LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Lunes - Segundo/4
Después de hacer cola como todo buen vecino para ocupar un taxi fabricado en
1965 con otros cuatro pasajeros y sus bultos y enseres, Huascar Endara Watson
se dedicó a fungir de turista durante la hora siguiente. A pesar de sus
circunstancias no pudo ignorar un calorcillo de alegría en su cansado corazón.
Era un chuta nacido en ese valle accidentado y un mar de recuerdos anegaba su
mente mientras el taxi viajaba sin dificultades por una carretera digna de Vermont
que hacía marcado contraste con sus alrededores.
Al llegar a la Ceja, el borde mismo del embudo colosal, y sin que nadie se lo
pidiera, el taxista buscó un hueco en la carretera y metió el coche allí para permitir
a sus clientes, todos extranjeros menos el hombre pálido encajado a su derecha,
un vistazo breve pero sustancioso de la ciudad que descubrían en ese instante.
— ¡Mamma Mia, bruta cosa, da vero!, estalló un compañero de taxi circunstancial.
Huascar descendió como los demás y estiró las piernas bajo un sol dorado que
había comenzado a calentar el planeta. Caminó hasta el borde mismo del
despeñadero que daba sobre la ciudad y ésta se ofreció a sus pies singular y
accidentada como sólo ella pudo haber sido.
— ¡Look, look! What the…. ¡This is great, man!, escuchó a otro marciano que se
restregaba las manos heladas.
Huascar podía ver cada calle, avenida, rascacielos y mercado nativo como si los
tuviera en la palma de la mano. Podía ver el Palacio Quemado, la catedral junto al
feo edificio, la Plaza de los Colgados en la que Murillo iniciara esa macabra
costumbre y las palomas que manchaban también el Congreso con un sentido
elemental de justicia. Podía ver el Mercado de los Contrabandistas donde
comprara pistolas, tacos de dinamita y otros juguetes durante su adolescencia y la
estación de trenes convertida luego en estación de buses desde donde salían los
pasajeros más humildes hasta el último rincón patrio.
La Universidad de San Andrés, ínclita, heroica, invencible y acribillada a balazos
durante una docena de combates, continuaba ocupando el lugar de honor entre
las construcciones modernas que pespunteaban la columna vertebral urbana a lo
largo de un hilo de agua sucia, el Río del Oro, Choqueyapu constante que
atrajera a tanto bribón durante los quinientos últimos años. Y más allá vio al
populoso Miraflores, donde cantara su serenata bajo una luna de plata antes de
aprender a afeitarse y donde vio el Estadio Siles, escena de lides futboleras
jugadas siempre en cámara lenta que Huascar recordaba porque de niño muy
niño viera a los aviones militares ametrallando inocentes que aullaban en sus
graderías.
— ¡Wow, wow and wow!, murmuró una gringa de aire cansado.
Vio el Puente de los Suicidas bajo el Laikakota glorioso, lomo de roca y escena de
otros incontables ejemplos del coraje de un pueblo que se placía en decirse "cuna
de la libertad y tumba de los tiranos" aunque cada esquina se marcara con un
hecho de sangre. Vio cómo se había extendido la mancha humana hacia todos los
rincones, las quebradas, las cumbres y los profundos recovecos de ese valle
surcado por mil riachos y se maravilló al comprobar que por fin agonizaría
asfixiada su ciudad porque el embudo legendario lucía ocupado por viviendas de
todo tipo y traza hasta su último pedregal.
— Looka that, man. What the hell is that? Oh, and look at that, down there!
— Man, this is weird…
— Yeah, but where's the coca?  
Desde el refugio improvisado de zinc y adobe para dos familias que Huascar tenía
a medio metro del pie derecho hasta la cumbre de cada montaña del borde
titánico del valle, los humildes de la tierra habían tejido una telaraña de senderos,
calles, callejuelas y avenidas que cubrían la tierra hasta llenar el ojo. Huascar vio
las huertas y los guindales en los que se proveyera de peras, manzanas, lujmas,
ciruelos y otros frutos dulces y amargos antes de salir en las audaces excursiones
de su niñez feliz hoy cubiertos de casas, carpas, cajas de cartón y cubos
caprichosos de cualquier material que pudiera dar refugio contra las lluvias
torrenciales que marcan las Alacitas y el Carnaval paceños. Huascar perdió el
aliento al comprobar la destrucción que habían sufrido no sólo una ciudad que
fuera el paraíso de los acuarelistas por su sol y sus colores, sino también cada
tramo de tierra que la rodeara hasta la orilla misma del Altiplano. Convertida en un
hormiguero literal pero humano, La Paz había encontrado por fin los límites que
jamás respetara y las gentes que la amaban la asfixiaban sin piedad.
— Come on, let's go! We're freezing here! ¡Let's go, man! Let's go!
El descenso hasta la Plaza aquella y el hotel donde pasaría una primera noche
confirmó sus temores. Una muchedumbre inquieta y nerviosa anegaba cada calle
colonial y cada avenida en el ir y venir sin rumbo de los desocupados y los
paceños se pasaban el día dándose de codazos y zancadillas mientras se las
rebuscaban para vencerlo como mejor pudieran.
Mirando desde el privilegiado asiento de su taxi, Huascar descubrió otro cambio
que sólo pudo traicionarse ante su ojo experimentado: los fracasos políticos de
casi medio siglo desde la Revolución del 52 habían clavado finalmente cuñas de
odio y resentimiento entre las razas que determinaban las clases sociales. Ahora,
transeúntes y conductores lanzaban palabrotas y miradas asesinas a diestra y
siniestra que traicionaban la fatiga de esa vida en masa de miseria constante y
agonía de la esperanza.
Huascar había visto sus luchas sociales y se había llevado consigo el orgullo de
pertenecer a un pueblo que jamás perdiera la nobleza, el coraje ni la generosidad.
Recordaba como si fuera ayer aquel incidente durante una asonada que no podía
fijar ya en el tiempo durante el que combatientes de uno y otro bando
suspendieran su intercambio de plomo porque una chola, toda vistosa en su
uniforme blanco con sus largas trenzas negras, pasaba por allí después de
comprar el pan caliente de la mañana para mimar a sus patrones. Mil veces había
relatado ese incidente con orgullo pícaro. Ahora comprendió la importancia de no
olvidarlo.
Tal vez las constantes traiciones de sus gobernantes terminarían por corromper a
sus gentes como había visto corromperse a otros pueblos. No había tradición de
secuestros, violaciones ni atentados contra la familia de los enemigos políticos
entre los suyos. No había costumbre de luchar entre sombras ni gozarse con el
sufrimiento del vencido. La corrupción de los niños transformados en matadores
no se daba aquí, entre los indomables destructores de dictadores. La violencia
era constante y era feroz, pero era una violencia entre hombres que respetaban a
los débiles. Huascar percibió que tal vez esos cambios luctuosos se habían hecho
posibles durante su larga ausencia. Tal vez la vocación de morir antes que
esclavos vivir había muerto asesinada por el hambre y la desesperanza. Tal vez
las gentes que veía transitar delante de su taxi habían decidido sobrevivir como
hienas. Por un instante, Huascar Endara Watson halló que su tragedia personal
era fruto de esa atmósfera nueva que descubría apenas llegaba.
Chola - Mujer del pueblo,
mundialmente famosa por
mantener milagrosamente
equilibrado en la cabeza su
igualmente famoso sombrero
de banquero londinense.
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