LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Lunes - Primero/4

"Las siete horas del vuelo directo desde la capital continental de las drogas hasta
una de sus subsidiarias de menor importancia cuyo nombre resultara una cruel
ironía son singular ejercicio que templa la voluntad de más pintado", leyó
Mostacedo Cuaquines por el rabillo del ojo mientras espiaba a Endara, cinco filas
más adelante. "Una urbe construida dentro de un embudo clavado en una enorme
mesa de billar que ha perdido el verde hasta reducirse a paraje lunar desafía la
imaginación del viajero más experimentado."
"Son parte empero de una experiencia inolvidable, sobre todo cuando se
comprueba que es posible llegar por aire a la capital del Altiplano y admirar,
privilegio de los elegidos, los tres picos formidables y mellizos del Illimani que
protegen desde hace milenios a La Paz de Ayacucho. Fundada cinco siglos antes
para celebrar la paz de Huarina, la ciudad se dedica desde aquel día a violentar la
paz y la conciencia de todo dictador asentado allí hasta acabar con él tarde o
temprano."
'Pero, ¿quién diablos escribe estas diabluras?', se preguntó el coronel, buscando
molesto el nombre de los culpables en la cubierta de la revista. No halló
responsable ni dirección alguna, de modo que sólo restaba continuar la lectura.
"Tal actividad explica el nombre de su Casa Blanca, el Palacio Quemado, y las
huellas de balas trazadoras y de las otras que afean sus más notables edificios.
Ciudad vertical, es la capital más alta del mundo pero no la más violenta desde
que Lhasa es china, y ello ha permitido el creciente flujo de yanquis y otros
indeseables conectados de un modo y otro con su actividad principal, la
exportación del polvo blanco que la ha puesto en todos los mapas."
Aplacado apenas, Mostacedo decidió matarse la molestia apelando a su
disminuido sentido de la moderación. Leyó: "Por aire para sus pulmones luchará
el pasajero durante los primeros tres días de su estadía, y esta segunda
experiencia singular debería convencerlo sobre la voluntad de los dioses benignos
sin nombre que protegen esas quebradas: nada le ayudará mejor a respirar y
sobrevivir que uno o diez mates de coca, esa humilde hoja que fuera sagrada
durante milenios y que la química moderna ha convertido en azote universal".  
Tinino se inquietó otra vez. Cosas así eran las que hacían día a día más difícil su
vida. 'Esto se está convirtiendo en un mar de competidores', se dijo, agitado.  
"No es extraña, pues, la popularidad de la cocción simple que aparece entre los
refinados dedos de los embajadores, los temblorosos de los viciosos, los amables
de las secretarias y los dedos gruesos de los hombres de empresa. El mate de
coca bendice, como la lluvia, a santos y pecadores y salva de taquicardias y
mayores males a miles de nativos y visitantes de año en año. Tanto es así, que el
Imperio no ha podido acabar con ella después de una guerra secreta de treinta
años que aún dura, aún dura."


Consideraciones similares que parecen interesar a los más lelos entre los turistas
de buena fe que se las arreglan para alcanzar el valle del Choqueyapu quedaban
lejos de la mente de Huascar Endara Watson mientras agotaba aquel amanecer
aporreando las teclas enanas de su ordenador. Empeñado en concluir una tarea
urgente que le liberara antes de su primer encuentro con las autoridades, Endara
encontró corto su vuelo y trabajó casi con angustia antes de sentir el frío que a
esas alturas penetra hasta el más caliente recoveco de cualquier nave.
Había desdeñado la tormenta eléctrica que espera casi siempre al viajero sobre el
mar de los piratas, había cubierto su ventanilla para impedir que los relámpagos le
cortaran la inspiración y se había acomodado de algún modo entre dos gorduras
respetables que acabaron con otro de sus prejuicios: no sólo en USA se dan
obesos. Estas gorduras distinguían a dos campesinos orientales (del Oriente
local, es decir) transformados por el Sistema en comerciantes empeñosos que le
trababan los movimientos.
"¿Dónde estará Isabela, Julia? ¿Dónde?"
Ahora, con las primera luces de un sol tímido que bañaba en pálido oro la panza
de una señora que vendía zapatos y modas en una tienda de Santa Cruz y
parecía portar la mitad de su contrabando dentro de esa exageración, Endara
suspiró tres veces, combatió a duras penas su necesidad de tabaco y decidió que
la cosa estaba hecha, aunque no las tenía todas consigo. Toda aplicación
pragmática demanda incontables pruebas antes de hacerse útil, y la suya no
escapaba a esta ley, reflexionó. Era lamentable, suspiró por cuarta vez, pero tales
experimentos no serían posibles. Sólo le quedaba su fe en sus habilidades de
fanático desde la creación de la Apple IIe, obsoleta durante dos décadas.
Endara cerró su máquina amada con el cuidado que le caracterizaba, la introdujo
en su abrigo de cuero negro cuidando de que cada pieza encajara en su nido y la
mantuvo sobre sus piernas, cubiertas ahora por la mesa diminuta en la que la
camarera de rasgos orientales depositaría su primera comida andina.  



Después de haber dormido como un niño y roncado como un aserradero,
Mostacedo Cuaquines abrió su ojo mejor detrás de sus lentes de vampiro y halló
que su ánimo prosperaba ante la idea de un buen café altiplánico y un desayuno
con ese pan francés acriollado, la marraqueta, mantequilla, dulce de cerezas y un
jugo de naranja, concesión al último conquistador que había sido acogida sin
protestas por la población autóctona. Por eso volaba siempre en la línea de
bandera, se dijo, porque apreciaba en su justo valor la cocina de su nato lar.
Consumido el tentempié, el coronel fingió precisar de un urgente desahogo y
caminó dando botes entre los codos de sus compañeros de infortunio. Endara
parecía tranquilo ahora, y hasta contento, mientras acababa con su marraqueta
enana. Mostacedo fue y volvió, apretó su tercer botón rogando porque el vientre
de esa buena señora no obstruyera la mirada de su cámara diminuta y volvió a
dejarse caer junto a dos tímidos civiles que conocían ya sus desplantes.
Restaba tan sólo la paciencia necesaria para vencer los siguientes quince minutos
y para que la puerta delantera se abriera, un ventarrón demoníaco congelara las
piernas de los presentes y Tinino se hallara, por fin y gracias al Diablo una vez
más, en la tierra que dominaba.


Después de esperar como siempre que descendiera el último pasajero, Huascar
Endara Watson ordenó con cuidado sus cuatro cosas, se puso un saco de cuero
que llevaba su buena década con él y se dispuso a descender por la escalerilla ya
vacía.
—        Bienvenido a La Paz, le sonrió la camarera morena.
—        Gracias, niña. Gracias.
Se detuvo en la puerta del avión para mirar y admirar al coloso de tres cabezas
que se cubría caprichosamente de nubes de algodón ante un cielo celeste que
sólo es posible en las películas de Disney. Esa vacilación le salvó de concluir allí
mismo su misión cuando la escalerilla se derrumbó con un estruendo de tren
subterráneo pero sin matar a nadie.
Sin queja ni vacilación alguna, Endara se dirigió a la cola del aparato para utilizar
esa salida. De algún modo que no se detuvo a analizar, vio en ese accidente un
gesto típico local para darle la bienvenida.
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