LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Jueves - Primero/3
Osmar Jancko Delgado se elevó entre las nubes tras dar un golpe suave al timón
e imitó a Don Colón en su ruta hacia Occidente. Decidió perseguir al sol. Desde
su posición privilegiada, la singular configuración del país que casi no recordaba
se le ofrecía como un tablero para jugar con soldados de plomo: el verde
esmeralda de las selvas vírgenes de la patria dejaba lugar al  pardo marcado por
valles y colinas para cambiar por el azul metálico de las cordilleras antes de dejar
el campo visual al azul más femenino del Pacífico, todos sembrados de nubes en
esta gloriosa mañana. Era un mundo bello en verdad a pesar de las manchas
horribles marcadas donde hubo riqueza por la ambición insaciable de los hombres.
Sin tiempo para filosofías, nuestro David indio imprimió otro golpe leve al bastón
que llevaba entre las piernas y la nave se inclinó para mostrarle lejano el brillo y el
reflejo de la vivienda de los hombres encajada en las faldas del titán de tres
cabezas blancas. Este era, como para miles de hombres llegados al Orkojahuira ,
el lugar donde Osmar buscaría su fortuna. Con éxito, sería un hombre rico antes
del fin del día siguiente. Jancko dedicó una sonrisa irresistible a la Diosa Fortuna,
suya por libre elección, y buscó con avidez la carretera que une el lago Titicaca
con La Paz de Ayacucho.
Dos parpadeos después había ubicado esa ruta y tres minutos más tarde volaba
silencioso haciendo silbar el viento bajo sus alas y buscando un lugar apropiado
para posarse de la forma más breve posible. La atmósfera pobre de oxígeno
obligó al aparato a corretear durante doce minutos interminables, pero finalmente
no hubo más sonido que el eterno silbar del viento del Altiplano. Osmar condujo
su avión como si fuera una motoneta, lo sacó de la carretera, lo metió en una
hondonada apenas visible y finalmente apretó el botón rosado que tenía cerca del
codo izquierdo. Un silbido que traicionaba la fuga del aire comprimido lanzó al
cielo una gran carpa de seda liviana pintada de negro por dentro y de camuflaje
militar por fuera. Cuando el silbido se apagó, el avión era invisible desde el aire y
desde la carretera. Sólo un indígena que se diera de narices contra el aparato por
andar muy ocupado en su quena o con su llama podría descubrir el ave de
aluminio negro. Osmar saltó como una pantera y puso ambos pies por vez primera
en su tierra.
Cincuenta pasos más adelante halló la carretera antes mencionada y cien pasos
hacia Oriente le llevaban ya hacia La Paz cuando pasó lenta una camioneta verde
palta madura con una rubia al volante. Osmar bendijo su suerte porque nunca le
abandonaba y lanzó una sonrisa tímida pero irresistible contra la rubia. Esta acusó
el impacto al abrir la boca como una trucha en el acto de pasar a peor vida y
aplicó ambas botas  al pedal del freno. La camioneta levantó una tormenta de
polvo gris antes de detenerse. Osmar corrió tras ella con su paso atlético de joven
griego, dio un salto admirable por su extensión y clavó el pie izquierdo en la
pisadera derecha del coche, acto que situó su cabeza de gladiador romano a dos
centímetros de los ojos azules protegidos por lentes de lectora voraz de la rubia
que resultó pecosa.
—        ¿Me lleva, oiga?
La pregunta correspondía al papel de chuta aborigen que acababa de adoptar
Osmar. Dicha en un castellano cerrado de erres que lastiman el paladar, resultó
increíble para la dama, una paleontóloga que pasaba su año de estudios cavando
junto a la Puerta del Sol, allá en Tiahuanaco. ¿Cómo era posible que este
ejemplar se le hubiera escapado durante los doce últimos meses?, decían sus
ojos apenas bizcos.
—        Sips.
La respuesta, en el castellano más castizo de la zona, demostró a Osmar que su
suerte iba con él, y cargada de entusiasmo. De dos trancos se deslizó por la
ventanilla en el asiento libre a la izquierda de la dama y lanzó destellos juguetones
desde sus negros ojos.
— ¡Gracias, Mamitay!
La mujer, que no parecía núbil o cosa parecida, decidió dejarse de bromas porque
trescientos días en la soledad del Altiplano dejan su huella en toda constitución
saludable. Uniendo la acción al deseo, atrasó su viaje en sus buenos 45 minutos.
Después, ya saciada y fumando satisfecha, aceleró mientras Jancko trataba de
recuperar el ritmo de su respiración.
—        Yo soy Virginia.
—        Nadie lo hubiera creído.
En silencio, y haciendo promesas dulces con los ojos, ambos extraños
continuaron su viaje mientras el Illimani, Padre de las Montañas, crecía a ojos
vistas en el parabrisas.
Orkojahuira = Río de la Plata,
un riacho de La Paz.
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