LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Lunes - Primero/2
La ruta comienza en National, ahora llamado Reagan como muchos otros edificios
y monumentos. Honra al creador de una nueva clase social gringa, los sin techo,
la primera familia de los cuales, padre, madre y cuatro hijos, fueran descubiertos
bajo un puente en Nueva York por mi vieja Minolta, recordó Endara sin desearlo.
Esa anécdota era prehistoria ya y Huascar apenas le concedió un rictus que
delató su sangre aymará. Reagan era también responsable de la conversión de
una magnífica flota aérea en estos insufribles buses del aire y de la reducción de
aquellos gloriosos almuerzos aéreos que son sólo leyenda hasta el maní y el agua
azucarada con que hoy insultan esos aviones a sus pasajeros: Gloria al Imperio.
Se acomodó como mejor pudo entre un trasero obsceno pegado a una mujer de
cabeza diminuta (uno de cada tres de estos monstruos es obeso, recordó por
milésima vez) y un perfumado representante del sexo feo convertido en una
caricatura gorda del bello sexo ("son tantos ya, que cada pene en condiciones
aceptables se paga en diamantes", escuchó Huascar a su amigo jesuita Ludwig
Hansen) para comprobar que sentado entre ambos dejaba malparada a la
estadística.
Antes de abordar había percibido varios rostros cobrizos como el suyo y algunas
miradas curiosas nada interesadas en disfrazar su curiosidad que le hurgaron la
identidad hasta cerciorarse de que había nacido en el Altiplano. Somos tan pocos,
se dijo, que nunca perdemos la esperanza de reconocer a un primo en cualquier
aeropuerto del mundo. Entre esos rostros vio uno tras unos lentes gigantes de
justiciero enmascarado que, debió concederlo, había sabido aceptar con gracia el
paso de los años: el Coronel Faustino Mostacedo Cuaquines, por mal nombre
Tinino, dedicado en sus mejores tiempos a las conspiraciones, la represión
política, el tráfico de drogas y el asesinato, intentaba sentarse entre otros dos
monstruos obesos, unas seis filas más atrás.
Huascar había admirado en Tinino la audacia que el militar hiciera evidente desde
muy joven. Valiente hasta la locura y aficionado a las balas y las mujeres, había
creado su propia leyenda cuando pusiera punto final a un cuartelazo tradicional
usando una tanqueta y sin ayuda de nadie: un hombre contra un regimiento.
Acusado años después de hacer las cosas de modo diferente al aprobado por la
DEA, Tinino había permitido que lo apresaran, lo deportaran y lo juzgaran en la
Florida para cambiar tres años en una celda limpia con comida decente por los
cinco que debió sufrir en Chonchocoro, donde corría el riesgo adicional de
terminar su condena saliendo con los pies por delante.
Huascar se preguntó si Tinino el legendario recordaría aún la noche tan lejana
aquella en que, cadete uno y escolar el otro, habían compartido durante algunas
horas la amistad de dos hermanas rubias y exuberantes. Espiándolo por el rabillo
del ojo, decidió que no. Lo decidió al verlo disponerse a una siestecilla de tres
horas y media, el lapso que les tomaría este salto entre la capital del mundo y la
Casablanca de Occidente. Dispuesto a sobrevivir esta desagradable experiencia,
el coronel había cerrado los ojos, abierto un feo chaleco y expandido el vientre.
Sólo los restos de un recorte militar del cabello y la costumbre de mantenerse
recto como una lanza delataban su profesión. Huascar se dispuso a trabajar
apenas apoyó la cabeza en la almohadilla de chiste que le ofreciera una camarera
vieja como la injusticia.





Había hecho tantas veces este viaje que podía recorrer el aeropuerto con los ojos
cerrados, pero siempre decía que un servicio de taxis entre los mostradores de
cada empresa hubiera hecho rico a su propietario. Esta vez siguió el largo
recorrido sin darse muchas prisas porque sólo tenía un maletín de mano y su
ordenadora colgándole del cuello. Así y todo, hizo el viaje a buen ritmo pero en no
menos de veinte minutos.
"Mi hija tendría… tiene 17 años."
Dio la vuelta a la última esquina y se encontró con su país reducido a una
estación de provincias. Maletas enormes y canastas cubiertas de coloridos
manteles se disputaban espacios con mujeres de pantorrillas formidables y
viejecitos notarios dedicados a espiar hombres y mujeres de todo calibre y
condición. Sus familiares más jóvenes luchaban a grito partido por los asientos de
la lata de sardinas aérea que les llevaría a casa después de atravesar océanos,
junglas, tormentas eléctricas nocturnas y los pedorreos de casi medio millar de
sus compatriotas.
En Miami y frente al mostrador de la línea de bandera era posible ya una visión
del conjunto que ofrecía una gran variedad en cuanto a razas, combinaciones de
razas, idiomas y mezclas de idiomas, idiosincrasias y actitudes que alcanzaban
casi a conformar un prototipo nacional pero se quedaban en ese infortunado
"casi" después de dos siglos. Huascar se maravillaba de que seres humanos de
apariencia y criterio tan diferente pudieran haber alcanzado ese aire de familia y
se lamentaba de que nunca hubieran logrado concluir ese proceso nacional.
Siempre en furioso conflicto consigo mismos, sus compatriotas sufrían afiebrados
un largo y horrible drama que los reducía y destruía con lentitud y la complicidad
del Imperio.
Esta vez, pero, encontró que la afinidad con que siempre había mirado las penas
y las vicisitudes de estas gentes se había reducido grandemente porque, sin
poderlo evitar, las acusaba y las hacía culpables de su tragedia. Inconsciente
como toda masa, también este puñado de mestizos hería, lastimaba y mataba con
la indiferencia de la más cruel de las bestias. Huascar se sorprendió poco al
adoptar allí mismo y del modo más frío y natural una divisa.
"La venganza es mía."
En una nueva y extraña paz consigo mismo, concluyó adormecido la etapa más
tranquila del vuelo que lleva cada medianoche hacia un mundo que es, para el
mundo, tan incierto y misterioso como la luna.
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