LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Lunes - Segundo/1
Grover Wergeld Calaumana había situado su enorme escritorio de caoba frente al
ventanal que le ofrecía desde su piso décimo noveno un espectacular panorama
de la ciudad vertical que detestaba. Tal situación le daba el gusto de ofrecer la
espalda, y a veces no sólo la espalda, a sus visitantes. Esperó el sol del nuevo día
repasando sus posiciones porque no podía abandonar esa mala costumbre.
Como presidente de la Caja Autónoma de Crédito y Ahorro y dictador de las
nueve mutuales regionales que componían el sistema que había creado 19 años
antes, Wergeld Calaumana no era tal vez el hombre más popular de la república,
pero era sin duda uno de los más ricos. Uno de los menos simpáticos, agregarían
sus visitantes. Hombre de rígidos principios, sólida formación moral, estricto
catolicismo y apasionada vocación de servicio de sí mismo, Grover había creado
esa entidad de dos mil empleados y casi medio millón de cooperativistas
seducidos por el sueño del techo propio porque necesitaba un poder ilimitado más
que el dinero. Perseguía un poder como el que ejercía sobre su primer visitante
de la mañana, un hombre oscuro al que tendría sobre ascuas mientras ambos
sopesaran los riesgos que comenzaban con el día. Miró su propio reflejo en la
ventana. Los ojos entrecerrados de una calavera pálida bajo una mata de pelo
amarillo le devolvieron una mirada muerta. Acarició la seda de su corbata celeste.
— Llama el Ministro de Vivienda, Dr. Otárola, Jaime.
— Dile que lo veré esta tarde.  
Hubo veces al alcanzar el medio siglo de agitada actividad en que le pareció
acercarse a su objetivo, pero uno de los problemas más difíciles que enfrentara
desde sus primeros días fue un derivado del axioma de que toda gran fortuna
nace de un gran crimen. Grover debió aceptarlo antes de los 25, pero su disgusto
era doble porque su carrera no brillaba ni correspondía a su fortuna: era capaz de
cometer mil crímenes casi desapercibidos, pero jamás había cometido uno que
despertara la admiración de nadie. La frustración de verse incapaz de convertirse
en un Napoleón del crimen aunque todo lo que violara se tornara en oro le había
amargado el carácter y le hacía odioso hasta el punto en que no esperaba ya el
aprecio ni siquiera de sus lobos siberianos Boltar y Kriska. Había conquistado el
temor de sus conciudadanos enterados de su existencia, pero no su respeto.
Nunca su respeto.
—  Ya está aquí. Vino solo.
— Que espere un poco. Ya te avisaré.
Por otra parte, no existía en su medio actividad que diera sus buenos centavos en
la que Wergeld no tuviera metido por lo menos el meñique. Lo había hecho todo
de modo tal que sólo los hombres que volaban a su altura sabían que el país
dependía en más de un sentido de su voluntad cuando no de su capricho. Otra
prueba de sus habilidades de maestro conspirador era una libertad de circular
solo por este mundillo, sin temer callejones ni vericuetos, a diferencia de los
políticos, los traficantes, los comerciantes y los herederos de viejas fortunas que
se veían obligados a circular en caravanas de coches blindados tripulados por
asesinos de fama bien ganada. Grover detestaba el mal gusto que tales usos
delataban pero envidiaba las leyendas populares que seguían a tales caravanas.
Sólo el sentido común de su esposa, Lady Láyqa , le recordaba que su salud era
envidiable gracias a su austeridad y sus buenas costumbres, hijas de su
temperamento.
—        Llamada desde Guayaramerín.
—        Déjala para luego, ¿quieres?
No todas eran amarguras, sin embargo. Su sentido del humor era fácil y risueño
pero secreto, su digestión amable y sus sueños tibios. Desmentía así otro axioma,
el de que cuatreros y depredadores duermen siempre con un ojo abierto. Solo, y
en la cámara secreta de su mansión, Grover gozaba de largas horas de privadas
satisfacciones. Olvidaba de cuando en cuando que ni siquiera Lady Láyqa
conocía el departamento subterráneo que había hecho construir imitando a Stalin,
cuyo dormitorio comunicara por un túnel para perros con el cuarto que las gentes
creían la pieza en que dormía. Wergeld se quitó una gorra imaginaria en honor del
dictador georgiano y se dispuso a comenzar el día. Tocó el timbre de su mesa.
Disolvió sus malos recuerdos y dio la espalda al hombre que entraba.
—        Nuestro hombre está aquí, Grover. Y no parece muy feliz.
—        ¿Te sorprende?
—        ¿La verdad? No. Pobre diablo. No quisiera estar en su pellejo.
—        No quisiera estar en el tuyo, si llega a saber quien le ha hecho esto.
—        París bien vale una misa.
—        ¿No encontraste otro modo?
—        Son cien millones, Grover…
—        Bueno. Es cosa de esperar que sepa lo que quieres.
—        Lo que queremos.
—        Yo sabré hallarlos, descuida.
—        ¿Qué ordenas ahora?
—         Déjame ver.
Kriska estaría enferma todavía y Boris tampoco se veía muy bien. Tal vez si
encontrara…
—        ¿Recibiste ya el último paquete para Boris?
—        Ayer por la tarde, Grover.
—        Bueno, tráemelo hoy, ¿quieres?
—        Por supuesto. ¿Lo quieres en tu casa?
Wergeld Calaumana no se dignó contestar. Pensaba en Huascar Endara. Endara,
quien había trabajado para la Caja alguna vez. Endara, que se había atrevido a
golpear…
—        ¿Quién lo vigila?
—        Tres hombres lo marcarán día y noche.
—        Bueno, pues. Recuerda que no tenemos mucho tiempo.
—        Lo sé, Grover. Lo sé.
Escuchó un leve suspiro. Se sorprendió al descubrir que no sentía ni desprecio
por este sabueso.
—        Bueno, pues. Anda, y que Dios te bendiga.  
Si, pensó. Lo vas a necesitar si fracasas otra vez.
Láyqa = Bruja,
Hechicera
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