LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Jueves - Tercero/3
Cuando Lady Láyqa se bañaba literalmente entre los ladrillos hechos de billetes
de cien dólares flamantes y perfumados aún por la tinta especial que se fabrica en
Dayton, Ohio, para darles ese tono verdinegro azulado y apenas rojizo que sólo
los expertos de secreto prestigio internacional falsifican a su gusto y la respiración
de esa dama traicionaba el orgasmo pleno a que se había entregado en la
seguridad de estar sola con su alma en esa cámara ignorada por todo ser viviente
menos uno, su visitante felina y fantasmal asomó la cabeza trágica de bruja de
cuento que había copiado a la loca de la Avenida del Libertador con todo detalle,
intentó humanizar esa máscara bestial con una sonrisa de sincera simpatía y dijo,
sin levantar demasiado la voz,
—        Buenas tardes, Mamá Ifigenia.
Es probable que ni el mismo Guillermo Shakespeare pudiera describir el efecto en
Lady Láyqa de esta frase dicha con voz de seda por un esperpento de mujer en
una cueva más oscura que iluminada, no fría ni caliente, ni amplia ni incómoda,
pero capaz de contener una especie de ataúd de metal con cien millones en
billetes de "Presidentes Muertos", como los llamaba la más vil delincuencia en
Detroit durante la década de los 80, un efecto que resultó petrificante por cierto, y
lacerante, en la hechicera de piel negra que no pudo creer a sus propias orejas
aunque el sonido grato le había golpeado hasta derribarla patas arriba en el
ataúd mencionado ya en esta frase increíble.    
Ignorando el despelote mental que causara en la señora y el desorden lastimoso
que presentaba ahora el atuendo apenas recargado pero elegido por su
pretendida suegra con cuidado y esmero dignos de tareas más importantes,
Margarita Segunda cruzó los dedos de ambas manos con las palmas hacia abajo
y los brazos totalmente extendidos  en una imitación torpe y algo infantil de las
cantantes de folklore tirolés suizo para esperar lo que fuera necesario y
asegurarse de que hablaba con una persona dueña de sí misma. Viendo que los
ojos de su interlocutora volvían a centrarse en algún punto caprichoso del espacio
y su respiración retomaba un ritmo casi disciplinado después del susto madre que
le causara el sencillo saludo y tomando debida nota del aumento instantáneo de
la temperatura del sistema nervioso central del mismo sujeto que delataba un
instinto agresor la mar de peligroso y un sudor apenas visible entre los bigotillos
del negro labio superior, nuestra Margarita avanzó dos pasos hasta meterse
decidida pero no amenazante  en la cueva ya descrita sólo para hablar en voz aún
más baja.
—        Venía a recoger a Grover Jr., pues bien sabe Dios que debe estar
extrañando a su mamá.   
Sin arriesgarse aún a delatar una voz de Blanca Nieves que sabía emergería
quebrada de la garganta en que se había gastado una verdadera fortuna para
alojarla, la dueña de casa hizo un esfuerzo evidente por dominar sus reflejos
motores y logró sentarse sin comodidad entre sus amados billetes nuevos.
Estirando los trapos que portaba como si nada tuviera que ver con sus propias
manos al tiempo que sus ojos median de pies a cabeza y con agudeza molesta a
su visitante, pareció aceptar al fin con un gesto triste la presencia de la otra como
la peor desgracia que pudo sucederle en su larga y accidentada vida y se puso
de pie para recuperar sus aires de emperatriz romana y disponerse al combate.
Dio tres pasos intentando acercarse de modo displicente a su enemiga y habló
como si no lo deseara.
—        ¿Sería posible que hayas venido más pronto de lo que esperaba yo?
—        ¿Más pronto, Mamá Ifigenia? Hacen meses que debí haberle hecho esta
visita. Sólo las vicisitudes y penas de un infierno horrendo que me infligieran mis
enemigos han causado este atraso involuntario. ¿Dónde está mi hijo?
—         ¿Es que tengo el gusto de conocerla, señora? La suya parece pero no es
la voz de Margarita. Y aunque nunca creí que llegaría a decir algo parecido, la
verdad es que ella es más agraciada que este monstruo que planta usted  ante mí
sólo para causarme un disgusto.
—        ¿Es que no reconoce usted a su nuera, Mamá Ifigenia?
—        Margarita jamás me llamaría mamá… Pensaría que insulta así a su madre,
una gringa que ni siquiera conozco. También sé que la verdadera Margarita
tiembla cada vez que me ve y pierde un habla coherente. Horrores que provoca
un odio desmedido. Aunque sea tonto decirlo, Margarita está loca. Nunca podría
convencerme de que le entregara a mi nieto.  
—        Entonces, como diría nuestro poeta preferido, Franz Tamayo: sobran las
palabras.
—        Si, sucio esperpento… ¡De aquí no sales viva!
Uniendo la acción a la palabra, la bruja abrió ambas manos para formar un
abanico y agitándolas como si le hubiera dado calor, lanzó sus uñas como ocho
dardos envenenados con cianuro y pólvora fina contra el pecho cóncavo de su
visitante. El sonido de tales proyectiles pudo haber provocado un desmayo en una
estudiante quinceañera de escuela católica pero, tras asegurarse de que no
había perdido ninguno, Margarita se quitó la coraza delgada como papel japonés
que dañaba su agraciada figura y la dejó caer con su aditamento de dardos sin
mirarla siquiera. Su pecho desnudo convenció de modo instantáneo a Ifigenia de
que no luchaba contra la esposa de su hijo.    
—        ¡Margarita jamás luciría semejantes maravillas, señora mía!
La voz de Blanca Nieves tenía algo de hipnótico.
—        Se agradece, Lady Láyqa, pero se acabaron las cortesías. Adiós.
El arma que había aparecido por milagro en la izquierda de la falsa nuera era una
maravilla de ingeniería. Capaz de alojarse cómodamente en la palma, podía
disparar siete proyectiles, cada uno con los mismos efectos de una bazuca de la
edición de 1999. Esta vez, empero, estaba cargada sólo de balas .22. Dos de
ellas buscaron la frente de la señora de la mansión para abrir un tercer ojo antes
de destrozarle el cerebro. Ifigenia, sin embargo, demostró que tampoco era
manca. Con un gesto decidido de su índice siniestro alteró la trayectoria de las
balas, que fueron a aplastarse en una pared oscura sin pena ni gloria.
—        La pausa que refresca .
Exagerando hasta el ridículo sus dotes mágicas, la bruja hizo flotar desde un
refrigerador oculto dos latas rojas,  abiertas y perfectamente frías, hasta situarlas
a dos palmos de las narices de su enemiga. Sorprendida, ésta vaciló durante un
parpadeo, entendió la intención tras el truco y lo aceptó con una sonrisa.
—        Así sea.
Margarita Segunda atrapó una de las latas con su derecha y observó el vuelo
lento de la otra, que fue a parar en la zurda de Ifigenia como guiada por sus
intenciones, que así era.
—        Yo siempre digo que una palabra cortés hace milagros. Salud.
—        Y yo odio la violencia, señora. Si creyera usted que lo digo de todo
corazón… A  la suya.    
Sentadas y casi cómodas en el piso de piedra, comenzaron a negociar.
"La pausa que refresca",
eslogan de Coca Cola desde
1938.
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