LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Jueves - Tercero/1
Isabela entendía que la calma apacible que le dominara desde que perdiera la
conciencia mientras bailaba como perinola disfrazada de Moreno entre los treinta
y cinco mil danzarines que hacían del Carnaval de Oruro una Obra Maestra del
Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad a despecho del asfixiante olor a
setenta mil axilas y ciento cuarenta mil tinajas de alcohol barato que saturaba la
poco oxigenada atmósfera de la ciudad altiplánica durante el mes en que se
festejaba el antruejo era, y ella intuía que no podía ser de otro modo, inducida.
Sólo así veía posible, le decía su privilegiada inteligencia, que no hubiera perdido
el juicio al descubrirse en un medio que lucía a todas luces líquido, era azul acero
y agradable a los ojos y carecía totalmente de límites por los cuatro puntos
cardinales y por todos los que ella pudiera imaginar. Era como flotar en el cielo, ni
más ni menos, con la diferencia de que podía pellizcar algunos puntos escogidos
de su agraciada humanidad cuantas veces quisiera sin riesgo de despertar. Esa
pecera infinita era la nada en azul.
Había vivido ya un cierto tiempo en tales condiciones, había comido aunque no lo
recordaba, había ejecutado todas las operaciones que un cuerpo humano ejecuta
cada 24 horas y había dormido cuando el sueño le dominara durante tres o cuatro
períodos para despertar siempre llena de vitalidad y no poco de alegría. Tomaba
la horizontal con la misma facilidad con que pasó ahora de la vertical a la postura
cómoda de quien se ha comprado un sillón nuevo. Sentada, pues, sobre nada,
exploró una vez más con sus claros ojos verdes la inmensidad de la eternidad azul
y, lejos de ceder al pavor, presintió que vería pronto a la cosa que había decidido
llamar El Monje porque un monje era lo más parecido a ese ente.
Mirando su azul en la misma postura con que miraba su televisor, Isabela recordó
con claridad envidiable las afiebradas multitudes carnavaleras orureñas y las
horas anteriores al momento mismo en que sintiera que se desvanecía al tiempo
que brazos humanos le hacían volar por los aires dominada por una angustia
extrema antes de perder la conciencia. El instante siguiente se encontró en este
océano azul y descubrió la fea venda improvisada alrededor de su anular.
Mirando el dedo una vez más extrañó la diminuta sortija de oro que le obsequiara
su padre y se halló sin explicación disponible ante las evidentes diferencias que
presentaba su anular frente a sus hermanos, sobre todo la piel de cobre que
resaltaba entre la piel de leche y el leve trazo que viniera a reemplazar al anillo.
Así y todo, había decidido prescindir de la venda, y el trapo flotaba ahora a diez
pasos de distancia como la única nube fea de este cielo sin tormentas.
Isabela recordaba la primera visita del Monje y la naturalidad tan poco natural con
que ella lo recibiera, dado que el ente se le había presentado como si fuera Padre
Pío, un Monje de tres kilómetros de altura. Recordó la facilidad con que la
aparición redujera sus proporciones hasta que ambos se encontraran mirándose
ojo a ojo, es decir, si el Monje hubiera tenido ojos, que no los tenía ni tenía un
cuerpo visible ni palpable dentro de la sotana negra tan real y material como
Isabela.
Recordaba ella la conversación exacta e impersonal que habían sostenido y que
le sirviera para entenderlo todo menos el último acto de esta aventura: el
secuestro, las horas que pasara en poder de sus secuestradores, la accidental
visita del Monje, esa capacidad tan suya de oler las cualidades de cada espíritu
humano y su obligada intervención veloz, que consistió en transportarla en un
parpadeo hasta este medio azul. ¿Por qué? El Monje no lo sabía, como no sabría
nunca por qué la había visitado. El que este diálogo se cumpliera sin que sus
participantes usaran palabras ni abrieran la boca lo hizo, en cierto sentido, más
difícil para Isabela hasta que descubrió que el Monje no invadía su conciencia sino
que le hablaba usando imágenes como si ambos gozaran de televisores
implantados en la mente.
Mientras lo esperaba ahora, Isabela se propuso un plan que eliminara todas sus
dudas. Un veloz desfile de las mismas le hizo eliminarlas hasta quedarse con las
urgentes. Reconoció la más urgente, su futuro, si es que le quedaba alguno.
Agradeció a su suerte los años que pasara en el Norte y que le habían hecho así
de pragmática. Si bien el dedo le forzaría a usar guantes durante un par de años,
decidió dejarlo para una tercera o cuarta visita. Tal vez entonces mereciera una
explicación. La tela que le cubría pasó también a un plano inferior. ¿Qué podía
importarle ahora su uniforme de novicia? Recordó los noventa kilos de su disfraz
de Moreno y la fortuna que pagara por él y se sorprendió de no verse arrepentida
de haber visitado Oruro. Recordó a su padre, del que retenía casi todo detalle y
se avergonzó de no poder verle la cara en su imaginación. Recordó a la Sra. Julia
y su corazón lloró durante un instante por su mamá. Le pareció que ese universo
de tres era lo único que le había importado hasta ahora y que la hora de perderlo
no estaría muy lejana si alguna vez volvía a Oruro. Dejó su imaginación por un
momento para pasar la vista por el horizonte que inventaba y decidió que tendría
que esperar. Se tendió en su sofá imaginado y no tardó en dormirse.
Lo único que había en este planeta diminuto era una pradera verde y plana como
las lagunas que viera durante una de sus excursiones y la montaña vertical que
arañaba el cielo celeste de su niñez en La Paz. Era un lugar muy agradable, no
hacía frío ni calor, no tenía hambre ni sed, nadie chillaba ni había ruidos molestos
y ella se sentía en el mejor de los mundos. Mirando a diestra y siniestra y sentada
con las manos cruzadas sobre el regazo, no buscaba nada. Deseó que ese
instante se alargara sin hacerse eterno.
Miró, pues, y gozó del espacio que se ofrecía a sus ojos. Escuchó un zumbido
lejano que parecía llegarle desde el piso. Agachó un tanto la cabeza para pegar el
oído. Estaba en ello cuando hete aquí que un avión de esos que parecen hechos
para una o dos personas pareció salir del mismo suelo y pasó tan cerca que le
obligó a agacharse un poco. El avión se fue y se llevó su ruido sólo para retornar
unos minutos después y girar volando dos, tres y hasta cuatro veces alrededor de
la montaña que arañaba el cielo.
Isabela halló que el abejorro de metal rompía en cierto modo la monotonía silente
que antes dominara su sueño y se decidió a mirar sin mucha curiosidad. Todo era
apacible todavía y grato, de modo que nada de malo vio en espiar al avión que
daba vueltas largas desapareciendo por aquí para aparecer después por allá.
Tras varias vueltas, Isabela decidió que nadie ni nada merecía tantas y que tal vez
convendría despertar. No bien lo pensó, el aparato decidió asentarse en el mismo
prado en que se sentaba ella y se alejó, hizo un giro muy bonito y se vino de
frente con una nariz que zumbaba cortando los rayos del sol. Vino, pues, se posó
en el prado verde, pasó ante ella sin hacerle el menor caso y, girando en redondo
sobre una rueda, avanzó  no muy seguro hasta detenerse tan cerca que ella
podría tocarlo si se atrevía.
Una puerta ínfima se abrió a un costado y un hombre gordo saltó sin dificultad
para mirar de inmediato hacia la montaña. La estudió por un instante y se alejó
luego caminando con cierta prisa. Isabela lo vio perderse tras la curvatura de la
piedra y esperó hasta convencerse de que no existen sueños tan largos. Miró una
vez más tratando de encontrarlo, pero no vio rastro del hombre. Frustrada, se
despedía ya de ese lugar tan bonito cuando lo vio retornar a paso cansino. Llegó,
se sentó a la sombra diluida del ala de su avión, sacó un pan y una botella de
metal de alguna parte y sentó a comer con sano apetito.
Es imposible que no me haya visto, se dijo Isabela. Lo que pasa es que no quiere
verme. Esto lo arreglo yo en un segundo.
— Buenas tardes. Mi nombre es Isabela. ¿Y cómo se llama usted?  
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