LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Lunes - Primero/3
Miami sólo ha visto un cambio en el siglo que concluye, pero ese cambio ha sido
más feroz que un terremoto; hoy Miami habla español. Como los gringos ancianos
que se fugaron a los suburbios y como el resto de la población del Imperio,
Endara lamentaba ese cambio porque la democracia de la vieja Florida había
cedido su lugar a las drogas, la violencia secreta, el sexo y sus degeneraciones,
el sudor y olor de chusma. Miami confirmaba de mil modos tristes la vocación de
tiranía del pueblo cubano, refugiado ayer de la dictadura de la Isla y constructor
desde entonces de la dictadura de la Península. No era extraño, pues, que en
Florida se diera el segundo golpe de estado más espectacular de la historia del
Imperio, El del Rey Jorge. Mientras la violencia y el terror dominaran su vida
política, las mayorías de habla hispana de Florida votarían como se les ordenara
que votaran, pues que nadie les garantizaba paz social ni seguridad personal, y
quienes fueran amigos de los dictadores de esta pequeña Cuba novísima podrían
alzarse a nivel federal con otra estafa electoral toda vez que quisieran. La Ley
agonizaba en Florida de modo tal que muchos la habían dado ya por muerta. Este
era el reino de Capone al ritmo de salsa.
La Casablanca de Occidente había sido siempre para Endara sólo la puerta del
Imperio impuesta por la geografía. Incapacitado de nacimiento para soportar los
totalitarismos encubiertos o descubiertos, reconocía en Miami una tierra prohibida
por los nuevos nazis a todo demócrata que se respetara. No tenía ni tendría jamás
negocio alguno en un lugar en que los capos colgaban con bruto orgullo enormes
retratos del General Pinochet en cada despacho. Sólo la necesidad le obligaba a
sufrir por unas horas y de lustro en lustro la atmósfera que tales criaturas
monopolizaban, y sólo en su aeropuerto. Sería con un suspiro de alivio que
gozaría del despegue que le alejara una vez más de esa dictadura local feroz y
nada secreta.
No antes, sin embargo, de sostener un diálogo pacífico, de ser posible, con otra
criatura relacionada con este medio y su principal comercio. Humberto Suárez
Suárez, hombre gordo y blanco como la leche, distinguido y distinguible por las
cadenas y cadenillas de oro que adornaban su amplio físico, bebía en lento
ceremonial un menjurje de color violeta bajo una palmera de plástico y detrás de
un maletón de dimensiones impresionantes.


Desde la ventajosa posición adoptada casi sin notarlo gracias a su larga
experiencia, el Coronel Mostacedo Cuaquines miraba sin mirar y se moría por
escuchar el diálogo que el hombre gordo de las mil cadenas de oro y el hombre
envejecido de la espalda encorvada parecían sostener sin grandes dificultades.
Girando apenas el perfil, dejó que su feo chaleco se abriera un poquitín e hizo las
fotografías apretando el tercer botón, tal como se lo indicaran. No figurarían entre
sus obras mejores pero bastarían para demostrar al cretino de Mike que había
valido la pena invertir en este viaje insoportable. Ahora, si sólo pudiera leerles los
labios de rato en rato… Leyendo la postura de cada quien, el Coronel concluyó
en que Endara despreciaba y se sentía repelido por Suárez y éste parecía más
que nada curioso sobre lo que Huascar parecía estar recitando. No levantó su
extraño brebaje sino cuando Endara, siempre el mismo, encendiera un cigarrillo
del que tiró dos humos antes de volverlo a apagar obedeciendo la ley local.
Tinino conocía a Suárez como valiente, hábil en el manejo de armas y venenos y
experto piloto. Era gordo, así que se disfrazaba de tonto. Dedicado casi desde la
niñez a los Cessna que estrellara, incendiara, alterara pero amara con gran
pasión, servía de modo leal pero sin exagerar las cosas a los hombres que mejor
le pagaban. Con la puntualidad de un cartero, Suárez dejaba caer sus bolsas y
paquetes entre los cayos de la Florida antes de acercarse con la cara de chino
inocente que Dios le diera a los controladores que sobornaba con oro muy fino y
polvos más finos aún.
Si, concluyó Mostacedo Cuaquines mirando a esa pareja extraña, Suárez se había
ganado en cierto modo el respeto de todos porque respetaba su propia palabra.
Pero, ¿qué negocio podía sostener con ese hombre acongojado que hablaba sin
parar mientras sus manos masacraban cigarrillos? Endara se había acercado a
Suárez sin dudar de que sería aceptado en su mesa. Se había sentado frente al
hombre gordo como quien se sienta para compartir con un hermano una anécdota
poco grata. Sólo ahora, una buena media hora después de darle a la sin hueso,
permitía Endara que Suárez intentara usar su reducido léxico para refutar,
posiblemente, sus sordas acusaciones.
Endara no pertenece a nuestro mundo, reflexionó Mostacedo. No nos conoce, ni
conoce a más de uno o dos de cada cien entre nosotros. Lo más probable es que,
después de veinte años de ausencia, ni siquiera haya llegado a enterarse sobre
las virtudes del Chino Suárez. Después de todo, Suárez es un privilegiado. Goza
de la más alta protección. Si ha llegado a creer que su avioneta es invisible por
estos lados es porque ni yo ni el cretino de Tosferino podemos tocarlo. Entonces,
¿qué negocios discuten allí, en mis narices, cuando Suárez sabe que estoy acá?
¿Es posible que me haya equivocado y que Endara lo ignore todo?



Huascar concluyó su relato tratando de controlar la angustia que lo dominaba.
Suárez lo miraba sin parpadear desde detrás de sus elegantes, caprichosos y
violetas lentes para un sol que casi nunca veía. Huascar comenzó a despedazar
otro cigarrillo que no podía fumar, inconsciente casi sobre el polvo de tabaco que
iba sembrando sobre la mesa.
Suárez recordó días muy lejanos hechos de caballos en la llanura infinita de
Moxos, las primeras mujeres de su vida, las escopetas que su padre les regalara y
una amistad casi infantil que lo convirtiera en deudor cuando el hombre este, este
mismo hombre de hablar nervioso y espalda encorvada, se viera forzado a matar.
Suárez vio a los hombres que habían salido para cazarlo, recordó la crueldad con
que habían arrancado a su mutuo amigo Rudolph Hinze la ruta por donde él
mismo y Huascar, entonces casi un niño, deberían seguir para retornar a la
civilización, y sintió por un instante el fuego del hierro de marcar que le extrajera el
secreto más importante, el nombre del último escondite de su padre.
Suárez se rascó la vieja cicatriz en el pecho y vaciló por un momento. El instinto le
decía que esta historia y el hombre apoltronado en un sofá que fingía dormir a
treinta pasos de su mesa estaban relacionados de alguna manera. Si bien estaba
casi acostumbrado a ver al sabueso durante sus viajes periódicos, esta vez nada
en su conducta justificaba el gesto de Tinino: había venido a verlo, pero él mismo
se dejaba ver. ¿Por qué? ¿Era su modo de advertirle que no se enredara con
Huascar? ¿Cuál era el secreto terrible que había convertido a Huascar en este
viejo casi histérico que lloraba a su hija sin saber quien se la llevaría ni por qué?
Suárez estudió a Tinino por un buen rato y decidió que su buen amigo Endara no
saldría vivo de esta mala aventura. Ese era el mensaje de Mostacedo. Manos
fuera de ese cadáver. Es mío. Esa amenaza era lo que Suárez leía claramente en
el hombre que dormía una siesta al filo de la medianoche, minutos antes de
despegar hacia su propio reino.
El Gordo Suárez había sobrevivido durante 23 años de duro oficio porque era un
jugador excepcional de póquer. Sabía evaluar perfectamente sus riesgos y jamás
jugaba con cartas en desventaja. Una carta que era siempre una desventaja era
una lealtad mal entendida. Una deuda moral de cuarenta años que le atrajera la
enemistad de dos gobiernos, la animadversión de los buenos muchachos de
Miami y las sospechas de la muchachada del Beni no era una mala carta. Era una
partida que no debía comenzar siquiera. Decidió cerrarla antes de empezar.
Inclinó la cabeza como un gato mojado y murmuró, entre dientes:
— Golpéame, Huascar. ¡Pégame fuerte!
Endara, sorprendido, atinó apenas a lanzar una bofetada de bolea con la
izquierda. Suárez se derrumbó como si se la hubieran dado con un tronco y habló,
tranquilo, desde el piso.
— Ahora patéame un par de veces.
Cogido del borde de la mesa, Endara le obedeció. Si no hubiera estado tan
nervioso hubiera podido ver al coronel. Sorprendido por la bofetada, Mostacedo
se reponía después de un buen respingo.
— ¡Jamás volverás a verme!
Endara sintió por un instante que todo estaba perdido. Nunca podría depender
sólo de Fresia.
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