Su Opinión
Katrina: ¿El “Odio de Dios”?

Parece que el primero que vio en Katrina una expresión del “odio de Dios” fue un fanático
cristiano que vio en las nubes de humo de una planta incendiada de petroquímicos en
Nueva Orleans el perfil de un feto humano.
Tardó más en reconocer ese feto como signo milagroso que en publicar a los cuatro
vientos – y en el Washington Post del 4 de este terrible septiembre – su certidumbre de
que Katrina fue el castigo divino contra las libertades sexuales sin precedentes de que
goza (o sufre) su país.
Esta caprichosa interpretación de una fenómeno natural – igual a cualquier llovizna de
verano – es importante porque el Presidente de los Estados Unidos milita, expresa, vive y
siente su vida espiritual en los mismos términos que el idiota ese de Nueva Orleans
aficionado a ver fetos a diestra y siniestra: el singularmente nefasto Jorge Bush es un
fanático religioso cuya última hazaña anterior a Katrina consistió en dudar seriamente de
Darwin y su universal “teoría” y promover la difusión y enseñanza de algo llamado
“Diseñador Inteligente” como teoría científica cuando hasta los niños de teta saben que
Dios no es aceptado por la ciencia porque no es un fenómeno demostrable, no porque es
tan poderoso que da susto.
Las grandes mayorías entre los seis mil millones de bípedos parlantes que asfixian el
planeta ven como ridícula y absurda la afirmación del hombre del feto de humo, pero el
hombre más poderoso de la tierra está seguro de que ese feto de humo fétido es
expresión de la Voluntad Divina, así completa y con mayúsculas.
Lo sabemos porque una de las hazañas del Presidente Bush ha sido el de torpedear y
violar la Constitución que juró defender en 2000 y que prohibe clara y tácitamente la
confusión del Estado y la Iglesia – la religión y la política – en la vida pública de su país
porque tal confusión es y será siempre causa de incontables males.
Bush comenzó creyendo que Dios le dio la Presidencia. Poco después creyó que Dios le
había elegido como campeón en su guerra contra los infieles del Islam; meses más tarde
se creyó la Voz de Dios. Como vemos todos, hoy se cree Dios mismo.
Cuando la religión se hace Ley (como sucede ahora) y los fanáticos gobiernan el mundo
(como ahora sucede) toda religión se sirve de fanáticos para demandar la matanza de los
fanáticos de otras religiones, como sucede hoy en día y cada día en Irak, Afganistán y
sabe Dios (pero no interviene) en cuantas guerras secretas que la prensa americana y
mundial ignoran.
Pero el caso es que para Bush Katrina viene marcar el día en que Dios le pateó la taba
para hacérsela caer de culo, como decían los gauchos de la pampa ilimitada.
Razones para creerlo no le faltan: Hace siglo y medio que Nueva Orleans es conocida
como “Sin City”, la Ciudad del Pecado. No vaya usted a repetirlo, pero el día en que
Katrina llegó a Nueva Orleans la ciudad del pecado estaba lista para celebrar una
fiestonga orgiástica de esas que han dado tanta fama  a su carnaval, una fiesta pública
llamada “Decadencia Sureña” que iba a reunir  175.00 homosexuales en calzoncillos y sin
sostenes en un desfile de siete horas por la Bourbon y otras calles del lugar.
Tampoco vaya usted a decir nada a los niños, pero casi toda la literatura que ha puesto a
Nueva Orleans en el mapa se refiere a sus afamados prostíbulos, sus lujosas casas de
juego, el comercio humano de chicos y grandes vendidos y comprados para satisfacer los
gustos sexuales más odiosos que pueda usted imaginarse (“¿con un chancho, caramba?
¿Con un chancho? Con un asno, vaya y pase, pero ¿con un chancho?”) y los casinos
flotantes que terminaron aplastando casas de huérfanos cuando Katrina los hizo volar.
El Estado de Luisiana es uno de los más corruptos de la Unión americana y su historia,
como las de Baton Rouge y Nueva Orleans, nos permite ojear – y hojear – el decurso de
un núcleo social en el que la corrupción no sólo es el núcleo de su vida cívica, sino el jugo
que les hace interesantes. Casi todos sus gobernadores han sido héroes fantásticos de
billonarios escándalos y casi cada funcionario es un pillo con cara de momia.
No es extraño entonces que lo que llamaremos aquí el delta del Mississipi por pura
comodidad haya resultado una gigantesca cicatriz del capitalismo desenfrenado que
Katrina ha destapado no sólo para mostrarnos medio millón de negros tratados como
animales –Mamá Bush lo vio al tiro – desde la fundación de la República, sino también
para forzar el estallido de una masa asquerosa de toneladas de residuos creados por los
ricachones gringos durante 50 años que el Washington Post llama en su editorial principal
del 10 de este negro septiembre “Sopa Tóxica” y que consiste en un regalo que USA hace
al Golfo de México y sus desgraciados vecinos del Sur.
Esta Sopa Tóxica se compone, y aquí citamos al honorable Post, de “pesticidas,
herbicidas, químicos domésticos, gasolina, petróleo crudo, asbesto, metales de baterías,
residuos de basurales y residuos industriales, bacterias de cadáveres humanos y
animales, un alto contenido de plomo, resultado de los asaltos industriales contra el
ambiente de la Luisiana” y otras porquerías que han compuesto un caldo denso y caliente
durante los diez días en que dominaron Nueva Orleans y amenazan ahora con provocar
una peste negra de proporciones acordes con el nuevo milenio.
Esta sopa tóxica es también la razón principal por la que las autoridades militares que
ocupan Bagdad.. es decir, Nueva Orleans han declarado una censura total de prensa
desde el día 9 de este septiembre negro, lo cual explica los “10.000 muertos” que vienen
anunciando las autoridades desde el Día Uno sin decir, claro, cuantos morirían de bala: la
evacuación forzada de negros, blancos, grises y cobrizos comenzó un día antes, como no
todos saben.
Es indiscutible que la pateadura moral – y universal - que viene sufriendo el Presidente
Bush a causa de su despreciable conducta desde el día mismo en que Katrina visitara su
país habría llevado a cualquier persona de mejor calidad humana a pensar en una
renuncia casi honorable para evitar una defenestración jamás mejor merecida.
Pero sucede que sus compatriotas forman el núcleo mayor de imbéciles políticos que haya
visto esta sufrida humanidad y el Presidente es para ellos más divino que Dios y más
intocable que un leproso. Dada su capacidad casi ilimitada de detestable cinismo y su
evidente estupidez, tal posibilidad es nula.
Por otro lado,  su singular ignorancia y su natural desprecio por todo ejercicio intelectual le
llevan fatalmente al tipo de superstición que le hará ver clarito el feto aquel que hizo el
humo sobre Nueva Orleans y su personalidad elemental y salvaje no podrá evitar la
superstición propia de todo ente incivilizado: “¿Es ese feto el signo de Dios, que hoy me
castiga?”
Millones de árabes juran y perjuran que así es y lo vienen gritando durante diez días por
emisoras de radio, TV, a grito pelado y por el Internet. El General Boyd, Jefe de Espionaje,
Contraespionaje y Tortura en Irak (ese que juraba: “mi dios es más poderoso que tu dios,
y por eso te torturo y te mato”) debe estar sufriendo pesadillas con este tema noche tras
noche.
Afortunadamente, todos sabemos que no es así, que Katrina  es un fenómeno puramente
natural, como una diarrea, digamos, y podemos dormir tranquilos: Dios no se metió en los
líos de los hombres durante seis mil millones de años. ¿Por qué habría de intervenir
ahora?   
Sept. 2005
Arturo