LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Lunes - Tercero/3
El ojo azulado de Faustino Mostacedo pareció recobrar la vida perdida durante
una trifulca juvenil cuando vio penetrar en el patio de su Ministerio al desgraciado
de Mike Tosferino seguido del padre de la chica, ese Huascar esto o aquello. No
hacía dos horas que sus sabuesos le notificaran que su compañero de vuelo se
alojaba justo frente al Palacio de Gobierno, cosa que le haría más fáciles las
cosas, para qué decir. Pero el tiempo era oro para estos gringos falsificados, o así
parecía. Comenzaban temprano a joder, qué caramba. Bueno, a bailar, pues.
— ¿Quiubo, Mike? ¿Qué te las hincha?
Una de las ventajas de la falsa camaradería que imponían estos gringos de la
gran pe era esto de las constantes bromas idiotas, como si todos fueran
compadres del primerizo. Mostacedo Cuaquines lo aprovechaba para mentarle la
tía a Tosferino porque con su madre no se atrevía.
— Anda, comemierda… Buen día. Buenos días, Tinino. Tú conoces a Huascar
Endara, ¿verdad?
— Cómo no. Yo conozco a todo el mundo, gringo e'porra. Es mi oficio.
—  Volamos juntos desde Miami.
Endara lo dijo mirándolo sin verlo. Se preguntó si Isabela sería la razón de la
coincidencia que los reuniera esa madrugada. No, decidió. Sería demasiado. Un
perro de presa hubiera bastado.
— No sé si juntos, pero la verdad es que vengo de Miami. Esta misma mañana,
Mike.
— Tinino fue a Miami para cerciorarse de que venías. Lo enviaron sus superiores
porque yo se lo pedí. Nos avisó sobre tu llegada apenas pusiste un pie en tierra.
Es un buen oficial.
Mostacedo sintió un vacío en el estómago. Tendría nomás que matarlo a este
falso gringo. Se colocó los lentes de vampiro y sonrió.
— Por lo menos, es lo que este gringo llocalla  dice.
— Vamos, vamos, Tinino. No es para tanto. Tinino encontró el anular.
Tosferino miraba tranquilo a Endara, vigilando su reacción. Huascar no movió una
pestaña.
— Pero tú me lo enviaste.
— Pues, si. Fui yo. Se lo quitamos al hombre que vas a ver ahora.
Tancara miró a Mostacedo Cuaquines y el coronel se dispuso a guiarlos. Guiñó
un ojo a la mujer de uniforme que ocupaba un escritorio para enanos.
— Estoy de vuelta en media hora, Gloria.
— A la orden, mi coronel.
— Este Tinino…  
Tosferino sonreía, pícaro. Los cuatro descendieron cinco pisos sin abrir la boca.
Era una escalera de cemento estrecha y oscura que apenas permitía el paso de
una persona. Huascar recordó la horrible fama de esos escalones. Recordó
también un despacho en tinieblas donde se diera su hora negra. Prefirió no
recordar más.
— Aquí mataron a Todich.
— Lo dices pero no sabes lo que dices, gringo cabrón.
— El coronel aquí sabe muchas cosas, pero tiene una memoria increíble… Hasta
de su apellido se olvida.
— ¿Qué es de Loayza? ¿Sigue trabajando con ustedes?
Mostacedo pareció sorprendido. Se detuvo por un instante para mirar a Endara.
— ¿Y usted qué sabe de Loayza, si es que se puede saber?
—  Bueno, sólo que tuvimos una conversación hace media vida.
— ¡Oh, joderse! Si la cosa es así, la verdá es que yo no lo conozco. No oí de ese
Loayza ni en pelea de perros. Pa'mí que es leyenda, como el chupuro*.
Tosferino volvió a sonreír. Endara no pudo vencer su curiosidad. Apenas vio la
puerta estrecha que tan bien recordaba, dio dos pasos y la abrió con la mano
izquierda. Morgan lo siguió al entrar al despacho.
Un escritorio en orden impecable delante de una alfombra indígena y debajo de
un gran retrato de Simón Bolívar brillaba, nuevo y diminuto, bajo un rayo de sol
robado de una estampa religiosa que se colaba por una ventana invisible.  
Huascar vio una silla de madera también diminuta que forzaría a cada quien a
apoyar el mentón en las rodillas. Un látigo de jinete sobre la silla completaba el
moblaje. Sólo faltaba el enano cobrizo de manos retorcidas, terno oscuro y
corbata impecable, bigotes tártaros y mirar torcido.
— ¿No se jubiló nunca?
— Pues, la verdad es que no. Ama su oficio.
Endara detectó un placer salvaje en el acento de Mostacedo, detrás del tono de
burla. Hablar de un verdugo con 40 años de oficio era para él una victoria.
— ¿Trabaja contigo, Johnny?
— A veces, a veces. A veces trabaja para mí, aunque no me conoce. Ya está
viejo, el pobre.
—  ¿Viejo? No sabes lo que dices, gringo chuta. Cualquier día de estos te saca la
madre y no sabrás ni siquiera de dónde te vino el golpe…  Tenemos suerte de
que aceptara colaborar con nosotros.
— Si. A pesar de su corazón, y por una pequeña fortuna, ¿no?
— No todo ha de ser amor a la patria, Mike.
Endara se animó por fin a pedirlo. Era su curiosidad de periodista, que le tendía
una trampa tonta.
— Y… ¿podría verlo yo? Digo, ¿conversar con él? La verdad es que quisiera
volver a verlo…
— Vamos a preguntarle, pues. Apenas lo veamos. Mostacedo reía entre dientes.
— Ya estamos.
Tosferino le cedió el paso. Tinino golpeó la puerta como lo haría un vendedor de
peinetas. El roce brutal de una corredera de metal rompió el silencio del callejón y
Huascar se encontró otra vez en el reino de Loayza.
Llocalla = Niño malcriado,
pícaro
* Chupuro = Chupada del
sapo que, desde lejos,
causa enfermedad y daño.
Chuta = Indio, despectivo.
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