Su Opinión
El Hombre del Madero
Arturo
Sus Libros

Hace 2005 años que se fue y no volvió, pero todavía lo usamos de pretexto para
zamparnos la curda a la que seguirá, cinco días después,  la otra fiesta pagana que
cierra el año, tan absurda como la del 25.
El intento que se hace y que continuará durante los próximos 30 años de usar a los
cristianos en una guerra mundial contra los musulmanes fuerza a quienes admiran al
judío de Belén a defender su persona, su mensaje, su cruel sacrificio y el milagro
continuo que hace para mantenerse en nuestra vida a pesar de los constantes ataques
que buscan destruir su memoria.
Mucho ha cambiado su historia desde principios del siglo anterior, cuando el Hijo del
Hombre convertido contra su voluntad en un Hijo de Dios observó, silente como siempre,
cómo comenzaba Lucifer, en su forma de Santa Claus, a usurpar su lugar y su gloria.
Esa historia, que diz que es para niños, es en realidad la narrativa de la conquista del
mundo por los ejércitos del oro y del mal en desmedro de los pobres, los humildes y los
desheredados de la tierra.
Es la respuesta para la pregunta que todo pobre se hace alguna vez en su vida,
“¿Padre, por qué me has abandonado?”, sobre todo cuando aprende que nació pobre,
vivió pobre y pobre morirá, pobre y abandonado por ese Padre y por sus hermanos
humanos. Esos pobres son hoy más de cinco mil millones de personas, y la imaginación
no nos alcanza para percibir esa multitud. Pareciera por un instante que no sólo el Padre
nos ha abandonado, sino también el Hijo.
Pero no nos ha abandonado. Un fenómeno universal que ninguna conciencia recta
puede negar estriba en que, cuanto más desprestigiada queda la religión que abusa de
su nombre, cuanto más feroces son los esfuerzos por negar sus enseñanzas y su voz,
mayor es su presencia entre las multitudes. El Hombre del Madero es vigente, está
donde los pobres y los torturados del mundo lo necesitan, está con ellos y con ellos
marcha hacia el día aquel por el que murió y que vemos postergado pero
necesariamente llegará.
Está con nosotros, pero no es fácil seguirlo. Como nos lo dijera, es necesaria una fe
capaz de mover montañas para saberse de los suyos. Es necesario entender el mundo
como él lo entiende para seguir su senda. Y es, tal vez, necesario recordar su historia
como fue y no como nos la cuentan para sentirlo con nosotros como el hermano mayor
en nuestra sed de plenitud.
Y así, necesario es tal vez decir que, para Jesús, Jesús nunca fue Cristo y menos El
Cristo, como lo nombra esa religión usurpadora y las varias ramas rebeldes que diera
ese mal árbol. Ortodoxos y protestantes le llaman Cristo y se dicen cristianos cuando de
hecho saben que no tienen derecho alguno a mencionar a Jesús. El Cristo no fue obra
de Jesús, sino invento de Pablo. Pablo escribió un gran mito usando el sacrificio de Jesús
y sobre ese mito se creó el cristianismo, una religión organizada que, como las demás, es
un partido político y busca el dominio temporal del mundo.  
Sólo cuando entendemos que quienes se dicen cristianos poco o nada tienen que ver
con Jesús entendemos los crímenes y la sangre que se ha vertido durante 2005 años en
nombre, diz que, de Jesús de Nazaret. Sólo entonces es posible entender Nagasaki,
Hiroshima, Auschwitz, el holocausto latinoamericano que ya dura un siglo y otras
monstruosidades que hacen la historia de los últimos dos mil años. Sólo entonces
entenderemos las falsedades cometidas por los redactores de la Biblia, los libros
“aceptables” para la cristiandad en que aparece un Jesús tan poderoso que logra
enviarnos, a pesar de que nos habla usando la pluma de sus falsificadores, sus
enseñanzas y sus palabras que, por sublimes, resaltan entre los absurdos  que hacen
ambos libros.
Las gentes que creen que la Biblia es cosa de curas, predicadores de poca monta y
charlatanes se equivoca. La Biblia es la explicación y la causa de los horrores de los
últimos 2005 años. Es más poderosa que diez mil bombas atómicas porque domina la
imaginación de los poderosos de Occidente. Su influencia es mayor que la del Corán en
Oriente, y el abuso de esos libros es lo que permite enviar fanáticos cristianos a la lucha
contra fanáticos musulmanes tal y como sucede durante siglos.
Para evitar nuevas versiones de esas guerras es que nos resulta vitalmente necesario
refrescar nuestros intentos de hallar al Hijo del Hombre en esa historia falsificada por
Pablo y sus seguidores sobre el Hijo de Dios.
El Viejo Testamento no es problema ya, porque todos o casi todos lo ven como lo que es,
un manual de propaganda política al servicio de un pueblo que se dice elegido pero que
lamenta a cada paso esa elección caprichosa porque la ha pagado con incontables
sufrimientos.          
El Nuevo Testamento, que reúne algo de los que Jesús dijera pero excluye otras de sus
enseñanzas e incluye palabras, casos y cosas que nunca fueron parte del paso de Jesús
es para muchos la fuente en que se halla a ese que denominan el “Jesús Histórico”, el de
carne y hueso, el que alguna vez pisó esta tierra, caminó sobre las aguas, se enredó con
la Magdalena y andaba hecho un hippie por la Galilea de sus tiempos. Ese libro es tan
repleto de falsedades y tonterías que, desde que apareció hasta esta fecha, las mejores
inteligencias han separado la paja de los diamantes y se han quedado con “su” Nuevo
Testamento particular, lo poquísimo que es posible atribuir a Jesús sin dudar de su
autenticidad. Es fácil hacer esa distinción porque las palabras de Jesús brillan sublimes y
son eternas por su verdad.
Esta ironía, la de vernos forzados a buscar lo que en verdad dijo e hizo entre la mucha
paja de lo que dicen que hizo y dijo, es a su modo también un signo de que no nos ha
abandonado.
Como nadie niega, Jesús no escribió una sola palabra para la posteridad ni pensó jamás
en inventar una religión organizada que dominara a la humanidad durante dos mil años.
Su misión, que aprendió durante los 33 años que dedicó a aprender que siendo hombre
era también Dios, consistió, para él, en vivir y morir de modo tal que el Padre pudiera
aceptarlo, y con él a sus hermanos humanos, tras las iniquidades cometidas desde que
el mundo fue mundo. Así vio él al mundo y, con su sacrificio, horrendo en sí pero mucho
más horrendo porque sus capacidades le permitían sufrirlo como ningún ser que fuera
sólo humano podría sufrirlo, esperó iniciar una nueva era que sería su gobierno sobre la
humanidad durante mil años.
Jesús imaginó y predijo que, tras el madero, su visita al Hades para anunciar la buena
nueva y su retorno en gloria y esplendor para establecer su gobierno sobre la tierra,
comenzaría entre nosotros el Reino de su Padre y la paz en la tierra para los hombres de
buena voluntad. Para ello anunció que retornaría en un caballo blanco acompañado de
un ejército de ángeles. Cumplió su misión hasta el último instante y luchando contra su
naturaleza humana, que sudaba sangre y le empujaba a renunciar a su sacrificio, y murió
como generaciones anteriores habían anunciado que moriría.
Pero un instante antes de morir supo que su Padre le había abandonado. Algo en el
sacrificio que cumplía no se cumplió y Jesús murió en el madero.
Retornó a los tres días, pero no ya a la cabeza de un ejército de ángeles, sino como un
fantasma que pidió a la Magdalena que no lo tocara, como el fantasma que se apareció a
sus discípulos en variadas ocasiones, como el espíritu que finalmente no apareció más a
los ojos humanos.
Hemos estado esperándolo durante 2005 años y nuestra espera se ha matizado con los
crímenes más horribles que registra nuestra memoria. Sólo su ausencia y su silencio
responden a los chillidos de la humanidad sufriente cuando le ruega su intervención ante
nuestras nuevas iniquidades.
Y así, es dable creer que no contesta, no porque no quiere, sino porque no puede. Pero
retorna, y cada quien lo confirma cuando lo intenta, para hablar y guiar a cada quien que
lo busca con la mayor honestidad posible y la fe que quiso enseñarnos. Pero este
contacto es de persona a persona, y no habla para las multitudes. Por eso de dan tantos
testimonios personales y diarios sobre su presencia y su palabra, sobre la vigencia de
ese Jesús que nos ama y nos acompaña apenas invocamos su nombre. Todo el que ha
intentado esa experiencia la sabe por cierta e indudable.
Como dijera él en su momento, su reino no es de este mundo. Como su muerte nos
enseña, la suerte de este mundo depende de nosotros, a quienes este mundo fuera
dado. Como hace con cada persona que le busca, aprendemos a ver este mundo como
un espejismo que dura dos suspiros apenas nos sabemos en su presencia. Y es esta
presencia la que nos lleva a concluir que hay que ser buenos sólo por ser buenos y no
por un paraíso futuro, hay que dar y no pedir, hay que buscar para hallar. Pero tal vez lo
más importante sea que, una vez hallado, con Jesús nada más es necesario porque su
presencia es la plenitud que siempre buscamos.
Lejos de mí la intención de imitar a esos falsos enviados de la divinidad que se nos
presentan como intérpretes del Padre o del Hijo, lleven sotana o no. Todos, para mí, son
impostores y no quiero ser otro entre ellos. Presento esta mi versión como una opinión,
una entre millones. Lejos de invitar a la fe, invito a la duda porque la duda es el primer
paso hacia la fe. Invito a leer la Biblia con la mayor honestidad y la mejor buena voluntad
de que cada quien sea capaz y apuesto a que, así leído, ese Nuevo Testamento
separará antes nuestros ojos la paja de los diamantes. No necesitamos de intermediarios
para hallar lo que dijo Jesús y diferenciarlo de lo que dicen sus biógrafos.
Como nos enseñara a orar, así debemos buscarlo en el silencio y la intimidad de nuestro
corazón, no en la plaza pública. En el silencio de quien piensa, no la falsedad de quien
grita su falsa fe. El sigue aquí, junto a nosotros, y él continúa con nosotros ese feroz
combate contra el mal, las sombras y las mentiras que no termina de decidirse en el
mundo material pero que, ante él, y porque es él, se ha decidido ya.
Mirando así al Hombre del Madero, tal vez lo mejor sería que nos cerráramos en nuestros
corazones y lo buscáramos allí para celebrar con él su nacimiento.


  






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Dic. 06