LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Jueves - Segundo/2
Margaret Kemp Bowen soñaba un sueño violento y entrecortado por sus aullidos
de lobo y alaridos de loca en la vereda izquierda de la amplia avenida del
Libertador que sirve como límite norte al risueño barrio de San Miguel. Desnutrida,
hedionda y mal cubierta por los trapos que iba perdiendo con los días, la loca
parecía una bruja de cuento entre un par de frazadas embarradas y dentro de
una caja de cartón que antes albergara a un refrigerador viajero. Dormía bien,
aunque con sus pausas, porque no temía a nadie. Nada era mejor protector que
su leyenda. Su leyenda, y la mirada de inquina de un perro famélico que eligiera
morir a sus pies.
Cuando las campanas eléctricas de San Miguel iniciaron el conteo de la
medianoche como una caja tronadora de música huida de una película de
Navidad, una sombra vertical cubierta por un poncho negro de campaña se
deslizó patinando sobre el cemento húmedo, entre los vagabundos y malvivientes
dormidos, borrachos o muertos y los grandes bultos de lona que imitaban una
danza estática de delfines, para chirriar en una frenada suicida al tiempo que la
grabación de la iglesia carraspeaba en los altoparlantes para cortarse con un
chasquido después de la octava campana.
El ruido accidental forzó una corriente de gemidos, ayes y ronquidos
interrumpidos entre los cuerpos que nuestro patinador había logrado evitar con
gran pericia hasta ubicarse a dos pasos de la loca que despertó para fijar sin
tiempo para asustarse la mirada en esa sombra negra que la espiaba y que
invadió su conciencia con un chasquido de dedos.
"No temas, Margarita. Duerme. Duerme y confía." El perro, con astucia de
anciano, sacó la lengua larga por un instante y se las arregló luego para
componer un gesto de sojuzgamiento total mezclado con amistad sencilla para
expresar su evidente neutralidad. "Duerme, Margarita, y no temas", susurró el
oscuro visitante, poniéndose de rodillas para apartar las frazadas y  mirar a la
sucia mujer dormida. "Levántate. Levántate y camina." Margarita obedeció y
pareció dispuesta a marcharse. "Gira para acá." El destello de una cámara
fotográfica congeló su perfil. ""Mira para allá." Otro destello lo pintó todo con rayos
de luna. "Mira hacía aquí." Un tercer flash puso un fuego blanco y diabólico en los
ojos del can. "Descansa ahora, Margarita." La mujer obedeció y quedó de rodillas.
"Duerme. Duerme y nada temas." Margarita se tendió sobre las frazadas sucias
como si estuviera en el Gran Hotel París. Su visitante arregló como mejor pudo los
trapos y se alejó patinando con la misma prisa y pericia con que llegara. Margarita
sonrió soñando y acarició a su hijo, que creyó dormido juntó a ella.
Sin campanazos eléctricos que les fastidiaran cada hora y cada media, la colonia
de infelices que soportaba allí la noche se hundió mejor en sus pesadillas y dejó
girar el mundo con menos quejas y toses. Una palidez leve se dejó adivinar entre
los cerros y algún gallo mal ubicado anunció antes de tiempo otro inescapable
amanecer.
En ese incoloro minuto anterior a la aparición del astro rey sobre las montañas
apareció  un camión municipal como elefante absurdo escupiendo sus vapores
mortales de diesel y despertó a todo el mundo con su brutal indiferencia de
máquina. Margarita abrió los ojos sin saber quién era ni dónde estaba y se
encontró con Margarita parada a un paso de su lecho, ésta alerta ya y dueña de
una sonrisa cómplice. Incapaz de reaccionar, Margarita parpadeó dos veces antes
de que otro chasquido de dedos la devolviera al limbo de los hipnotizados.
"Duerme, Margarita. Descansa tranquila. Duerme." Obediente, la mujer niña
empezó a roncar. "Ponte de pie." Sin dejar de dormir, pero con los brazos
colgando muertos, Margarita lo hizo. "Tiéndete aquí." Sin ver nada con los ojos
dormidos, Margarita se deslizó dentro de un ataúd negro montado sobre un carro
de dos ruedas usados por los trenes franceses desde 1810 para el transporte de
maletas, y la sombra emponchada que tan romántica pareció a medianoche y
lucía al amanecer bastante tonta se la llevó patinando entre los beodos que
despertaban como boxeadores noqueados hasta desaparecer a la vuelta de la
esquina más asequible.
La nueva Margarita estiró los brazos en un gesto de tigre que se despereza y de
dos trancos se puso junto al muro de ladrillo sobre el que se levantaba casi hasta
el cielo una reja infinita de metal, tras la cual se había plantado y construido una
muralla de árboles de pino cuyas ramas entretejidas eran podadas cada dos días
o tres por un jardinero mudo y aymará, pariente de aquel otro mudo que perdiera
una nalga ante la mirada horrorizada de un Huascar Endara Watson colgado en
cruz y desnudo de un muro medieval en una celda apestosa.
Sin vacilación alguna, esta Margarita emuló a un felino y venció la reja metálica en
un dos por tres, imitó a un roedor y pasó bajo la pared de pinos en dos suspiros y
se introdujo sin vacilar en la mansión inmensa y amenazadora de Ifigenia Muraña
Vasconcelos, por mal nombre Lady Láyqa, atravesando un ventanal abierto para
ventilar el salón de baile por Pasesa, una india que servía a los Wergeld desde
antes del invento de la rueda.
Silente en sus zapatillas de ladrona profesional, la Margarita ágil exploró la
mansión desierta hasta dar con el dormitorio del que Lady Láyqa jamás salía
antes de las once.
La invasora continuó su expedición tras estudiar a su enemiga dormida y no tardó
en conocer ese laberinto como la palma de su mano. Molesta al verse forzada a
esperar, se reclinó en un sillón viejo del cuarto de fumar que evidentemente ya
nadie usaba y compensó el madrugón con una siesta liviana.
Convertida luego en segunda sombra  de Ifigenia, la siguió durante sus trotes
mañaneros, la espió mientras trabajaba como enana ante un atiborrado tocador
francés para dar su mejor cara al mundo y finalmente le robó una manzana
mientras almorzaba su pitanza de dieta.
Fue por la tarde, cuando Margarita 2 ya desesperaba, cuando finalmente abrió la
dueña del palacete la puerta ahora no tan secreta hacia su reino subterráneo.
Ifigenia utilizó la segunda uña feroz de su mano izquierda para admirar otra vez su
tesoro. Sin un suspiro que la delatara, Fresia Ramallo de Holmes, perfecta en su
disfraz, se metió entre las momias sin perder pisada a la hechicera negra como la
noche y se situó de modo ideal para sorprenderla.
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