LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Lunes - Tercero/1
La bruta mole de la embajada dominaba la ciudad como dominaba el país la
sombra del diplomático maligno al que protegía esa fortaleza. Inescapable al ojo
desde cualquier punto del embudo, la fortaleza cobijaba a un millar y medio de
burócratas, militares y civiles, dedicados a desempeñar las tareas cotidianas del
verdadero gobierno de la infeliz satrapía. Copiada hasta en su último farolillo de la
desafortunada misión en Ciudad Ho Chi Min, compartía con el Palacio Quemado la
tradición de haber alojado a delincuentes de baja estofa y pillos de diverso
género, con una diferencia: mientras varios de los señores temporales del palacio
aquel pagaron con el pellejo sus actos criminosos, los virreyes que abandonaban
este edificio nefasto lo hacían en la seguridad de que podrían continuar sus
iniquidades en escenarios más amplios sin nadie que les exigiera cuentas jamás.
"Si hay justicia, encontraré a mi hija. Ten fe, Huascar. Ten fe".
En esta mañana tibia y bella de vivos colores, Endara Watson salió temprano del
Gran Hotel París, situado frente al Palacio Quemado en la Plaza de los Colgados
llamada también Murillo. Arriesgaba el buen lucir de un terno azul marino que le
daba ocasión de estrenar una corbata después de años de caminar proletario al
cruzar la colonia de mil palomas que distribuye con justicia sus visitas entre la
Catedral, El Congreso, el hotel mencionado y el Palacio infame. Pasó frente al
portón que vigilan sin mucha suerte dos soldados Colorados que deben su gloria
a un día heroico y lejano contra Chile y se dejó deslizar literalmente por la calle
Ayacucho, una vía en ángulo próximo a la vertical que dispone de barandas en
cada vereda para facilitar el descenso de ancianos, bizcos y borrachos a lo largo
de las tres cuadras que descienden como pista de esquiar hasta el Banco Central.
Endara caminaba con la prisa que permite la accidentada ciudad, agachado como
siempre y atisbando con la mirada inquieta que le diera su suerte a cada ente que
se cruzara por su camino o se le aproximara aunque de lejos. Convencido de que
llevaba dos escoltas por lo menos desde que saliera del comedor del hotel, dejó
que las cosas se sucedieran siguiendo al azar y se dedicó a mirar su ciudad y
estudiar a sus habitantes.
El gentío era tan numeroso que impedía ver el color de los viejos zócalos y forzaba
a usar los codos y la mano abierta para ir trazando una ruta hecha de
sobresaltos. Los rateros y los coleccionistas de maletines y relojes pulsera hacían
su agosto en esa muchedumbre revuelta de pocas pulgas y amargos gestos. La
caminata de una hora que sigue casi cada gringo para recoger su primera
impresión urbana antes de meterse en la embajada para iniciar la parte fea de su
visita era un azarosa aventura en la que una zancadilla hábil o un codazo bien
colocado daba por tierra con el viajero más pintado.
Tras recorrer de tales modos el Prado y la Avenida Arce cruzando la Plaza Isabel
la Católica, finalmente vio Huascar los 200 metros despejados a la derecha de
una estrecha avenida que hacen el frente de la embajada y son en realidad una
galería de tiro para las troneras desde las que los Marines impedirán el avance de
los cocaleros algún mal día. Una entrada enana por donde sólo podrían colarse
dos personas codo a codo interrumpía una muralla de piedra desnuda y tres
metros de altura. Varios PM locales de piel cobriza y escudos de plástico miraban
de mala manera al mundo y sus alrededores. Tres coroneles de Carabineros
guapos como héroes de folletín se lucían bajo el sol. Ventanas estrechas de
vidrios blindados protegían a los funcionarios que demandaban desde casillas de
aduana los papeles de cada visitante. Entregaban luego fichas de diversos
colores que cada persona debía colgarse del pecho como hicieran los judíos de
Varsovia. Se cruzaba luego un amplio patio interior a toda prisa y sin tiempo para
mirar  los variados dispositivos para aniquilar a los invasores que lograran vencer
una primera línea de defensa.
Huascar penetró por fin en un amplio salón de recibo que parecía un hotel de lujo
abandonado. Sentados en incómodas butacas, los visitantes esperaban aquí a los
funcionarios bajo cuya responsabilidad subirían a cada piso respectivo, si subían.
Un silencio de templo pagano dominaba el lugar. Con las rodillas a la altura de la
nariz, Huascar recordó el olor de la cocaína que distinguió a la cueva de los
Marines en la antigua sede diplomática de la Calle Colón. Vetusto edificio de un
solo ascensor, esa embajada no permitía disfrazar las actividades que se
practicaron en sus oscuros recintos. Esta mole inmensa, en cambio, era una
ciudadela de dos manzanos que cobijaba una biblioteca comercial, un moderno
hospital, una cocina magnífica, un centro de comunicaciones concebido en
Hollywood y sólo Dios sabe cuantos pisos subterráneos dedicados a actividades
que aprueba Satán, además de sus veintitantos pisos visibles.
Mientras esperaba mal sentado e incómodo, Endara recordó también la finalidad
última de este magno símbolo de la buena voluntad entre dos pueblos aliados:
debía resistir el asedio de sus pretendidos enemigos durante el tiempo que se
tomara la caballería de rescate para llegar desde la costa de Chile por la
Carretera Panamericana bordeando el Titicaca y usando la magnífica carretera
que une La Paz con el lago y se conserva magnífica sólo por esa razón.
Huascar debió abandonar pensamientos igualmente optimistas cuando un militar
que olía aún a biberón y lucía limpio como un silbido caminara como pantera hasta
su banqueta y preguntara, tímido:
— El Sr. Endara?
— El mismo.
Huascar se puso de pie sorprendido por el perfecto acento español altiplánico del
joven sacerdote de Marte.
— Mi nombre es James Morgan, pero puede llamarme Jim.
Apenas lo escuchó, Huascar se dejó vencer por la simpatía de este soldado niño.
— ¿Subimos?
Admirando la espalda de su guía, Endara sospechó que llevaría ya la cicatriz de
algún combate. Morgan era un magnífico atleta de impecable sonrisa y mirada de
torcaz. Endara volvió a experimentar ese orgullo raro que su país adoptado le
provocara algunas veces.



From: fuh@hotthing.com
Subject: Isabela
Dediqué la noche a hablar con mis amigos. Tendrán varias ideas dentro de las
horas siguientes. Es conveniente mantener el ánimo. No está usted solo. Con
satisfacción puedo asegurarle la amistad de muchas personas que saben ya de
su caso. Tengo garantías sobre su seguridad. Espero retornar con más
información antes del amanecer.  
From: hewtfsn@bibi.com
Subject: Isabela
No puedo expresar el alivio que me causó su mensaje. Este es el negocio más
arriesgado de mi vida. Estoy dispuesto a todo riesgo con tal de dar buen fin a esta
empresa. De los comerciantes que cité en mi anterior, ¿podría darme algunas
ideas sobre sus actividades actuales?
From: fuh@hotthing.com
Subject: Comerciantes
Sólo seis disponen de los medios para ejecutar esa operación. Pronto sabré en
qué andan y cuáles son sus amistades nuevas. Mis agentes en cada ciudad están
a su disposición. No pierda la esperanza. Hubo negocios más difíciles que
pudimos concluir muy bien, ¿lo recuerda usted? Este trabajo no es muy grande
para mi equipo. Siento que todo irá bien.
From: hewtfsn@bibi.com
Subject: Amistades
El primero que veré es Tancara. ¿Debería enterarme de algo que aún no sé?
From: fuh@hotthing.com
Subject: Amigo
Un ataque cardíaco hace quince meses, del que salió con mejor salud que antes.
Su trabajo es el mismo, incluida la sucursal local. Si lo viera yo sería nuestro
primer encuentro, pero ya lo conozco bien. Pasando a otras cosas: ¿Le interesa
el tercer capítulo de Ana Karenina? La parte novedosa es la del miocardio.
Saludos.
From: hewtfsn@bibi.com
Subject: Ana
Nuestra común amiga Ana me ha servido perfectamente. Creo que ya estoy
preparado para mañana. Saludos, y muchas gracias.
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