LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Lunes - Cuarto/2
Sentado como robot en un sillón cómodo pero helado junto a la puerta de Endara
y con una ventana al frente, sucia en gris porque la arena del Altiplano está hecha
de cuarzo, Jim Morgan escuchaba el jaleo de los 35 mil padres de familia de El
Alto mientras trataba de hallar en el rompecabezas que le ocupaba la mente el
lugar preciso en que Huascar encajaría tarde o temprano. Su disciplina de acero
le permitía desperdiciar las horas con la indiferencia de un pies negro. Su cabeza,
ordenada como la caja en que Napoleón guardaba su estrategia, pasaba revista a
los incidentes de los últimos tres meses vistos con la limpieza de cadetes después
de una ducha. Cuando la intuición comenzaba a auxiliarlo escuchó el primer
disparo como si proviniera de la pieza de Endara.
Morgan se arrimó a la ventana y miró al techo. El caño de un M16 asomó un
instante después contra el cielo celeste e hipó un humo de nada. Morgan miró
para abajo, sobre la plaza, y vio dos o tres cuerpos tendidos mientras la multitud
se dispersaba en pánico, azuzada por esos chasquidos. Los militares locales
habían salido otra vez a controlar el desorden social. Los francotiradores,
apostados cada uno en su techo preferido, se dedicaban a su deporte preferido
como quien se pone a bajar patos. Morgan suspiró. Empezaba a sentir algo de
simpatía por los derrotados de siempre después de ocho meses en comisión. Más
si, como le sucediera, le tocara ver que algunos entre los difuntos eran niños.
Un susurro le forzó a volverse y vio a Endara que salía de su pieza tratando de no
dejarse sentir. Cuando se percató de que tenía a Morgan a un palmo de narices,
Endara sonrió como marido engañado y señaló a la ventana.
— Ya están matándose otra vez, ¿no?
— ¿A dónde vamos, Huascar?
—  Pues… Quería ver al Manopla, sobre todo porque pensé que no podré verlo
después de mañana.
Morgan no pareció sorprenderse. Tal vez Endara hallaría su lugar en el
rompecabezas sin notarlo siquiera.
— Vámonos, pues.
Descendieron en el ascensor estrecho pero de lujo de los años 20 y asomaron las
narices al viento frío de las cinco de la tarde. El jeep de Tosferino apareció como
un fantasma y ambos se deslizaron en los asientos para que el coche se deslizara
luego por la Calle Junín.
— El Ministerio.
— Right.
Endara no había notado que el conductor era gringo. Si lo era, pudo haber venido
de Nueva México. Los bigotes, el estómago ambicioso y la cara de indio provenían
de una película. Notó mentalmente que su capacidad para las sorpresas estaba
cerca del agotamiento.
Nueve minutos más tarde descendían por la escalera triste de Todich y pasaban
frente al despacho de Loayza, una puerta diminuta de convento. Endara la ignoró
totalmente mientras descendía de prisa arriesgando la humanidad en esos
escalones de cemento.
— ¿Qué sucede, Huascar? ¿Se le olvidó algo?
— Pues, si. Que el Manopla puede morirse.
Morgan golpeó un par de veces con sus llaves contra el portón despintado y éste
volvió a abrirse con crujidos premonitorios. Otro sayón con la misma cara imitó un
saludo militar sin llegar a tocarse la ceja.
— A la orden, mi jefe.
— Venimos a ver al Manopla.
— Está ayá, en el seis.
— Gracias, Manolo.
— ¿Son amigos, ustedes?
Morgan no le contestó. Recordaba la verdad aquella de que los torturadores y
asesinos de cada régimen son apenas una docena de monstruos. Tampoco aquí
variaba la norma.
— Arsenio. ¿Arsenio?
Endara penetró en la celda y se apoyó contra la pared. El lugar era tan estrecho
que sólo dejaba lugar para arrodillarse junto a la colchoneta. Endara se arrodilló.
— Manopla, soy yo. Huascar. Huascar Endara. No se si te acuerdas de mí. He
venido a verte porque me han robado a mi hija. El paquete que te quitaron era
para mí. ¿Sabes lo que contenía?
— No.
Tendido panza arriba, el hombre parecía estar tomando sol. Había cruzado las
manos sobre el vientre y esperaba el fin con los ojos cerrados. La sangre, oscura
sobre el rostro y la camisa, parecía barro.
— Era para un tipo llamado Tancara.
— ¿Te acuerdas de mí, Arsenio?
— No, pero no importa. Siempre digo la verdad, yo.
— ¿Quien te dio esa caja?
— El Mosca.
— El Mosca murió hace años en Santa Cruz. No pudo haber sido él. Tienes que
decirme la verdad, Arsenio. Tienes que ayudarme.
— Te digo la verdad, hombre. Yo nunca miento. ¿Acaso no sabes que soy yo, el
Manopla?
—  Si, pero… El Mosca murió hace años. Eso lo sabemos todos, Manopla.
— No era cierto, pues. ¿Cómo ha de ser cierto, si yo lo vi? Estaba con Margarita.
Morgan avanzó medio paso y forzó a Endara a cortar sus notas en la
computadora. Huascar miró al militar por un instante y volvió a su trabajo.
— ¿Margarita? Cuéntame de Margarita, Manopla.
— Ese chico que tienes allí y que huele a putas la conoce mejor que yo.
Endara se sentó en el piso de cemento y miró a Morgan. Escribía a toda prisa.
— ¿Jim Morgan? ¿Hablas de Jim Morgan?
— Claro, pues. ¿Acaso no lo conozco?  
Morgan miraba fijamente al preso. No pudo verle los ojos, y sintió que era
necesario verlos. Haciendo a un lado a Endara, se arrodilló y abrió el ojo derecho
de Manopla con ambos pulgares. Manopla lanzó un aullido. El ojo era un pozo
negro y vacío.
— Por amor de Dios… ¿Es que nunca me han de dejar en paz?
Morgan dejó en paz al preso y salió de la celda. El Manopla no estaba loco. No
había enloquecido después de su interrogatorio. Era probable, por tanto, que
estuviera diciendo la verdad. Morgan restregó los pulgares contra sus dedos
medio e índice e informó a Endara:
— Si lo que quiere es hablar con Margarita, yo puedo ayudarlo.
— Adiós, Manopla.
— Adiós. Y si puedes, se decente y saluda a mis padres.
Para lo único que te ha servido tu fortaleza, Manopla, es para sufrir estos
horrores, pensó Endara. Pero todo pasa, todo acaba y pronto descansarás.
— Los saludaré si los veo.
— No basta. Creí que eras un caballero.
— Los saludaré.
— Se agradece.
Endara salió de la celda. Había terminado su trabajo acá, y sólo quedaba esperar
las noticias.
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