LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Jueves - Tercero/2
Uno de los placeres de pobres y ricos en la ciudad que es cuna de la libertad y
tumba de los tiranos es el de visitar cada sábado el emporio improvisado en la
zona norte de la urbe que todos conocen como el Mercado Negro y que es un
punto de distribución importante de que dispone el sindicato de contrabandistas
para satisfacer hasta el más exótico capricho del más rico o del más pobre entre
sus clientes.
Mike Tosferino, hijo también del Chuquiago, hallaba una satisfacción larga y
especial en dejar muchos de sus dólares ganados con tantos sacrificios entre los
vericuetos, los puestos, las tiendas, los callejones y los aguayos ("multicolores",
como siempre se dice cuando se dice "aguayos")  tirados en el empedrado de
este mercado que nada tiene que envidiar a la Casbah argelina en variedad ni en
aventura. No sólo es posible hallar allí, si se pregunta con la cortesía del caso,
una ametralladora pesada, la cabina de un satélite ruso o varios componentes de
una Bomba H cuya desperdigada presencia forma parte de la leyenda del lugar,
sino que el zoco ha aceptado entre sus componentes al mercado campesino
mejor surtido de la ciudad, de modo que cada visitante retorna a su hogar con
una variedad magnífica de frutos de la tierra, carnes frescas, peces vivos y
pescados, frutas del día o envasadas, bebidas alcohólicas provenientes de todos
los países de la tierra, balas para cualquier artefacto que las dispare, pantalones
de vaqueros auténticos hechos en Taiwán, robots con forma de perro hechos en
el Japón, todo lo que ofrece la Calle 42 de Nueva York y, además, lujmas,
quirquinchos vivos o muertos en forma de charango, pisco magnífico, chuños*
blancos negros o grises, chicha de Cochabamba y otras delicias prohibidas o
permitidas y enviadas desde los cuatro puntos cardinales del mundo y del país. Lo
único que falta en ese paraíso son los policías, las autoridades caprichosas, las
truculentas y toda clase de autoridad, lo que se añade con su olor de peligro al
tono festivo que distingue al lugar.
Así encontramos a media mañana a Johnny Tancara, contento de olvidarse por un
par de horas de que es también Mike Tosferino y dedicado a mirar, antojarse,
comprar y cargar con todo aquello que le llena el ojo y el apetito. Ha gastado ya
una hora de su vida en este deambular de turista y ha gozado con verdadero
placer de lo que se puede ver, oler, tocar y descubrir entre esos sacrificados
comerciantes. Se dispone ahora a descender lenta y caprichosamente cuadra por
vertical cuadra hasta salir de la zona y treparse a uno de esos odiados vehículos
color caca de vaca que gustan tanto a los torturadores con cierta experiencia.
Lleva sus paquetes más o menos armados a la rápida en ambas manos y
colgados de ambos brazos de modo que poco o nada puede hacer cuando una
patada al descuido envía su pie izquierdo en corto vuelo para trabarse en su
pierna derecha y armar así una zancadilla clásica que le impulsa contra su
voluntad a enterrar las narices y los lentes rayban que se trajo desde Miami en
una poza no muy profunda excavada en medio de la avenida por las ruedas
desaprensivas de los camiones de siete toneladas que pasan por allí.
—        ¡Ay, caramba! Diría que lo lamento mucho, pero es el caso que no es así.
Lo hice a propósito.
Mike escucha al inminente proyecto de cadáver que le habla con semejante
desvergüenza sin verlo todavía porque tiene los rayban embarrados. Tirado cuan
largo es sobre la muy transitada avenida que huele a campo, bosta, aceite diesel,
excremento animal, caquita de guagua y cosas similares, perdidos o aplastados
los alimentos y artefactos que comprara con tanto cuidado, arruinado su uniforme
de gringo de vacaciones y descalzo el pie derecho que ha perdido un sneaker
hecho por Ferragamo, siente que el barómetro de su ira mortífera alcanza niveles
explosivos antes de decir ah.
Gira apenas la cabeza con los rayban colgados de una oreja y descubre un indio
bello como un dios griego, dueño de una sonrisa legítimamente irresistible, hecho
de bronce con músculos ideales y vestido por Christian Dior, perfumado por Ralph
Lauren y peinado por Alexander de París o alguno de sus primos, pícaro y tierno
al mismo tiempo, capaz de mirarlo con una chanza infinita mientras se rasca la
nariz con un meñique de uña afilada para servirle de cortapapel.
Mike deja de pensar y se confía a sus instintos, convertido ya en el guerrero
magnífico que ha desarrollado torturando sin piedad su humanidad esforzada
desde la adolescencia. Se lanza de cabeza como un búfalo para atrapar al intruso
atrevido por la cintura, tenerlo clavado contra el piso y dedicarse
sistemáticamente a hacerlo polvo de hombre.
Elegante como si hubiera leído el guión de esta historia esa mañana temprano, el
indio hermoso dobla una rodilla y estira la otra esquivando limpiamente la
avalancha humana que se le venía encima. Oportuno hasta lo increíble, deja
pasar la mayor parte del cuerpo de su oponente antes de clavarle en los riñones
un pulgar brutal como cuchillada gaucha.
Mike acusa el impacto con un gruñido sordo y desmenuza un mesón de madera
cargado de cítricos y otras delicias frutales al aterrizar con cierta violencia sobre
ese pobre artefacto.
Sin vacilar un instante, se levanta, busca al animal dañino que amenaza su
supervivencia, lo halla y lanza una patada doble destinada a romperle el puente
de la nariz al paso que le quebraba el cuello. Las patadas se diluyen en una
llovizna nueva y matinal sin haber hallado a su destinatario, el cual, copiando sin
vergüenza a Toshiro Mifune, mete una mano plana y extendida hasta hacerla dura
detrás de la oreja derecha de nuestro represor en aprietos, forzando así a la
cabeza entera a caer con evidente impulso contra una de esas piedras enormes
que se usan para moler ají y se conocen bajo el nombre técnico de batán. El
sonido de hueso sobre roca provoca ganas de vomitar entre algunos azorados
testigos, pero el interior de esa cabeza sacudida se toma un minuto para volver a
hilvanar percepciones y conceptos, intervalo durante el que el cuerpo que guía se
convierte en un pelele que se derrumba sobre el barro y permanece inmóvil
durante otra pausa.
—        Sólo quería insinuarle que tomara el vuelo 764 de American para Miami del
sábado próximo después de devolver a su amigo Huascar su hija muy querida.
Eso le daría tiempo para visitar Oruro y recoger a Silvia Susana de la misma
esquina en la que capturó a Isabela. Todos seremos más felices si usted no
retorna jamás.
Tosferino despierta de una inconsciencia doble durante otro par de minutos
mientras su oponente apoyado en una rodilla le arregla displicente el cuello de la
camisa deportiva L.L.Bean.
Más dedicado ahora a comprender el sueño del que este golpe brutal le ha
liberado, no intenta mover un dedo mientras sesos y recuerdos caen en su lugar
para armar un cuadro coherente. Su doble naturaleza de espía profesional le
ayuda a construir un gesto que se aproxima a la indiferencia y, ya de retorno, mira
al indio increíble con la mirada aquella con que estuvo molestando a media
humanidad.
—        ¿A quién tendría el placer de estar escuchando?
—        Me llaman Osmar y me ha enviado la Señora Fresia desde Roma. Soy su
humilde esclavo.
—        Está muy bien. De usted un acuse de recibo de mi parte a la dama y
déjeme agonizar a gusto como si fuera usted un caballero.
—        No faltaba más. Saludos al teniente Morgan.
Tosferino admira la espalda tan bien esculpida del indio perfecto que se aleja
descendiendo a paso atlético por la vertical avenida y permite que un desmayo
piadoso acuda en auxilio de su humanidad lacerada.
Chuquiago = Nombre
indígena del valle de La
Paz de Ayacucho.





* Chuño = Patata helada
del Altiplano.
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