LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Jueves - Segundo/4
Paez llevaba en la conciencia una lástima profunda por los huéspedes que
conducía al sótano del Ministerio del Interior obligándoles a veces a bajar por las
escaleras tristes de Todich con un rebote de cabeza y de grada en grada, y por
eso se había acostumbrado a mirar las paredes cuando hacía ese tipo de
invitación. No fue diferente esta vez, cuando bajó del jeep color bosta de vaca y
se fue caminando cansino hasta cruzarse con el Tano Bignardi, que había salido a
toda prisa de su apartamento porque andaba atrasado y tenía mucho que hacer.
—        ¿Pa'ónde vas, Tano? Hoy te tocar charlar con nosotros.
Lo dijo en voz más bien baja, mirando moscas invisibles en la pared amarilla
pintada de graffiti obscenos. Tano, cuya experiencia de boliviano incluía dos
arrestos similares, miró al sabueso con ojos de niña indignada pero cambió el
gesto apenas cruzó esa mirada con la de su interlocutor forzado. Los asesinos
tienen una mirada que da frío, dicen quienes la han visto.
—        Te equivocas conmigo, hermano. No tengo más amigo que Cristo.
—        Vamos a ver si cambias de disco cuando cantes dos o tres tangos. Ven
para acá y súbete a mi carroza, guapo.
—        ¿Me dejarías decir adiós a los míos?
—        ¿Estás tonto, tú? ¿Desde cuándo cambia de criterio la muerte?
—         Bueno, pues. Vamos. Quien nada tiene, nada teme.
Habiendo declarado la verdad pura y simple, Bignardi trepó al jeep y sintió en ese
momento álgido una sensación novísima: una sorda indignación comenzó a
quemarle la boca del estómago. La humildad, que se había hecho casi su
segunda naturaleza después de andar haciendo conversos a diario, se le iba
como se escurre el agua por el desagüe de la ducha. La frustración inesperada
de verse obligado a cambiar sus ilusiones y las de sus hijos por una celda sombría
de la que sus chances de salir se reducirían con el paso de las horas se hizo una
ira leve en vez de disolverse, como sucede con la mayoría de los detenidos, en
una aceptación abyecta. Su corazón le anunciaba ya el más importante cambio de
naturaleza que cada quien debe sufrir. Se sintió avergonzado durante un eón: si
esto que siento es la mansedumbre cristiana, de seguro voy al infierno, se dijo,
bueno hasta el final.
— ¿Y cómo está su amigo, Don Huascar?
—        Ah, es por él que me haces esto. Hace días que no lo veo.
Paez miraba y se mordía las uñas sentado junto a su prisionero de modo tal que
Bignardi viera la automática metida bajo el cinturón. Cuanto más pronto se trabaja
al sujeto, dicen los entrenadores extranjeros de la academia, menos trabajo habrá
después. Ya mi prestigio trabaja en él; sólo falta cultivarle el miedo, se dijo.
—        Pues mis ojos me dijeron algo diferente. Y tengo mil ojos. Soy como
Belcebú.
—        ¿Insinúas que miento?
—        No. Lo afirmo.
—        Voy a pecar por una sola vez: vete al carajo, bastardo.
Paez lo miró más sorprendido que molesto: ¿Es este el mismo predicador de que
me hablaba mi coronel? Sonrió porque nada es más lindo que tener la sartén por
el mango.
—        Pues ya vamos yendo juntos, ¿no?  
Bignardi clavó la mirada en una transeúnte bastante guapa y en ese mismo
instante se derrumbó sobre la vereda un poste de luz cargado de cientos de
alambres. El jeep cruzó veloz frente al estropicio, pero el Tano se asustó lo mismo:
si la carrocería tocaba un cable pelado, jamás volvía él a predicar en
Chonchocoro. Miró a su captor y corroboró por milésima vez que la ignorancia es
felicidad. El muy bruto ni cuenta se había dado de lo que sucedía.
—        Identifícate, hombre.
—        No tengo orden.
Bignardi entrecerró los ojos y se dejó llevar. El peso de dos cientos años de
barbarie lo aplastaba contra el asiento y le hacía sentirse un inútil. La respuesta
automática a la demanda legal le produjo un intenso sentido surrealista de la vida
en su valle natal: por esto debe ser que me gusta tanto vivir aquí, se mintió.
—        ¿Sabes lo que acabas de decirme, hombre?
—        Si, un absurdo. Pero es más fácil que la verdad. Es más corto. Prepárate,
niño, que ya estamos aquí.
—        No empujes. Ni soy viejo, ni tiemblo.
Descendieron pues, a buen paso por las escaleras malditas del alma en pena de
Todich, pasaron ante lo que fuera el despacho de Rafael Loayza, ya empacados
los trozos en hielo seco y listos para volar hasta el laboratorio allá, muy al norte,
donde tratarían de averiguar qué fue lo que fue, esperaron un momento ante la
entrada de metal asquerosa y sucia, escucharon casi impasibles la corredera de
hierro que aseguraba ambas planchas y penetraron en el callejón oscuro con las
celdas diminutas para pasar al salón de visitas que hedía a matadero.
— Siéntate ahí, joven. Voy a quitarme el saco, me lavo las manos y vuelvo.    
Bignardi vio la silla de metal, la mesa cubierta de instrumentos del repelente
trabajo que aquí se cometía, el bombillo tan bien situado por un profesional
experimentado y el desagüe en medio patio que dictaba la experiencia. Consultó
con su alma y su alma confirmó sus temores.
—        Hazlo breve, bastardo.
Sentado con las manos cruzadas como novicia en el convento, esperó lo que
rogaba no fuera muy largo. Paez retornó caminando cansino y se cruzó de brazos
frente a su presa. Mucho consiguen las bofetadas, sobre todo con gente que no
está en política, se decía.
—        Vamos a ver, Tano. ¿Cuándo viste a Don Huascar por última vez?
SIGUE
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