LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Lunes - Tercero/4
Manopla le decían aunque bien pudieron haberlo apodado Tucán por la nariz que
portaba. Era todo él macizo y grande pero simple como un canario. Sus ojos
verdes eran claros y, pues así eran, dulces. Cada manaza suya cubría con ventaja
la cara de un ente bípedo y alguna vez las usó para moler costillas, pero sólo en
situaciones desesperadas. Tenía una mirada que distinguía a toda su familia y era
como la de sus nueve hermanos, todos admirando al mundo con esa mirada de
miel y de ojos claros y entrecerrados, como si en verdad lo amaran y lo
contemplaran con santa paciencia.
—        ¿Dónde la encontraste?
—        Me la dieron, juro. No tengo por qué mentir. Yo nunca miento.
A diferencia de sus amistades y enemistades, los nueve optaron en su hora por
declararse clase media local, opción arriesgada siempre, y se hicieron de sus
instrumentos de vida en institutos locales; ninguno fue a Moscú a estudiar
economía ni a Filadelfia a estudiar administración de empresas. Ninguno se hizo
de una gringa a poco de dejar la adolescencia. Por el contrario, eligieron
sacrificadas hijas de funcionarios públicos o profesionales libres de dos ternos y
tres corbatas para fundar sus hogares prototipo del medio. Educaron a sus hijos
en escuelas locales privadas pero económicas, subvencionadas por esas sectas
gringas que tratan de cambiar a las gentes enviando misioneros cándidos que
luego atrapa la CIA.
—        Mira que te quemo con los hierros…
—        Digo la verdad yo, juro.
Gozaron durante toda su vida de los distinguidos servicios de Sillerico, el
campeón de los sastres del Altiplano. Alcanzaron la media edad tras haber
perdido el cabello mucho antes y eran hoy en día una familia de calvos que
miraba al país con la suficiencia del contador que va a pie sin haber sido acusado
jamás de un desfalco; bicho rarísimo, a no dudarlo. Andaban pues mirando a sus
compatriotas desde lo alto de su virtud pero a sabiendas de que todos la veían
dudosa. Era tan pobre el país que hasta las cuentas corrientes de clase media se
hacían casi siempre sobre un delito de clase media. Así, ninguno era tan limpio de
alma como parecía ni tan sucio de conciencia como para perder la mirada de
familia aquella que los hiciera simpáticos. Una cosa era segura: un montón de
gente asistiría a sus nueve entierros apenas la santa madre iglesia los anunciara.
— De aquí ya no sales. Dime lo que quiero saber.
— Eso no lo sé. Pero lo que digo es verdad, juro.
Nueve no, aprendió Endara ahora, lamentándolo mucho. Sólo serían ocho porque
este muchacho aquí, de unos 40 años, había metido la pata hasta la ingle
tratando de hallar circulante abundante para cubrir algunas deudas pesadas, se
había confabulado con los comerciantes libres que todos temen y había extraviado
un paquete de dólares que lucía como dos ladrillos corrientes.
—        ¡Pero… se necesita ser cojudo, Arsenio!
Endara, jamás liberal con los términos reñidos con la buena educación, había
dejado escapar en una frase obscena la impresión que esta historia, relatada
literalmente entre dos patadas por un sayón oficioso, provocara como un ardor en
su bajo vientre.
—        Qué quiere usté, mi jefe. La necesidá tiene cara de hereje.
El sayón aprovechaba el interés de Huascar para demostrar que tenía la
educación necesaria para codearse con cualquiera. Vigilando a sus cuatro
visitantes, buscaba oportunidades de ganarse su buena voluntad, esfuerzo en el
que perdía contento su tiempo.
Colgado de cabeza de un gancho de carnicería común y corriente, Arsenio, alias
Manopla para sus amistades, no parecía muy dispuesto a discutir nimiedades. Su
nariz de tucán lucía ahora más proporcionada con su rostro, hinchado en violetas,
verdes y azules delimitados por rayas de sangre oscura. Un ojo cerrado le dejaba
el otro para espiar a sus visitantes, pero ya no lo usaba.
—        Yo digo la verdad y siempre he dicho la verdad.
La voz, cálida y clara, era la misma que Huascar recordaba en todos los varones
de este apellido. Pudo verse de terno oscuro y corbata negra, aún dueño de su
vida y su futuro en tiempos en que los Beatles reinaban en este mundo de penas
y desilusiones. Pudo ver al Manopla, otro amigo del barrio, tapando las puertas
con su masiva humanidad mientras los jovenzuelos bailaban a todo sudar. Una
lástima inmensa le enfrió el corazón.
—        El caso es que lo cogimos sin los dólares, pero con la caja que te envié.
—        Me dieron la caja para que se la diera a un hombre que no conozco,
llamado Tancara.
—        ¿Quién te la dio?
—        El Mosca.
—        ¿Quien?
—        El Mosca. Juro.
El puñete no fue acompañado de la convicción necesaria pero la boca del
estómago del Manopla hizo un ruido raro de vasija quebrada. El cuerpo fue y
volvió en su oscilación pesada y el sayón apoyó ambas manos para aquietarlo.
Como quien aclara algo que no puede explicar, explicó:
—        Lo dijo desde que llegó, pero no puede ser. El Mosca murió hace años. Lo
mataron sus amigos.
—        No murió. Yo lo vi. Me dijo: cumple, y anda a darle este paquete al Johnny
Tancara. Juro. Pero yo no conozco a ningún Tancara. Le dije: No lo conozco,
hermano. No puedo hacer lo que pides. Juro.
—        Cállate, Manopla, o te doy otra.
—        Lo pillamos en su departamento, con la plata oculta tras el ropero. No supo
explicar nada. Nada más que eso: que hay que entregar el paquete a Johnny
Tancara.
—        Bueno, se lo entregaron, ¿verdad?
Tosferino miraba Endara con su mirada de burla. Perdió medio minuto evaluando
al hombre colgado del gancho.
— Que dure un par de días, por si nos hemos olvidado de preguntarle algo.
Después, que lo encuentren quemado en su departamento.
Cogió del brazo a Endara y lo sacó de ese pozo. ¿Sería suficiente este testigo
para convencer a Huascar? Tendría que serlo, pues que no tenían otro.  
SIGUE
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