LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Jueves - Segundo/1
Humberto Suárez Suárez dedicó el primer día de su retorno a la civilización a
buscar al enemigo de la niñez que le golpeara en público la última vez que alguien
los viera juntos, Huascar Endara Watson. La tarea no era fácil porque debía
ejecutarse de modo indirecto, preguntando sin preguntar, viendo sin mirar y
paseándose por la ciudad toda sin que nadie o casi nadie viera su rotunda
humanidad. Tampoco el teléfono era mayor garantía, como bien lo aprendiera
durante sus largos años de trabajo. Fue sólo después de perder media mañana
que recordó una posible amistad común y se decidió a visitar a una amiga de
fama nebulosa y belleza singular.
Pasajero de un taxi manejado por su compadre Alfredo Alcoreza, padre de su
ahijado Fernando, campeón local de peso mosca, Suárez bajó en quince minutos
hasta Obrajes, la villa que ocultaba entre guindales, manzanos y ciruelos una
casa diminuta copiada de los Alpes suizos en la que vivía una señora que alguna
vez había enloquecido de amor a 23 adolescentes, uno de los cuales fuera
Humberto.
Justina Rivero Pinto del Solar tenía un par de piernas fabulosas que ella cuidaba a
regañadientes porque les atribuía su mala fortuna. Fue por ellas que su vida se
convirtió en una cacería constante en que la presa cambiaba queriendo o sin
querer de cazador, acosada como se viera desde su más temprana pubertad por
toda suerte de donjuanes, a cual más agresivo.
Estas agresiones y demandas saturaban de confusiones una inteligencia
posiblemente no tan capaz como las de sus amistades, creándole un torbellino de
errores y malas interpretaciones que produjo una serie de escándalos mayores o
menores y derivaron en el marido aquel que terminó por golpear una puerta ajena
con una furia tan criminal que asustó a Justina hasta el punto de forzarla a apretar
tres veces el gatillo de una Luger 7.65 para enviar al infierno al desaforado
cónyuge que buscara lavar un deshonor inventado con una navaja toledana.
La tragedia ofreció detalles tan claros en favor de la acusada que ningún juez se
atrevió a juzgarla, absuelta instantánea por el consenso popular. Justina era una
buena mujer dentro de un cuerpo que invitaba al pecado, decía ese consenso, y
había estado sola con su alma el momento en que el agresor llegara armado para
abrirla en cruz vengando así una ofensa inexistente. Justina lloró hasta quemarse
casi los ojos, cruzó las piernas sólo cuando lo creyó necesario y salió libre de
culpa y cargo quince días después del suceso.
Bella y apetitosa, inclinada a moverse con la timidez de un cervato e incapaz de
aprenderse la regla de tres, vivió aún unos cuantos años sin resistir mucho los
ataques casi demenciales que provocaba de cuando en cuando hasta que decidió
aprender a manejar su Luger 08/20  con la habilidad de un profesional y dejó que
esa nueva cualidad suya se comentara en el circuito urbano de los chismes. Si
bien se vio obligada a demostrarla un par de veces usando tanto la diestra como
la siniestra, la idea dio resultados a poco que se comentara las heridas capadoras
que infligiera en defensa de su paz de espíritu. El tiempo y la presencia de un
segundo marido que parecía el fantasma del primero lograron por fin la armonía y
la calma que Justina tanto necesitara.
Así, con el marido fantasma sentado y silente a dos pasos de esta mujer fatal que
detestaba su destino, Humberto Suárez Suárez se animó a relatar algunos
detalles que explicaban su necesidad de dialogar con Endara sin mencionar casi
la tragedia de su amigo.
Justina escuchó sin comentarios el extraño relato del aviador solitario que había
encontrado una montaña mágica y azul ante la que viera, sentada como si
estuviera en un convento, a la mujer niña que se había empeñado en hallar
porque lo creyó un deber sagrado.
—        Supe que era ella apenas escuché su voz. No fue necesario que
escuchara su nombre.
—        Pero, ¿y ahora?
—         Tengo que hallar a Huascar y decírselo. El pobre hombre se moría de
angustia en Miami, Justina.
—        Lo vi en el Avesol. Había envejecido unos diez años. Pero no he vuelto a
saber de él.
—        ¿No recuerdas dónde vivía?
—        La casa de sus padres está aquí, a unas ocho cuadras, pero… No creo
que esté habitada. Debe ser una ruina.
—        ¿No sabes dónde se alojó al llegar?
—        El París.   
—        Ya no está allí.
—        Estuvo con Tano Bignardi y un hombre que yo no conocía, otro de los
Zalles.
—        ¿Que hacía con esos cristianos de la nueva ola?
—        Iba a visitar Chonchocoro.
—        ¿A ver a García Massa?
—        Más que al general, a uno de sus hombres, que Huascar quería conocer.
—        Escuchaste ese rumor sobre García Massa?
—        Me parece un disparate. Ahora dirán que está mal del corazón y saldrá
hasta un hospital. Del hospital a Río y  hasta verte, Cristo mío.  
—        Me dijeron que ardió como una tea.
—        Imagínate tú. Son macanas.
—        ¿Y qué hago ahora?
—        ¿Preguntar a uno de esos caballeros que lo saben todo?
—        ¿Cuál me sugieres tú?
—        Mike Tosferino… No es fácil. Pero tal vez si hablas con Jim Morgan, su
segundo…
—        No lo conozco. ¿Es militar?
—        Militar americano.
—        ¿No tienes otra idea mejor?
—        Morgan es extraño: todo el mundo lo conoce y lo aprecia; hay gente que
apostaría la camisa por él. Parece una buena persona, para variar.
—        Probaré a Bignardi primero.
—        Es  otra buena persona, pero no debe saber nada. Si lo supiera, ya lo
habría dicho.
—        Gracias, Justina. Ya me marcho… Dime, hasta hoy me mata la curiosidad…
—        ¿Si?
—        En verdad te copiaste todos los ríos de la China en una pierna aquella vez
que…
—        No son tantos.
—        ¡No lo puedo creer!   
—        ¿Por qué lo preguntas, entonces?
—        Dios te bendiga. Ya nos vemos.
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