LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Lunes - Cuarto/1
Iban subiendo por los mismos escalones tristes de Todich por donde antes
bajaron cuando desapareció la pálida luz de los focos envueltos en cestas
mínimas de alambre grueso ubicadas de piso en piso.
— ¿Cuándo arranca el generador?
— En diez minutos.
Ni Tancara ni Mostacedo parecieron sorprenderse ante este contratiempo.
Simplemente dejaron de trepar y cogieron a Endara de cada brazo, como para no
perderlo. Molesto, Huascar se liberó sin forzar las cosas y encendió un fósforo
para fumar. La proyección de sus sombras bailarinas hizo más feo ese pasadizo
por un instante. Luego sufrieron una oscuridad total. Parados los cuatro,
esperaron en silencio. Huascar fumaba con garra.
— Ya pasaron esos diez minutos.
—  ¡Ah, esta gente! Alguien me va a responder por este disgusto, Mike.
— No les digas nada. Ya bastante tienen con todo lo que nos sucede.
— Mike, es casi el mediodía.
La voz de Morgan, agradable y amable, sorprendió a Endara por su tono. Pareció
que Morgan se había pasado la vida dando órdenes.
— Hay tanto que tienes que aprender todavía, Jim.
— Son las doce, Mike
— ¿Qué podemos hacer, Jim? Sólo podemos esperar.
Como para obedecerlo, la luz retornó. Tosferino y  Mostacedo treparon con cierta
prisa. Huascar los seguía, aún molesto, y Morgan cerraba la marcha.
— Yo me voy a mi hotel. Necesito descansar. Tú sabes donde estoy, ¿verdad?
Tancara no le contestó. Buscaba el vehículo en que habían venido. Escupió con
fuerza.
— No todo es coincidencia en esta vida.
El jeep apareció por una esquina y frenó aparatosamente frente a Tancara.
Tosferino abrió la puerta y dejó pasar a Endara. Después hizo un gesto con la
mano para despedirse de Mostacedo, que quedó parado en medio del patio bajo
un sol amarillo que le cegaba.
— Morgan va contigo y a mí me dejan en mi despacho.
Tancara habló en un perfecto inglés de Nueva York.  Endara tiró el pucho y trepó
al coche. Sentía por fin la fatiga del vuelo. Sin abrir la boca, esperó que lo dejaran
en su hotel.

35 mil padres de familia de El Alto marchan hoy hasta La Paz.
Alrededor de 35 mil padres de familia de las unidades educativas de El Alto marcharán hoy
desde esa ciudad hasta el Ministerio de Educación.
Las unidades educativas en la ciudad de El Alto son 210. Los padres de familia son 170.000.
El Presidente de la Federación de Padres de Familia de El Alto, Franklin Ignacio Lavayen,
explicó que la marcha se realizará por decisión de un ampliado en el que también se
determinó que no cederán en su propósito y que si no son atendidos ampliarán sus medidas
de presión.  
Pese a la intensa lluvia de ayer, los 35 mil padres de familia siguieron estoicamente su
movilización creando un gran congestionamiento de tránsito. La marcha forma una hilera de
varias decenas de cuadras.
Lavayen aclaró que su petición es de 607 ítems para maestros y 250 administrativos del
magisterio, que fueron prometidos durante las negociaciones con el anterior ministro de
Educación pero que no figuran en el nuevo Presupuesto General de la Nación.
Los padres solicitan una asignación presupuestaria más adecuada para el mantenimiento y
mejoramiento de la infraestructura escolar. Lavayen dijo que es necesario el aumento de por
los menos 50 ítems para el sector salud de El Alto debido a que el gobierno tampoco los
consigna en el nuevo PGN.
El dirigente recordó que el anterior Ministro de Educación se había comprometido a atender
este pedido, pero que las nuevas autoridades pretenden ignorar ese compromiso. Si así fuera,
anunció que se realizaría una huelga masiva de hambre en El Alto.
El nuevo Ministro del área, Javier Carvajal López, dijo que la actual política de austeridad hace
imposible la atención de las demandas para la ciudad de El Alto, y que todo lo acordado con
su antecesor será objeto de una revisión.


Huascar Endara cerró el periódico y lo dejó sobre la cama. Había cambiado terno
y corbata por una bata afgana no muy nueva pero siempre cómoda y escuchaba
los gritos, las voces y los petardos de los 35.000 padres de El Alto que habían
venido a matarle la siesta. Desfilaban ante un Palacio Quemado que había
cerrado sus puertas y ventanas para atrincherarse hasta que los manifestantes se
cansaran del jaleo.  
Después de un buen almuerzo en la grata compañía del joven militar disfrazado de
militar de vacaciones y del mate de coca obligado que le ayudaría a ambientarse
sin disgustos, Huascar había dado con la puerta en las narices de Morgan, al
parecer decidido a cumplir sus órdenes y acompañarlo hasta su dormitorio.
— El caso es que estamos buscando un cargamento de dólares que desafía la
imaginación: cien millones en billetes de cien. Uno creería que es muy difícil
ocultar semejante botín, pero estamos trabajando en ello desde enero, y nada.
Tancara le hablaba sin dificultad a pesar de los saltos y barquinazos del jeep.
Huascar recordaba su voz, fría y profesional, describiendo un problema
administrativo en su inglés de Brooklyn. La necesidad de hacer la única pregunta
que le tocaba se hacía tan urgente que Endara tuvo que forzarse un silencio para
no perder información.
— El dedo que le quitamos a Manopla traía un mensaje. La nota está dirigida a ti,
Huascar, como si hubieras estado en el país cuando agarraron a la chica. Y así es
cómo, sólo como un formulismo, voy a preguntártelo: ¿Estuviste en este país
antes de esta misma fecha, y cuándo fue tu última visita?
—  No. Vine hace cinco… No, hace seis años. Vine de vacaciones con mi familia.
Pasamos dos semanas muy agradables en Cochabamba y en el Lago. Pero tú lo
sabes ya, ¿no es cierto?
— ¿Morgan?
— Así fue, Mike.
—  Si, lo sabíamos. ¿Tienes alguna idea sobre los motivos que puede tener esta
gente para creer que tú, Huascar Endara Watson, sabes algo sobre este tesoro
en billetes?
— No tengo la menor idea, Johnny.
— Muy bien. Es lo que supusimos Morgan y yo, y así es nuestro informe. ¿Quieres
ver la nota?
— Por supuesto.
Tancara metió la mano en una cartera negra y extrajo un papel diminuto.
"Huascar: tienes siete días para entregar el paquete. Ya irás recibiendo noticias
mías. Como ves, aprendí a poner los acentos como se debe. Hasta pronto".
Tancara lo miraba con curiosidad, sentado a su lado y saltando con cada
barquinazo.
—Yo diría que este tipo te conoce. Diría que en este mismo momento sabes ya
quien es.
Mirando fijamente a Tosferino, Huascar mintió sin dudarlo por un instante.
— Juro que no tengo la más mínima idea sobre su identidad. No sé quien es.
Pensó, con odio: Paez.
Y ahora, tendido en cruz y con frío sobre la cama matrimonial, miraba en el techo
verde la cara horrible del mestizo que le insultara a gritos durante su noche triste.
Se veía tendido en una camilla sucia con un foco encendido dentro de una red de
alambre grueso pegado a los ojos para cegarle y escuchaba como sonsonete las
preguntas absurdas de Paez, que le quemaba las piernas.
Tendido en su cama matrimonial del Gran Hotel París, Huascar Endara Watson
agradeció al azar la presencia de Johnny Tancara, del Coronel Tosferino burlón y
cruel que, por fortuna, tenía al país en un puño.
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