LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Jueves - Primero/2
Grover Wergeld Calaumana había situado su enorme escritorio frente al renovado
ventanal que le ofrecía desde su piso décimo noveno un espectacular panorama
de la ciudad vertical que detestaba. Tal situación le daba el gusto de ofrecer la
espalda, y a veces no sólo la espalda, a sus visitantes. Esperó el sol del día
repasando sus posiciones porque no podía abandonar esa mala costumbre.
—        Grover, La Sra. Wergeld está aquí.
Wergeld dejó caer el lápiz que masticaba con furia canina porque la dieta que se
forzaba a seguir lo estaba matando de hambre y miró al intercomunicador como si
la máquina hablara ruso.
—        ¿Quién?
—          La Señora Ifigenia de Wergeld.
—        ¡Que pase! ¡Que pase ya mismo!
—        Grover… Su Excelencia, el Señor Presidente….
—        Ahora no, Lucy. ¡Ahora no!
Maldiciendo entre dientes a la estúpida secretaria esa que le ponía en estos
trances, Grover se dispuso con rapidez admirable a dar su mejor cara a la
madrugadora que había venido a sorprender a todos con una visita no anunciada.
—        Buenos días, Grover. Te ves mal. ¿Es que nunca desayunas?
—        ¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo dijo? ¿A quién pagas entre mis sirvientes
para…?
—        Cálmate, cálmate. Es sólo un intento de romper el hielo.
La voz de Blanca Nieves tenía algo de hipnótico.
—        ¿El hielo? ¿Hielo, dónde? ¿Por qué hablas así? ¿Es que sabes algo que
no sé yo?  
—        Es un modismo, cretino. ¿Quieres calmarte, o debo usar mi viejo remedio?
—        Estoy tranquilo, Lady Láyqa. Ya estoy tranquilo, mira tú. Pero tu visita me
ha descompaginado el día, por decir lo menos.
—         Pues vengo porque parece que las cosas están escapándose de tus
manos, generalmente hábiles.
—        ¿Cosas? ¿Qué cosas?
—         La muerte del coronel Loayza, por ejemplo. El incendio del general García
Massa en Chonchocoro, que no me mencionaste nunca, ¿o si? No vimos algo así
por acá durante los últimos 500 años, por lo menos, y tú ni me lo mencionaste.
—        Nada tuve que ver con lo de Loayza.
—        Lo sé. Lo que me preocupa es que no sabes quien lo envió al cielo, pobre
caballero.
—        ¿Lo sabes tú?
—         No. No lo sé… Y me preocupo porque eso es algo que no sucedió jamás
antes.
—        ¿La muerte de Loayza?
—        No. Una muerte importante sin que nosotros conozcamos sus detalles. Un
asesinato sin asesino. Eso es nuevo para ti y para mí, ¿no te parece? Ahora son
dos esas muertes, y tú, en ayunas.
—        Tancara me hizo la misma observación, o algo parecido. A propósito: está
tan cambiado que ni su madre lo reconocería. Anda declarando su predilección
por su tía Ifigenia a diestra y siniestra. Es algo ridículo, si quieres saber mi opinión.
—        Si, lo he hechizado. Ese hombre ya no tiene secretos para mí.   
—         Bueno, él se preguntó lo mismo sobre Loayza y piensa que hay  aquí un
nuevo personaje decidido a quitarnos el fruto de nuestra labor y quedarse con la
parte del león. Yo no lo creo. Yo creo que Loayza murió de viejo y lo demás son
cuentos del Tinino. Tú conoces al Tinino, ¿no?
—        Bastante bien, y por eso no le creo metido en ese entuerto. ¿Sabías que
secuestraron a la hija de Mike en Suiza?
—          ¿Cómo no, pues? Fui yo quien se lo dijo. El pobre no sabía nada hasta
que yo…
—        Cállate, por favor. ¿Sabes que Endara ha desaparecido?
—        No ha desaparecido. Lo tienen en Interior. Fue Mike… o Tinino. Ambos
querían hacerle una cuantas preguntas con algo más de seriedad. Cien personas
vieron el coche de Seguridad en el Prado cuando se lo llevaron.
—        ¿No usaste tú por primera vez un jeep del Ministerio para robarte algunos
presos?
—        ¿Yo? Yo nunca…
—        Grover….
—        Yo no tengo a Endara. Juro.
—        Yo no dije que lo tuvieras. Ni se me pasó por la cabeza…. ¿Por qué
habrías de atraparlo? ¿Por qué…? Déjame… Un instante… Porque se te acabó la
paciencia y decidiste dar los glúteos de Endara a tus mimados, ¿verdad? Porque
quieres ese tesoro para ti solo y estás dispuesto a todo para encontrarlo, ¿no es
cierto?
—        Lady Láyqa, yo…
—        Te conozco como un libro abierto, Grover. Eres mi marido. Dime la verdad.
—        No tengo a Endara, juro.
—        Mírame en los ojos. ¿Por qué lloras?
—        No lloro. Tengo alergia. No tengo a Endara. No tengo a Endara…
—        Bueno, está bien. Cálmate. ¿Qué te dijo?
—        Jamás lo creerías.
—        Dímelo, Grover. Dime lo que Endara te dijo, por favor.
—        No, que son tonterías. El miedo le hizo decir cosas que…
—        ¿Qué te dijo?
—        Lady Láyqa… Ifigenia…. Dejemos las cosas, así, por favor.
—        ¿Se murió?
—        ¡No! Las cosas que me preguntas…
—        ¿Dónde está?
—        Aparecerá en cualquier callejón el momento menos pensado.
—        Mejor así, Grover. La violencia sólo engendra violencia, como siempre te
digo.
—        Hablando de lo cual… Ramiro me deshizo el cuarto de consultas en el
Chapare. El de Ivirgarzama.
—        ¿Estas seguro?
—        El mismo me lo dijo entre ajos y cebollas. Y se metió nomás en la mina de
Oruro. Para nada. Nunca consigue lo que busca pero arma cada destrozo, que no
te digo nada. Haz algo, Lady Láyqa.
—        ¿Pero qué?
—        La cura de alcohol.
—        No te atreverás…
—        Nos cuesta millones el muy bandido, Ifigenia.
—        Bueno, Lo haré. ¿Qué hay de lo demás?
—        Tendrás un informe por triplicado sobre cada caso antes de que termine la
tarde.
—        Bueno. Así me gusta. Adiós, buen mozo. Ven para que te de un beso.
—        Ay, Lady Láyqa. No juegues conmigo.
—        Ven para acá, feazo. ¿Acaso no sabes que siempre te he amado?
—        Ifigenia, Ifigenia…. No tienes corazón…
—        Vamos, Grover. Ya estamos viejos para estas cosas. Ven que te bese.
—        Siempre se tiene 20 años en un rincón del corazón, dicen.
—        Eso no va contigo.
—        ¿Tienes tú el tesoro, Ifigenia?
—        ¿Yo? ¿yo? ¿Estás loco?  Cómo se te ocurre… ¡Qué cosas dices, Grover!
—        Perdóname, Lady Láyqa. Estos no son mis mejores días…
—        Ya lo estoy viendo. Mejor me marcho. Me das cada arrebato…
—        Perdóname.
—         Adiós, Grover.
—        No te olvides de curar a Ramiro.
—        Desde mañana será otro hombre.
SIGUE
INDICE