LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Jueves - Segundo/3
Ritber Centellas Ticona, el Mosca por mal nombre, terminó de deslizarse en el
despacho del coronel Mostacedo Cuaquines y quedó parado como quien espera
transporte público sabiendo que se equivocó de esquina. Por fin se decidió y sacó
una caja negra de alguno de sus bolsillos con la mano que le quedaba.
—        Aquí le mandan el cuarto, que es el más gordo, y dice el que sabemos que
haga lo mismo que con sus hermanos, que lo envíe al tiro a donde corresponde y
haga llorar al Endara ese, cuanto más pronto mejor.
—         Ojalá hubieras venido más tarde. Me jodiste el desayuno.
Desnudo con excepción de un taparrabos que ni merecía tal nombre, Tinino se
afeitaba frente a un espejillo de chiste apoyado contra una Biblia en medio del
desorden de su escritorio. Su cuerpo, sajado de cicatrices, traicionaba el duro
oficio al que se había dedicado el represor. La navaja que manejaba parecía
destinada a pelar gitanos de la Sierra de Guadarrama. Desayunaba con una
Cerveza Boliviana Nacional de bien merecido prestigio, bebiendo como un chuta
cualquiera.
—        Bueno… ¿Qué más te trae por aquí?
—        Vine a verlo porque la edad me ha caído de golpe, y me pongo depresivo
sin saber por qué. Paranoico, como se dice ahora.
—         Diablos, Mosca, hablas mejor que un libro abierto. Si no te conociera, diría
que hasta tienes educación.
—        Esa es la parte fácil, porque repito lo que dice mi doctor, que es muy
bueno.
—        Ahora dilo en cristiano.
—        Me viene una tristeza enorme y me dan ganas de matarme.
—        Mecachis.
—        Además, desde que se fue la Candelaria…
—        ¿Quieres decir que por fin te dejó?
—        Si, pues. Ya fue bastante con lo de las orejas. Le costaba acostumbrarse.
Pero ahora, que soy manco…
—        Como el de Lepanto. ¿O era Espanto? Ya no me acuerdo. Me estoy
poniendo viejo, Mosca.
—        Déjeme quejarme otro rato y después le dejo el turno, ¿Qué tal?
El coronel Mostacedo se tendió en su catre de campaña, que quedaba justo
detrás de su escritorio, y destapó una segunda botella con la uña de su dedo
gordo, una monstruosidad de uña. Su conciencia culpable le empujaba a
escuchar a su subordinado, tan venido a menos últimamente.
—        Bueno, pues. Di lo que tengas que decir. ¿Cuántos años hace que
andamos juntos?
—        No me acuerdo, ni quiero acordarme ya. Estoy triste, hoy.
—        Eso estabas diciendo, pero yo digo que no será para tanto. Después de
todo, eres uno de los elegidos.
—        ¿Elegidos para qué?  
—         Bueno… En cierto sentido, somos dueños de este país. Hacemos la plata
que queremos, la gente nos mira con miedo, no tememos a los ladrones y no hay
machos más machos que nosotros…
—        Eso le dije a la Candelaria, y me dijo que ahora ya no.
—        ¿Ya no qué?
—        Ya sólo soy medio macho. Sin orejas y sin brazo…
—        Sólo te falta quedar como yo: mira, este ojo azulado me sirve sólo para
asustar criaturas.
—        Usted tiene otro carácter. Yo, sin la Candelaria…
—        ¿Qué?
—        Ya no quiero vivir.
—        Ah, no. Esto parece telenovela.
—        No se me burle, mi coronel. Tengo el alma de luto, juro.
—        No me burlo, pero no exageres. Siempre se tiene veinte años en un rincón
del corazón, dice el vate.
—        ¿Cuál vate?
—        Yo que sé. Así se dice siempre.
—        Usted me desvía del tema. Lo hace para reírse de mí. Y yo, que alguna vez
lo creí  como mi padre…
—        Ah, no. Con insultos no vale.
—        Eso dice mi doctor. Decir que usted es como mi padre es decir una
brutalidad.
—        Ah, si ¿eh? Y cómo se llama ese doctor, ¿a ver?
—        Manco, tal vez. Desorejado, es posible. Pero delator… ¡Jamás!
—        Bueno, Mosca. Acabémosla. Ya es hora de trabajar. Dónde estarán mis
pantalones, ¿no?
—        Dónde siempre. En ese archivo.
—        Qué memoria tienes, Mosca.
—        No hay caso… Usted se burlará de mí hasta el día del juicio. Escúcheme,
pues.
—        Bueno. ¿Qué más hay?
—        Me sueño con los fantasmas de mis víctimas. Me critican un tanto mi
conducta en general. Mi doctor dice que eso es bueno: cuando los entienda
estaré curado.
—        ¿Viste? Nunca hay que perder la esperanza.
—        Los entiendo ya, y no estoy curado. Tengo ganas de morir.
—        Bueno. Tengo que dejar tus quejas para otro día, Mosca. Ya no hay tiempo
para que llores sobre mi hombro. El deber me llama. El deber, y ese desgraciado
de Tosferino…
—        Escúcheme, pues.
—        No puedo. No ves que…
—        Escúcheme.
—        Bueno, puedes hablar mientras me visto. Hoy  voy de uniforme, ¿qué tal?
—         Mi doctor dice que yo creo que usted tiene la culpa de todo. Usted me
metió en esta vida de soplón, policía, torturador, traficante y correveidile. A no ser
por usted…
—        Recuerda que me rogaste una oportunidad, Ritber. Te ofreciste solito. No
te obligué a nada.
—        Tenía hambre, yo. Un chico de quince años era. Usted dijo que sería varita
con uniforme y todo. Mentira. Me hizo apretar el gatillo contra la cabeza de esa
niña. Ahora ella se queja a gritos y me despierto. Usted me…
—        Bueno, bueno. Acábala ya. No es modo de comenzar el día.
—        Así será, pues. Pero este es modo de acabarlo.
Apenas dicho, el Mosca metió la mano en un bolsillo y, con un gesto sencillo, sacó
una granada de mano a la que quitó el anillo con los dientes y con la velocidad de
quien usa un encendedor de mecha y miró, sonriente, a Mostacedo Cuaquines.
—        Ahora veremos quién es más malo. Vamos a preguntárselo a Lucifer en
persona.
Contando en voz baja los diez segundos de vida que le quedaban, Tinino dio un
paso, cogió a su subordinado por la camisa y la correa del pantalón y lo lanzó a
través de la ventana de su despacho hacia la Avenida Arce, provocando una
lluvia de vidrios rotos.
—        …nueve, diez, bum.
Una explosión formidable se sumó al tráfico ya considerable de la vía, una de las
más importantes de la ciudad. Los trozos de Ritber Centellas Ticona provocaron
varios sustos y dos o tres desmayos entre los transeúntes a los que arruinó el
atuendo con su sangre. Los policías que hacían guardia en la puerta del ministerio
soplaron sus pitos de juez de línea y corrieron de aquí para allá sin entender lo
que había sucedido, pero pronto se calmaron.
Mostacedo se asomó al hueco de la ventana y no vio más que el tráfico, que
aumentaba según avanzaba la hora. El olor acre del explosivo le invadió las
narices. Lo ignoró.
—Si no fuera por mi coronel Loayza, que me enseñó a leerles la voz, no sé dónde
estaría yo ahora mismo.
SIGUE
INDICE