LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Lunes - Segundo/2
Supo desde siempre que el cumplimiento de sus más caras ambiciones significaría
muchas desilusiones y penas, pero esta broma pesada no estuvo nunca entre sus
temores. Solo por fin y al ocaso de su  primer día en el centro mismo del poder,
solo en este salón de paredes oscuras que exudaban sangre cuyo moblaje
centenario olía a matadero entre cortinas que lanzaban un polvo perenne de
polillas apenas se abrían a la Plaza de los Colgados para que su ocupante de
turno lanzara sus mentiras a los cuatro vientos, solo con la satisfacción agridulce
de saberse vivo al cerrar su hazaña de tres días de guerra con los ecos de los
vivas y los glorias que le costaran una fortuna y los rostros de los amigos y los
enemigos que no vieron este día por orden suya flotando y aullando sus agonías
dentro de su mente fatigada, solo y sentado sobre el sillón que compartía por vez
primera con los Presidentes fusilados, acuchillados, decapitados, despanzurrados
y, por lo menos uno, colgado* del poste de luz que viera a cien pasos del balcón
como un monumento ignorado y una premonición casi siempre cumplida para los
ambiciosos como él, solo, sentado, delirante y agotado pero solo, triunfante y
dueño de un país enorme al que exprimiría hasta la última gota de oro, solo con la
desagradable compañía de si mismo tal y como nadie más lo conocía, sintió que
su universo se desvanecía en una ira roja y violenta que le tiñó la cara de
púrpura, le cortó la respiración y le cerró los puños como garfios para arruinar la
banda tricolor que le adornaba el pecho: la predicción del cura maldito, brujo y
riojano que trajera años ha para deshacer los maleficios tejidos contra su
primogénito se hacía verdad en este instante y en cada ir y venir de sus botas
diminutas y colgadas del sillón supremo de sus ambiciones como cómicos
péndulos gemelos de juguete.
Tras haber comprendido en un destello el trabalenguas del brujo vasco que
hablara en español medieval al ver colgando así sus botas recién estrenadas, se
atoró en su rabia pero apeló a su brutal disciplina para vencerla y jurarse que su
primer acto de buen gobierno sería ordenar la reducción de las patas de esta silla
maldita hasta que el asiento le calzara como una máscara de su trasero.
Descendió con cierto cuidado del mueble masivo y se alejó apenas para mirarlo
mejor. ¿Cuántas gentes habían muerto por sentarse en ese almohadón hundido,
así fuera por una sola vez? ¿Cuántos asesinos lo habían logrado después de
comprarse varios pasajes al Infierno? ¿Cuántos habían fracasado tras haber
vendido al diablo su alma? ¿En qué legión de fieras inmortales había venido a
incorporarse esta noche como ninguna?  Todos, todos habían calzado en este
sillón maldito sin dificultad alguna, menos él. El flotaba allí arriba con las patas al
aire y mirando la mesa enorme casi, casi desde el puente de la nariz. El, que
comenzaba allí mismo a escribir la historia desde fojas cero.
Retornó al mueble, trepó con ira, se acomodó como mejor pudo y miró a sus
antecesores colgados en las paredes y atrapados en su día propio de gloria por
una cáfila de pintores mediocres. Ninguno le llegaría al taco de estas mismas
botas cuando él acabara sus negocios aquí, juró. Ninguno nublaría la memoria de
sus obras y trabajos cuando él dejara esta silla por última vez. Ninguno, ninguno,
ninguno, apeló a su mano izquierda para no gritar su ira.
El portón de doble hoja se abrió de par en par como violentado por un vendaval y
vio con claridad de fotografía la suela de la bota izquierda de paracaidista cuya
violencia cortara sus amarguras para transformarlas en terror primero y en furia
después, al comprobar que el coronel agresor se presentaba rodeado no de
tropas rebeldes sino de sayones conocidos, sus viejos compinches de tantas
hazañas, y era un prisionero borracho de las huestes vencedoras de esta gesta
gloriosa, de sus muchachotes leales.  
—        ¡Marito! ¡Enano de mierda! ¡Te has atrevido a hacerme detener! ¡Me han
puesto las manos encima, estos mierdas! ¡Por orden tuya! ¿Crees que no lo sé?
¡Me han pateado! ¡A mí! ¡A mí, Mario, a tu padrino, tu maestro, tu protector, tu
guía! ¡A mí, que te he puesto en ese sillón de mierda! ¡Porque, si estás allí, sabes
que me lo debes! ¡Yo te puse allí, yo te di el poder! ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡Sólo yo! ¡Pero
te sacaré de aquí como a un perro sarnoso! ¡Te…!
Un brazo poderoso en una manga olivo remangada ahogó los gritos del beodo. La
turba que entrara a galope se detuvo para abrir un corto silencio. Una pistola
apareció junto a la oreja derecha del bebedor gritón.
—        No, muchachos. No.  Así no. Que nadie diga mañana que comencé mi
gobierno con un crimen bárbaro.
Sorprendido por su propia tranquilidad, atinó a dar dos pasos hasta plantarse en
medio del grupo. Tuvo que levantar la cabeza para mirar el rostro furioso cuya
nariz hervía como olla a vapor. La boina tapaba los ojos enrojecidos y el bigote
era apenas una sombra, pero era el mismo enemigo que siempre buscara evitar
porque lo sabía un psicópata criminal. El hedor del alcohol acrecentó su fría furia.
—        Llévenlo al ministerio. Denle un buen baño y que se le pase la curda.
Trátenlo como se debe. Ya hablaremos mañana, él y yo. El y yo.
Como potros al escape, sus buenos muchachos salieron con tanta prisa como
entraran. Cuando los vio fuera, llamó con un grito corto.
—        ¡Marbel!
—        ¡A la orden, mi jefe!
—        Mátenlo a patadas, y que la fiesta dure toda la noche, ¿me entiendes?
—        ¡Es su orden, mi general!
Y esa es la leyenda que acompaña a la escalera principal del Ministerio del
Interior, un laberinto oscuro de ciento treinta gradas de cemento sucio y pulido por
un millón de botas, zapatos, ojotas y pies descalzos que casi siempre las usaron
para bajar pero muy pocas veces para subir. El muerto a patadas llegó a
conocerlas como a las manchas de su alma porque su agonía consistió en
medirlas con el cuerpo, con las piernas, con la cara y con la espalda hasta que
acabó por medirlas como espectro. Son sus gritos los que se oyen y es su cuerpo
el que se ve, en un uniforme hecho pedazos, cuando alguien jura que le ha visto y
le ha oído. Pero cada vez son menos.
* Con un surco equimótico
lateralizado, y la causa de la
muerte, un paro
cardiorrespiratorio como
consecuencia de una asfixia
mecánica.
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