LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Lunes - Cuarto/3
La costumbre de lucir impecable, limpio como un silbido y peinado como Carlitos
Gardel con gomina y todo le venía de los Jesuitas, excepto la gomina y todo. El
orden obsesivo con que manejaba sus expedientes era legendario entre amigos y
enemigos. Las maneras y métodos que había ido perfeccionando en su arte le
habían llevado a media docena de capitales para demostrar sobre ejemplares
vivos sus progresos e innovaciones con sencilla generosidad. Había practicado y
enseñado durante décadas ante la aterrada mirada de cientos de colegas
empeñados en la misma guerra eterna, siempre con éxito singular.
Una ventaja del odio que le guiaba desde la mañana aquella de su juventud en
que un bárbaro le destruyera las manos a patadas era la furia perenne con que
ardía. Jamás disminuyó, nunca le permitió una pausa. La simple presencia de un
extremista declarado como tal por un superior o por un subordinado bastaba para
ponerlo a tono con la tarea de arrancar a esa bestia todas las verdades que
tuviera entre oreja y oreja. Había aprendido a arrancarlas tan bien que muchos de
sus prisioneros, sobrevivientes aunque a veces no tan saludables como los
capturara, se sorprendían años después ante las verdades insospechadas que
este artista del terror había logrado hallar dentro de cada conciencia con la ayuda
de un lápiz Número 2, hielo, agua hirviendo y una u otra cosa de las que se
encuentran en cualquier cocina humilde.
Una de las razones de orgullo que más le complacía era la hermandad de los
elegidos a la que pertenecería hasta dejar este mundo. Si bien nunca serían
merecedores del aplauso público, el simple hecho de conocer y ser conocido
entre esas poderosas personalidades, sus iguales, le hacía miembro honorario de
catorce ejércitos nacionales calificados entre los más poderosos del mundo, de
medio centenar de servicios de seguridad y de la única entidad que había logrado
mirar este continente de la desesperanza como lo que debió ser, un sólo país sin
fronteras ni diferencias falsas, un país continental como lo soñara Bolívar. Era un
país sin nombre en el que todos eran colegas y amigos, un país inmenso y rico
por el que podía pasearse como si fuera su finca, un país casi infinito construido
por esa legión de héroes anónimos que defendían la libertad  hora tras hora en la
oscuridad y el silencio.
El Coronel Rafael Loayza Ondarza, a los 65, era una versión no muy común del
hombre feliz.
Amo y señor de una republiqueta invisible y millonaria compuesta por los hombres
más dedicados del mundo a ejecutar inmundas tareas para alimentar sus
degeneraciones muy propias y preservar sagrados aunque obtusos principios,
hacía lustros que no conocía la oposición de superiores (no los tenía), iguales
(tampoco) ni Presidentes (los ignoraba como un dios pagano ignora a los
hombres). Útil para tirios y troyanos, su memoria envidiable y sus legendarios
expedientes habían construido una red en la que todos se descubrían cautivos
tarde o temprano. Nada era secreto para Loayza, nada era nuevo ni
sorprendente. Nada imposible, tampoco: sembró de dobles suyos el país todo
hasta hacerse inmortal como los santos. Aprendió a descubrir y eliminar a sus
enemigos antes de que se supieran tales. Conocía el placer de la venganza
planificada y ejecutada durante años y libró varias partidas legendarias de
criminal ajedrez jugando a oscuras y venciendo siempre.
Su colega Pinochet había fanfarroneado alguna vez que ni la hoja más humilde
del árbol más despreciable se permitiría desgajarse sin permiso del Señor
General, pero este Señor Coronel aquí presente había experimentado ese poder
absoluto no con uno, sino con dos docenas de regímenes, y el suyo era un poder
sin freno que jamás perdería. Pinochet estaba caído ahora, viejo, enfermo, loco y
despreciado. Loayza continuaba gozando de la vida apacible y ordenada de un
millonario, disponía de todas las mujeres que deseara para hacer con ellas lo que
le viniera en gana, podía mandarse mudar a cualquier parte del globo sin hacer
otra cosa que abrir uno de estos cajones de juguete y sacar varios de sus
pasaportes. Tenía, además, una familia ejemplar, había educado a sus hijos en
las mejores universidades del mundo y había asegurado la buena fortuna de los
suyos por diez generaciones. Gozaría de los servicios del mejor hospital de la
capital del mundo cuando sintiera llegada la hora (pero no antes) y él mismo se
garantizaba la duración que le viniera en gana de estas labores que tantas
satisfacciones le habían dado.
En esta tarde de sol altiplánico que venía a visitarlo como una espada de oro que
iluminaba el retrato del Libertador y prestaba polvos dorados hasta al más
humilde  de los objetos, ese látigo de jinete con el que había logrado tantos
milagros, Loayza parpadeó dos veces porque el rayo de sol se estaba haciendo
en verdad espada y adquiría de milagroso modo las tres dimensiones de un arma
que sólo portarían los ángeles en sus luchas eternas, se convertía en un alfanje
sarraceno que renunciaba a sus dimensiones humanas para adquirir
proporciones de media luna desmesurada y se aproximaba a nuestro buen
coronel flotando como lo hacen esas cosas raras en las historias de espacio y
nebulosas, como si en verdad tuviera voluntad propia, animosidad e intenciones,
o como si una mano gigante lo guiara sin vacilar, convirtiéndolo en amenaza.
Loayza se puso de pie y empujó para atrás la silla de chiste que ocupaba cada día
mientras intentaba poner algún espacio entre el arma imposible y su reducida
humanidad. Sudando sangre y pálido como un muerto (en su caso, es un decir) el
mestizo despiadado retrocedió aún dos pasos hasta pegar con la espalda de niña
contra el borde inferior del enorme retrato al que insultaba con su admiración mal
entendida y que pareció vengarse por fin al caer con gran estruendo sobre el
militar enano.
Tendido de narices contra la alfombra indígena que renovaba a menudo porque le
había servido para cubrir la sangre de mil inocentes, Loayza adivinó la hoja
dorada que le acosaba en danza silente y en el quieto aire de sus penumbras
turbias como si un combatiente veterano estuviera blandiéndola con respeto y con
amor por el metal afilado para ejecutar una importante ceremonia. Dándose la
vuelta como chancho rengo vencido por una curiosidad urgente pero en verdad
suicida, el coronel de Policías lanzó un grito de degollado cuando la hoja de oro
descendió con lentitud insoportable y cortó su pescuezo sin prisa ni pausa, con
empeño pero sin urgencia, de una oreja y por la otra oreja hasta que, separada
del tronco enano, la cabeza peinada como Carlitos Gardel rodó medio metro con
gomina y todo y dio contra una pared.
De allí la extrajo una mano flotante, visible y también dorada para situarla con
cuidado amoroso que hubiera lucido burlón para cualquier observador que allí
brillaba por su ausencia sobre la mesa diminuta cual si fuera una manzana
horrenda para una maestra de pesadilla. Mirando aún aterrada al mundo que
creyó dominar, la cabeza comenzó a desangrarse de gota en gota, con la
indiferencia de toda cosa muerta.
Horas después, Mike Tosferino empujó la puerta presionado por la urgencia de
conocer el paradero de lo que quedara de uno específico entre los 35 mil
maestros que habían ido a pedir bancas y tizas ante el Palacio Quemado. Asomó
tímido una nariz resentida ante una peste insoportable y se halló con la cabeza
que le sonreía su rictus de muerte cruel en medio de un desorden de los mil
demonios, un caos total e incongruente con lo que había sido esa celda de
horrores durante 30 años.
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