor: nos dejó esa actitud como herencia hasta que nos la quitamos, los que logramos quitárnosla, como
un polvo de pulgas. Pero vivimos décadas con esa mirada que exige y demanda piedad porque la vida
nos dio malos naipes… Nuestras miradas sembraron nuestras soledades.
+
Dice:
Su inocencia: …sembrada junto al camino; nunca lo supo. Murió sin saberlo. Fue inocente siempre.   
SIGUE