LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Lunes - Cuarto/4
Iban subiendo por los mismos escalones tristes de Todich por donde bajaran
cuando desapareció la pálida luz de los focos ubicados de piso en piso y
envueltos en cestas mínimas de alambre grueso.
— ¿Cuándo arrancará el generador, como dijo Mike?
— En diez minutos, como dijo Tinino.
Volvieron a quedar parados en medio de la nada oscura y Huascar volvió a
encender un fósforo para hacer bailar sus sombras dobles durante un parpadeo y
lanzar el humo al techo. Esperaron. Sólo las teclas de la computadora provocaban
ecos del rechinar de los dientes de un pequeñín aterrado.
— ¿Trabaja hasta en la oscuridad?
— Sólo estoy haciendo una copia de lo que hice para no perder un solo bite.
—  Debe ser cosa muy importante.
— No. En realidad me está enseñando a perder la memoria porque ya no uso la
mía. Prefiero la de mi máquina.
— ¿Es que son tan maravillosas?
— Bueno, la verdad es que en mí es un vicio. Me ha liberado del escritorio y
puedo trabajar en cualquier parte. Puedo ganar dinero de hora en hora.
— ¿Qué hace?
— Traducciones especializadas y programas, más que nada. Dinero.
Un silencio húmedo les cayó encima. La simpatía mutua que habían estado
cultivando sin saberlo durante las horas pasadas les empujaba a hacer más
personal el diálogo, pero se resistían. Era duro el negocio que los había reunido.
Hallaron seguridad en el silencio. No había moscas que entraran en la boca.
— ¿Cómo es la historia de Margarita?
Huascar lo preguntó sólo por matar el tiempo.
— Es una pobre niña que anda por esas calles y está medio loca.
— ¿Qué relación tiene con Arsenio?
— ¿Arsenio?
— El Manopla.
— Debe haberle hablado en la calle. No pudimos hallar ningún antecedente. Ella
está loca desde hace unos cinco meses. Manopla cometió su tontería hace unas
tres semanas. Antes, no era más que un honesto empleado con una esposa
ambiciosa. No veo otra conexión.
— ¿Quién es Margarita?
— Margaret Kemp Bowen. Hace un año y medio, estudiante de Filosofía en
Minnesota. Se casó con Grover Jr., el primer hijo de Lady Láyqa.
— ¿Lady Láyqa?
— Esposa de Grover Wergeld, el zar de la vivienda propia.
— Ah, ese Grover.
— Tuvo un hijo a los dos meses de casarse. Lady Láyqa no aceptó el matrimonio.
Apenas llegaron removió cielo y tierra para separarlos. Grover Junior fue fácil. No
es más que un imbécil. Un trapo, en menos de su madre. Pero Margaret…
—  Creyó que estaba en América.
— Luchó como un gato montés. No duró seis semanas. Su suegra le quitó el
marido primero y el hijo después. Lo que no puede es matarla ni hacerla matar.
Su historia es conocida por todo el país. Así que ahora la nuera se pasa el día
ante la mansión de la suegra reclamando a su hijo y va perdiendo lentamente la
razón.
— Y ustedes, ¿no pueden ayudarla? Es ciudadana americana, al fin y al cabo.
— Pero los Wergeld son los Wergeld.
— ¿Tanto es así?
— La orden llegó de muy arriba. Debe millones a las cooperativas de vivienda en
Estados Unidos. Y, además, no es útil. Tiene tantos negocios…
—  Así y todo…
— No podemos hacer nada. Créamelo usted, Huascar.
— ¿Sigue con sus brujerías la Sra. Wergeld?
— Así dicen las malas lenguas. Yo sólo la vi dos veces y me impresionó bastante.
— ¿Por qué?
— La verdad, nunca vi una piel así. Es negra. Negra como el betún, como la
noche, como el azabache.
— Antes, hace muchos años, me dijeron que existe una tribu así en la zona de
Oruro. Seguramente ha visto usted otros representantes del mismo grupo.
— Pues, no. La verdad es que su piel es algo que me impresiona. Hasta el blanco
de los ojos es oscuro, no blanco.
— Bueno. Entonces Margaret tiene razones para temerle.
— Qué va. Se pasa, las horas maldiciéndola y reclamando a su hijo.
—  ¿Qué hace la policía?
— Nada. Debe ser el único caso local en que pesa más la opinión pública. Todo el
mundo la conoce y todo el mundo la protege.  Es algo muy especial.
— Bueno. ¿Qué le parece si vamos subiendo agarrados de la mano?
Morgan rió de buena gana. Era una risa de chico. Sincera y fuerte.
— No es para tanto, pues. Vamos subiendo.  
De escalón en escalón, tanteando las paredes, alcanzaron el patio del Ministerio.
SIGUE
INDICE
Si, quiero este libro en PDF!