LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Jueves - Cuarto/4
El Coronel Faustino Mostacedo Cuaquines observaba el sueño de Mike Tosferino
seducido por los sonidos de la garganta del durmiente, una mezcla caprichosa del
silbido de una cafetera y el rebuznar de un cuadrúpedo atormentado por la sed y
perdido a la distancia.  Sentado en la silla de metal de los visitantes, Mostacedo
apoyaba una bota en el catre de Tosferino y sostenía en su siniestra una bolsa de
papel madera en la que dejaría caer el acullico que le ayudaba a mantenerse
despierto después de 48 horas de servicio corrido contra los desocupados del
país, dedicados a crucificarse o emparedarse con gran entusiasmo y a diferentes
horas, apenas Mike abriera un ojo. Acompañaba a Tinino el cruco silente y más
despierto de lo que lucía, Paez, el sabueso que naciera cansado. Parado a dos
camas de distancia, su postura delataba al policía pata plana que comenzara su
carrera dirigiendo el tráfico en cualquier esquina. Nadie diría al verlo, disfrazado
como estaba de hombre de la calle con un rostro sin rasgos marcados, que había
asistido a todos los seminarios de su coronel Loayza, de casi santa memoria para
Paez, y había sido promovido dos veces por este mismo profesional de intachable
y brutal trayectoria.
Mostacedo mascaba cansino su bolita de cal con coca y lejía mirando rebuznar a
Mike y siguiendo con la imaginación ese ritmo como compás de un cantar grosero
que comienza, "Mambrú se fue a la guerra, ponpon poropón, ponpon…" cuando el
rebuzno lejano se cortó en seco, Mike tosió tres veces para ventilarse los
conductos nasales y pulmonares de modo inconsciente y trató de sentarse en el
lecho sólo para derrumbarse de espaldas sin abrir los ojos.
—        Chis, mi coronel. Quien lo ha visto y quien lo ve…
—        ¿Tinino?      
—        A su orden. Siempre listos, como cuando andábamos de pantalón corto.
—        ¿Qué haces aquí?
—        El deber me empuja, Mike. Vengo a verte porque, a pesar de tener mi
agenda repleta, ya van demasiadas horas sin que hayamos podido solucionar el
asunto ese de mi coronel Rafael Loayza, que en paz descanse. Odiamos, aquí mi
subordinado y yo… Paez, déjate sentir…
—        ¡A la orden, mi coronel Mostacedo!
—        …odiamos, digo, esto de tener asesinatos sin asesino durante nuestra
guardia. Robando tiempo a mi descanso, lo que es harto sacrificio, ¿verdad, Paez?
—        ¡Como mande la superioridad!
—        ...he venido a saber si tu famoso teniente Morgan ha logrado algo con sus
técnicas del Siglo XXI. Atrasados hasta en esto, nosotros no damos pie con bola,
para decirlo claro y corto. ¿O qué dices, Paez?
—        ¡No es por falta de voluntá, mi coronel!
—        Claro que no. Cálmate ahora. Mike, ¿sabes algo sobre Loayza que yo no
sé?
—        Perdóname, Tinino. Desde que perdí a mi hija no he tenido tiempo para
otra cosa.
—          Eso fue antes o después de tu encuentro amoroso con la Sra. Wergeld?
—        Si te lo contara no me lo creerías, Tinino.
—        No, si lo sé. Te embrujó, ¿verdad Mike? Se te notaba en los ojos, como el
fondo sucio de las botellas de cerveza. La voz también era diferente. Parecías
humano, o casi. Menos bruto, eso si. Pero gritabas más, eso también.
—        ¿Sabes que me embrujó?
—         Apenas te vi me dije, ¡ah, eso es chupuro de sapo maldito! Este ya no
tiene voluntad. Me fui ahí mismo, porque para qué ya, ¿no?
—        ¿Y supongo que nada sabes de mi hija?
—        Silvia Susana, ¿no?
—        ¿Cómo sabes su nombre?
—        El micrófono aquel que… Me olvidé ordenar que lo retiraran.  Ya estoy
viejo, Mike. Nosotros, los de entonces, ya no somos los de ahora, como dice el
tango.
—         ¿Qué dices?
—        Creo que era al revés, pero no importa. O sea que, sobre Loayza, nada.
—        Así parece, Tinino.
—        ¿Y sobre García Massa?  No era santo de mi devoción, pero nos dejaba
operar sin egoísmos mezquinos… ¡Además, qué modo horrible de morir, Mike!
Ardió como una tea.
—        ¿Es coca eso que mascas?
—        No. Es menta. ¿Ya puedes ver sin abrir los ojos?
—        La huelo. ¿No te da vergüenza? Justamente tú, encargado de… Mejor no
digo nada.
—        Si, mejor no lo digas. No vaya a sucederte algo ahora, que estás ahí tirado
y todo indefenso, ¿no, Paez?
—        ¡Peores cosas hemos visto, mi coronel!
—        Si, pero no necesitas gritar. No estamos en un cuartel, no sé si lo has
notado. ¿Nada sobre el General, Mike?
—         Como te decía, Tinino…
—        Y después dicen que sin su ayuda no llegamos a ninguna parte. Con ella,
tampoco. ¿Tú qué dices, Paez?
—        Pura boca, estos gringos viciosos, mi coronel Mostacedo.
—        Así me gusta. No es necesario gritar todo el tiempo. Hay que ser educado,
che.
—        ¿Tinino? ¿Sabes que no puedo mantenerme de pie?
—        Eso me decía un pajarito.
—        ¿Sabes cómo se cura?
—        No, pero conozco al que sabe. Benavidez. El Jovero  Benavidez. Ese sabe.
Está en el Chapare, feliz y contento.
—        No, lo tenemos en Chonchocoro.
—        Ese es su hermano, el violento. Este de que hablo es el degenerado. Eran
tres, pero el otro, el peor, se hizo cura. ¡Qué cosa! De no creer…
—        ¿Puedes ayudarme? Esto es urgente.
—        Di "por favor"
—        Por favor.
—        No, que era un chiste. Claro pues, iré. ¿Para qué estamos los amigos?
Salgo volando tras suyo. ¿Lo traigo, o le extraigo la fórmula nomás?
—        Quiero curarme, Tinino. Tengo cosas urgentes que hacer.
—        Bueno, entonces. Te dejo a Paez de guardia. Es bueno, pero hay que ser
claro con tus órdenes. No hables como político con Paez, ¿eh?
—        Llévate a Morgan y a Huascar.
—        ¿Para qué? No los necesito para esto. Hasta pueden molestarme en  mi
trabajo.
—        Te ruego, Tinino. Hazme este favor.
—        Bueno, entonces. ¡Qué joder! ¿Ves, Paez, lo que cuesta la amistad?
—        ¿Tan generoso que sea usté', mi coronel?
—        Nadie es perfecto. Cuídame a este hombre. Todos tus gastos pagos.
¿Entiendes?
—        ¡A la orden, mi coronel!  
—        No grites, coño. No grites. Me pones los nervios en punta. Adiós, Mike.
—        Gracias, Tinino. Gracias. Jamás olvidaré esto que haces por mí.
—        No te pongas así. También yo soy sentimental y podemos hacer el ridículo
cualquier minuto. Adiós.
—         Mejor, hasta pronto.
Cruco = diminutivo de
"cruceño", nativo del
Departamento oriental de
Santa Cruz
.
Jovero = Güero = Rubio
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