LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Jueves - Tercero/4
Si alguien le hubiera asegurado alguna vez que los mudos gritan, Huascar Endara
Watson se hubiera reído con todos los dientes del tal guasón. Ahora, en cambio, y
teniendo como concierto repetido en ambos oídos los ladridos de los lobos de
Grover Wergeld Calaumana y la desesperada y muy sonora expresión de horror
del mudo que perdiera para siempre una nalga a dentelladas furiosas, se
preguntaba si algún día sería bendecido otra vez por el silencio que acompaña a
las orejas de los inocentes.
La pregunta se había presentado por sí sola y sin que nadie la invitara cinco
minutos después de que Huascar retornara al mundo de los vivos para descubrir
que su cuerpo era todavía una sinfonía de dolor pero también que gozaba de una
postura horizontal sobre sábanas blancas perfumadas de frescura. Básicamente
honesto, y habiendo perdido su último encuentro con Wergeld al extraviarse en la
inconsciencia, su caprichosa mente lo había preparado para abrir los ojos
sumergido ya en la atmósfera sulfúrica y ardiente que creía merecer. Se felicitó,
pues, por esta segunda oportunidad, decidió matar las preguntas idiotas que a
menudo le despertaban y se abandonó a un sueño tranquilo y cautelosamente
optimista.
Refrescado y convencido de que sus sensaciones elementales le informaban de
que descansaba en campo amigo o por lo menos neutral, despertó naturalmente
horas después y sintió ese síntoma que anuncia el retorno de la salud aún a los
casos de extremaunción. Sintió deseos de comerse medio pollo frito. Abriendo un
ojo, reconoció la asociación de ideas que se burlaba de él al ver a dos dedos de
su nariz un tazón de porcelana que contenía sopa de gallina para convalecientes.
La niña que se lo ofrecía merecía uno o dos vistazos, pero nuestro buen
extraviado sólo atinó a pasarse la lengua por los labios, gesto típico que animó a
la chica a ir metiendo cucharadas del hirviente líquido en la boca de Endara según
éste se lo permitía.  
Es esta escena apacible la que corta Wergeld Calaumana sentándose al otro lado
del lecho en una silla de metal y lanzando a espetaperro una pregunta escabrosa.
—        ¿Te arden las nalgas?
Recordando el ejército de amputados a los que les duele la pierna tras dejarla en
la mesa de operaciones, Endara se asustó hasta palidecer al sentir que no sentía
ninguno de sus glúteos. Sintió una lástima infinita por ese cuerpo de más de
medio siglo que jamás volvería a sentarse normalmente.
—        No me duelen, pero no sé si siguen donde deberían estar. No las siento.
—        Eso no significa nada. Lo importante es que no te duelen ni te arden,
porque si te ardieran las sentirías, ¿no?
—        Yo que sé. Nunca perdí una nalga. ¿Qué experiencia tengo sobre estas
cosas?
—        Fuera de las ronchas verdes y violetas que te han dejado por todo lado y
del miedo, que es algo comprensible, me dicen que no has sufrido mayores
daños. Es la palabra de un profesional que respeto, así que puedes tomarla en
serio.
—        Lo que tú digas, Grover. ¿Por qué se llevaron mi sopa?
—        Porque no tengo todo el día a tu disposición. Sólo una pregunta:
¿recuerdas nuestro último diálogo?
—        Perfectamente.
—        ¿En todo detalle?
—        Como periodista bien entrenado, puedo citarte frases y párrafos enteros
sin cambiarte una coma.
—         Dime entonces: ¿estás seguro de lo que juraste en la rueda del tormento?
—        Que me maten si no lo estuviera. Digo, es sólo un decir.
—        Por supuesto. Si yo pensara de otro modo, no estarías aquí. Dime,
entonces: ¿lo que juraste atormentado por el terror lo repetirías ahora, cuando
ves que tu suerte ha cambiado?   
—         Sin duda. Me sentía morir y quise decir la verdad y  sólo la verdad. ¿De
qué podía servirme una mentira allá donde ya iba? De lastre, sólo de lastre.
—        Pero es que lo que juraste es la mar de absurdo.
—        Cuando lo posible no es la respuesta, esa respuesta es lo imposible, dice
Don Sherlock, mi héroe. Creo que decía algo parecido. Perdóname. No las tengo
todas conmigo todavía.
—        No, pero con las que tienes me basta. Dime: ¿viste lo que dijiste?
—        Pues, si.
—        ¿Cómo era?
—        Voluminoso. Realmente voluminoso.
—        Claro, si es la billetera de Creso. ¿Y dónde estaba?  
—        En… En una cueva oscura, ¿no es verdad?
—        No sé, pero es lo que dijiste.
—        Pues lo vuelvo a decir.
—        Comprendes que ahora ya no puedo confiar en nadie, ¿verdad?
—        Si. Es algo trágico, pero inevitable. Sólo las águilas vuelan solas en la
inmensidad del espacio.
—        Pero… Es que esta es una soledad insoportable. Yo la quería.
—        Qué bien que te comprendo.  Y es que yo ya pasé por ese trance.
—        Y aquí estás, vivo. Aún vivo.
—        Bueno, es casi un milagro.
—        Si, pero pasaste la prueba.
—        Así parece. Si, así parece.
—        Yo también la pasaré. ¿Por qué, si no, se me presenta esta coyuntura?
—        Eso. ¿Por qué? ¿Por qué?
—        Adiós, Huascar. No volveremos a vernos.
—        Créeme, es un gran consuelo.
—        Adiós.
—        Adiós… Eh… ¿Grover?     
—        ¿Si?
—        ¿Y ya no me traen la sopa?
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