LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Jueves - Primero/1
Osmar Jancko Delgado era un tipo ideal: era el modelo vivo del que Cecilio
Guzmán de Rojas hubiera copiado sus hombres aymarás para sus pinturas hoy
casi olvidadas. El rostro, inalterable, aquilino y tallado en color bronce oscuro para
resaltar la nariz india recta y poderosa, y los ojos, rasgados y embrujadores sobre
los pómulos pronunciados de su raza andina, hacían fina armonía con una
copiosa y larga cabellera lacia y azabache, con la boca, pequeña y marcada por
un rictus misterioso, y con el cuerpo, no muy alto pero bien proporcionado, fuerte
pero sin esos absurdos musculares tan populares desde Shwarzenegger, sólido y
felino, de hombros de luchador y caderas de niña virgen. Para las mujeres que
alguna vez lo devoraran con los ojos y con órganos más agresivos, Osmar Jancko
era un bocado de cardenal, sobre todo en Roma y a tres cuadras del Vaticano,
pero no había conocido a ninguno: era un macho de pecho lampiño tal como se
los concebía en su cumbre natal.
Era también el orgulloso servidor, protector  y, cuando ocurría, amante de la mujer
que le había convertido en un luchador con andares de fantasma y  manos
asesinas después de capturarlo cuando iniciaba su adolescencia y cambiarle un
mundo que cabría en un pañuelo por el mundo ancho y ajeno que jamás se
cansaría de explorar.
Este amanecer lo sorprendemos como piloto de un Phantom F-345 negro y
ultrasónico que va cortando una estela de vapor sobre la selva amazónica, hace
dos piruetas de esas que se  ven en el cine y parecen cosa de nada y se clava de
nariz durante siete segundos para rozar la copa de los árboles y dejar tras suyo
una bola celeste que se trueca en ave y desciende sin un rumor hasta rasgar con
su presencia las verdes aguas de una laguna de flamencos que crean una nube
rosada y viva al espantarse.  
El roce de las aguas tibias frena al vehículo que se hace piragua y termina por
deslizarse entre las sombras de los manglares para depositar, sin que se moje un
pie, a una señora magnífica en la flor de la edad que da un paso delicado para
volver a pisar su patria. Protegida por una armadura de cuero o cosa parecida y
por un casco la mar de elegante, avanza sin poder disimular su paso de reina y se
introduce sin mayor dificultad en una de las sendas que recuerda con la exactitud
y el cariño de quien jamás termina de extrañar su cuna. Fue aquí que… Pero deja
huir ese recuerdo y se empeña en alcanzar el caserío vecino a la tumba humilde
que ha venido a saludar. Avanza, pues, a un paso vivo que resalta las formas
deliciosas que la distinguen tanto, y busca los techos de zinc y la gran roca bajo
los que jugara con sus muñecas improvisadas.     
Cuando muere el día alcanza a vislumbrar la piedra pero nada más ve porque de
las humildes viviendas sólo queda ceniza negra y de sus pobladores sólo la
imagen que lleva en la memoria. Un paseo lento y adolorido le indica que el
poblado es otro hito olvidado de la guerra interminable que arde por la hoja
humilde que acabará con el mundo cuando su polvo blanco lo domine.
Silenciosa, camina siguiendo las indicaciones de una carta casi olvidada y da con
la cruz de metal que buscaba. "Aquí iace doña Remedios Suárez de Suárez. Fue
casi una santa". Agnóstica, habla con la difunta en un diálogo que nadie se
atrevería a interrumpir. Cansada, decide hallar la cueva en que ambas fugaban de
los veranos y en ella vuelve a tenderse sin probar bocado. Triste, tiene que
esperar que la luz de la luna se filtre por un hueco indefinido antes de soñar sus
pesadillas.
Despierta antes que el sol y aprovecha su ausencia para ganar terreno y
acercarse al poblado del que despegará para acercarse a la civilización. Cuando
lo tiene a tiro de pistola vacila un instante, mirar alrededor y elige el denso rincón
donde practicará sus artes secretas. Da tres pasos y abandona la senda.
Dos niñas tomadas de la mano que van a la escuela se sorprenden y espantan un
poco cuando una vieja más fea que un susto asoma sacando la cara de tiza y
lanza un graznido profesional antes de apuntarles con un dedo más torcido que
sus intenciones. Camina un poco cojeando, otro poco bailando y se les acerca
con ganas de hacer mote de guagua con ellas. Salen espantadas entre risitas
nerviosas y no terminan de correr hasta que cuentan entre hipos ese encuentro.
Pero cuando una señora buena como un pan y  tonta como un borrico las
acompaña al lugar del sucedido, sólo hallan el bosque y sus murmullos. Ríen las
tres porque algo tienen para contar esta noche a las comadres.
La mujer fea como una bruja llega al poblado de cuyo nombre no sería cortés
acordarse y camina con cierta dificultad hasta sentarse entre el polvo de la plaza
cuadrada a cuyo alrededor danzan un ensordecedor sonsonete unas doscientos
motonetas montadas por unos trescientos adolescentes, algunos de los cuales
portan equipos de sonido hi-fi asesinos que sólo sus tíos odiosos pudieron
haberles regalado. La mujer soporta el tráfico local por un buen rato y, habiendo
medido el calibre urbano, camina otra vez como pato rengo y se mete en el
mercado local.
De allí emerge una media hora después una señora sobre la que, descontando la
peluca de negro de la Louisiana aficionado al jazz y uno que otro detalle menor,
un observador neutral hubiera jurado que era la tía Nilda, la última pariente de los
Endara, aquella familia de casi dos siglos de historia cuyo último representante
masculino se mandara mudar a Chicago durante el primer gobierno del Mono Paz*.
Fumando un tabaco apestoso y lanzando tacos contra todo humano que se pone
a tiro, la buena señora llama un taxi a su servicio y sin remilgo alguno trepa como
chimpancé a una de las motonetas pintadas de amarillo. Se deja llevar como
hembra secuestrada hasta el centro social más importante de la población, la
pista de ese polvo rojo que se le mete en los ojos y la nariz para hacerle
estornudar y que es acá la puerta del mundo. De allí saldrá dentro de una hora en
un vuelo que le tomará tres y la depositará en el escenario de sus próximos
combates.      

*En 1952 estalló la Revolución Nacional, una auténtica revolución popular que debió haber cambiado la
sociedad feudal y las profundas diferencias de clase y raza. La Revolución, encabezada por los mineros del
estaño y por el Movimiento Nacionalista Revolucionario, destruyó a la vieja oligarquía, nacionalizó las minas,
estableció el voto universal, inició una reforma agraria y reemplazó a las fuerzas armadas con milicias
populares armadas. Víctor Paz Estenssoro, el Mono Paz,  fue el presidente del primer gobierno del MNR.
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