LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Lunes - Primero/1
Huascar Endara Watson decidió viajar a Oruro cuando recibió el anular con la
sortija de plata. Abrió la caja, espió su contenido y lo entendió todo en un negro
destello de desesperación. Se sentó en un cajón de manzanas vacío en medio de
lo que fuera el comedor de su casa, encendió un cigarrillo y se perdió en la noche
mirando el humo hasta que dio con Isabelita, sus ojos verdes y su sonrisa irónica,
un poco triste. Isabela a los 17, su hija única, una mujer niña a la que no veía
desde que ella decidiera pasar un año de estudios en su país natal. Recordándola
extravió en el tiempo sus pensamientos.  
Después, los calambres en las piernas le forzaron a salir de la pieza oscura.
Caminó sin saber dónde iba y recogió las veinte colillas sin pensar en lo que
hacía. Fue cuando volvió para mirar, seducido, la caja negra y el mudo mensaje
de su contenido, en cuyo borde brillaba como joya una diminuta gota de sangre
congelada, que retornó al mundo de los vivos. De pie al fin, Huascar rebuscó con
furia entre sus bolsillos otro tabaco, no lo encontró, se deslizó sin romper el
perfecto silencio de medianoche que dominara siempre el condominio y buscó en
la cocina. Fumando allí, escuchó a su Creador.
"
La venganza es mía".
Como un lengüetazo de lava, un odio nuevo le golpeó el corazón. Pudo sentir la
presencia de la muchacha allí mismo, y podía imaginarla en un pozo, agonizando
de terror, con frío y con hambre, incapaz de entender lo que le sucedía. Imaginó la
venda improvisada y sucia en la mano derecha, pudo ver descalza a su hija. Vio
su cadáver. Un zarpazo hirviente le revolvió el estómago y lanzó sin poder
contenerse un vómito de bilis verde contra la pared. Luchó por respirar mientras
lloraba, gemía y se golpeaba el pecho, saltando de aquí para allá como un mono,
mordiéndose el puño para no aullar.
Tendido en el piso de madera, permitió luego que las horas lo aplastaran en su
silencio. No era el momento para emprender una tarea nueva. Había dedicado los
meses transcurridos desde la muerte de Julia a jugar con sus ideas absurdas en
la computadora, decidido a distraerse como mejor pudiera mientras esperaba su
propia hora, que supuso próxima. Después de la operación, de la que saliera con
bien porque todavía Julia estuvo con él, Huascar sintió una pena infantil por sus
piernas, marcadas para siempre por las horrendas cicatrices que dejaran los
médicos al arrancarle las venas que le salvarían el corazón. Con los progresos de
la sordera decidió que buscaría un modo de tomar un camino prohibido si las
cosas se hacían insoportables y tenía las tres píldoras anaranjadas en la billetera
ahora, disfrazadas de pilas para su cámara fotográfica. La idea general era, y los
médicos se la dejaron entender, que viviría casi cómodo los cinco años que las
estadísticas la regalaban antes de los quince minutos de miedo, dolor y angustia
que le abrirían la eternidad.
Huascar había aceptado ese destino sin queja porque vio esos años como un
obsequio inesperado durante el que podría explorar un par de ideas con el
juguete que le apasionaba. Por lo demás, también se ganaba sus dólares con esa
máquina, y había dejado su oficina tras su primer ataque porque había
descubierto que podía trabajar - traducir, hacer contabilidad, aplicar docenas de
programas - donde fuera que se hallara, donde se le ocurriera escapar. Era, para
él, un buen modo de dar fin a casi seis décadas de soledad y depresión de las
que ni siquiera Julia había podido sacarlo para siempre. Un modo que empezaba a
aceptar cuando descubrió tras la absurda muerte de su esposa que Isabela lo
necesitaría y que demandaba que la esperara hasta su retorno y tuvieran una
oportunidad de vivir juntos.
"Julia… ¿podrías tú ayudarme a encontrar a Isabela?"
De modo que Huascar decidió vender el condominio porque su hija preferiría vivir
en California, eligió liquidar los libros y los muebles y las cosas que habían hecho
los treinta años en que Julia hiciera lo imposible por hacerlo feliz antes de toparse
con la masa azul de un camión en una carretera por la que nunca antes había
transitado, y dedicó ese día último de paz y silencio a armar una pieza donde
agotaría el mes y medio que Isabela dedicaba a su patria lejana. Endara había
decidido aprender a cocinar porque ese sería su trabajo más importante durante
su nueva vida. En ese mundo debió haberse cerrado el día anterior.
Tendido hoy en el piso, sin el menor deseo de moverse ya más, Huascar
contempló el cambio que entrañaba este nuevo día maldito. Si bien conocía los
juegos de violencia y barbarie que practicaban sus compatriotas, le era imposible
comprender ni adivinar los del azar que habían condenado a su hija a un final tan
horroroso. Huascar no tenía dinero; nunca había jugado a la política. Con los
años, lo más probable era que los hombres que hoy practicaban esa profesión no
hubieran escuchado jamás su nombre porque eran jóvenes o lo hubieran olvidado
sin gran dificultad porque eran viejos.
Fumando, se dedicó a repasar los rostros que hicieran su historia personal
durante los años inciertos y no halló ninguno tras la barbarie que permitiera este
episodio. Huascar sabía que se dieron muchos que lo detestaran por lo que había
escrito contra ellos, algunos que le odiaron porque odiaban las ideas que él
defendía o, lo que era peor, las que se le atribuían, pero no pudo aceptar que se
diera alguno, ni siquiera entre los sayones que le torturaran en su hora más
negra, cuyo odio o cuya necesidad de venganza le llevara a concebir una suerte
tan terrible para una niña que era inocente de todo acto y quedaba, porque esta
era una tradición que siempre se respetó entre los suyos, más allá de toda lucha
política y fuera de todo conflicto por dinero.
La explicación no podía ser más sencilla. Su angustia al entenderlo le amenazó
con asfixiarlo. Se trataba de un error. Una estúpida confusión. Una tontería
cometida por algún degollador analfabeto, borracho y sucio, que había entendido
mal las instrucciones del hombre al que servía. Eso sería todo.
"Isabelita, Isabelita, hija mía… ¿Dónde estás?"
El sol de su primer día negro coincidió con esta conclusión. Huascar se esforzó
por ponerse de pie, se lavó la cara después de dos escalofríos y ordenó un
pasaje de ida. Agradeció sin pensarlo mucho que Julia ya no pudiera prohibirle los
cigarrillos y se tendió en la cama nueva que había armado en el piso de su nuevo
despacho. Llegó a convencerse de que jamás volvería a dormir poco antes de
caer rendido a media mañana.   
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